Megachange, o la victoria de Schumpeter

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'The Economist' dibuja en 'El Mundo en 2050' una era acelerada de destrucción creativa y el desplazamiento del poder hacia Asia

El Mundo en 2050

25 de febrero de 2013 (16:43 CET)

Megachange. Una era de cambios prodigiosos, con oportunidades, pero también con calamidades. Con ese título, The Economist ha publicado un libro en el que dibuja todos los cambios en el horizonte de 2050. En castellano, la traducción optó directamente por un título más sobrio El Mundo en 2050 (Gestión 2000, 2013), y tal vez sea mejor. Para el lector anglosajón el cambio, a través de la innovación, forma parte de su propia historia, así que un Megachange no le asusta tanto. Pero para el resto de los mortales la aceleración de la sociedad produce vértigo. Salvo a los asiáticos claro.

Y el libro, realmente, justifica el título. Escrito por los especialistas en distintos ámbitos de The Economist, la obra deja constancia de un primer elemento: la geografía humana. Si en 2011 se alcanzaron los 7.000 millones de habitantes, en 2050 vivirán en la tierrra unos 9.000 millones de personas, con una tendencia al alza. Y el desequilibrio será grande. Los países asiáticos seguirán siendo la gran referencia, forzando un cambio de poder de gran trascendencia, pero el continente africano también se situará en una situación muy distinta.

Nigeria y Tanzania, de los más poblados

Esos cambios demográficos provocarán realidades como ésta: Nigeria tenía 57 millones de habitantes en 1970, pero si no se producen catástrofes, tendrá en 2050, 389 millones de personas, casi la misma población que se estima para Estados Unidos en esa fecha. Y Tanzania pasará de los 14 millones en 1970 a 139 millones en 2050. Es decir, con esa progresión, en 2100, los dos países africanos serán el tercero y el quinto país más populosos de la tierra.

Ciertamente, ese es un Megachange, porque occidente dejará, de forma rápida, de ser el centro del mundo. Ya no lo es ahora, pero la tendencia se irá acentuando. En Europa, además, se producirá un hecho novedoso. Si Francia siempre ha buscado el control de Alemania, al temer su gran potencia por su mayor peso demográfico, las actuales tendencias llevarán a un cambio: Francia superará a a Alemania con 74 millones de habitantes en 2060, por los 72 de Alemania. Y a los dos les superará el Reino Unido, que estará ligeramente por encima de Francia. Se trata de una pequeña revolución.

Tormentas de destrucción creativa

Pero el libro se desmelena con virulencia en un capítulo muy concreto, que lleva por título Schumpeter Inc. Lo escribe Adrian Wooldridge, jefe de redacción de The Economist, y responsable de la columna Schumpeter. Y lo que analiza no deja de ser una aceleración de lo que defendía el viejo profesor vienés, emigrado a Estados Unidos. “Las empresas tienen que contar con que en el futuro las tormentas de destrucción creativa rujan con más furia aún; en gran parte para bien”, asegura.

Pero esa destrucción creativa no llegará desde todas direcciones. Principalmente la provocarán los países emergentes, capaces de producir bienes y servicios a un menor coste, como el coche de 2.200 dólares de Tata o la nevera de 70 dólares de Godrej & Boyce’s. Wooldridge recuerda que durante el periodo entre 1956 y 1981, una media de veinticuatro compañías abandonaba cada año la lista Fortune 500. En el periodo entre 1982-2006, la cifra asciende a cuarenta. Es decir, el cambio es constante. No hay ni grandes empresas que puedan asegurar su futuro, ni individuos que puedan programar, sin grandes sobresaltos, una carrera profesional.

¿Equilibrio sostenible?


La duda que se plantea es quién podrá asumir todos esos cambios, y qué papel le quedará al poder político e institucional. El columnista de Schumpeter es consciente. Pero es optimista, al entender que los problemas que se generen, encontrarán soluciones por la misma dinámica creativa. “Alcanzar un equilibrio sostenible entre los imperativos de la destrucción creativa, por un lado, y las exigencias de una vida manejable, por el otro, será uno de los grandes temas de los próximos cuarenta años. Y ello conllevará el crecimiento de interesantes sectores”.

Schumpeter, por tanto, el profesor, aquel señor que se negaba a viajar en avión y que no entendía en qué consistían las fotocopiadoras, que vio nacer, acabará ganando la batalla. La destrucción creativa va a toda máquina. Muy rápido. Sin descanso. No habrá proyectos de vida a largo plazo. Sólo adaptaciones constantes.

Pero quien escribe una columna con su nombre, y uno de los mejores capítulos de El Mundo en 2050, Adrian Wooldridge, glosa con cierto entusiasmo esa transformación:

“En 2050, habrá más gente que nunca que tendrá acceso a medias de seda (recuerda una observación clásica de Schumpeter) en forma de tabletas electrónicas capaces de proporcionar todos los libros del mundo con sólo tocar la pantalla, fármacos milagrosos capaces de controlar las enfermedades mortales actuales y un surtido de maravillas tecnológicas que ni siquiera se nos pasan hoy en día por la cabeza. Las tormentas de destrucción creativa nos empujan hacia un lugar mejor”.

Lean el libro y prepárense para volar, sin cinturones...
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