Monvinic, como su propio nombre indica

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Diputació, 249 93 272 61 87 www.monvinic.com

23 de junio de 2011 (16:40 CET)

Es imposible encontrar en Barcelona un lugar que le supere en el culto al vino. Entrar en Monvinic es como situarse en un local del Tribeca neoyorkino, por ejemplo, en un ambiente no identificable con una ciudad en concreto, sino con un mundo internacional, justamente el del amor por el vino y la cultura que lo rodea. Ese era el objetivo de sus creadores, encabezados por el joven financiero aficionado a la gastronomía y también empresario vitivinícola, Sergi Ferrer-Salat. Los expertos gastronómicos, tan aficionados a los rankings, lo sitúa entre los cinco mejores bares de vino del mundo.


Foto: Eugeni Pons

Es relativamente nuevo, pero ha conseguido ir mejorando en su oferta hasta cristalizar en algo muy singular. Para empezar hay que decir que la carta –proyectada en la pared en catalán, a la izquierda, y castellano e inglés, alternándose, a la derecha- recoge algo menos de 30 sugerencias para comer. Mientras tanto, la oferta de vinos, almacenada en un tablet, supera las 4.000 referencias muy bien organizadas: añada, zona geográfica del mundo, precio, marca, tipo de uva y de vino. Aquí, la comida es un acompañamiento. La bodega, junto al comedor, se puede visitar de la mano de uno de los siete someliers de la casa; la decoración es sencilla por lo funcional, con mucho presencia del acero, el cristal y espejos, con largas mesas blancas pensadas para albergar a grupos, aunque cuando se reparten para dos o cuatro comensales resultan cómodas y suficientemente espaciosas como para no oír a los vecinos. Cierto aire de almacén, de ambiente bodeguero modernísimo.

El servicio es muy eficaz, no solo en lo que se refiere al vino, aunque es ahí donde se vuelca. Es fácil encontrar comensales que hablan en inglés o francés y buscan referencias concretas, que son descorchadas y decantadas con sumo cuidado; un tipo de clientela que elige el vino antes que los platos, con lo que ya está todo dicho. La fórmula más recomendable para quien no tiene un objetivo más o menos definido es dejarse llevar. En función de la comida que se elija, el somelier puede ofrecer una, dos o más posibilidades, según se prefiera una botella entera, por copas o medias copas para cada plato. La carta, aun no siendo muy amplia, es muy buena. Entre lo más destacable, los buñuelos de bacalao y el steak tartare.

El servicio de vino se redondea con un detalle genial. Si uno se pone en manos del experto no hace falta memorizar las marcas: junto a la cuenta la casa entrega una relación detallada de los vinos que has tomado. En cuanto a los precios, hay que decir que no tienen sorpresa: las medias copas y las copas oscilan entre los 2,5 euros las más baratas y los 10 euros las más caras. Cuando decide el somelier, nunca opta por lo más caro, sino más bien al contrario. De hecho, Monvinic tiene a gala no especular con su bodega, a pesar de que la cotización del stock haya subido. Pero, claro, para hacer un cálculo de la cuenta final, en este caso más que nunca, todo depende del caldo o caldos elegidos. Yendo de tranqui para conocer la casa, se puede pensar en una media de unos 50 euros.

Merece la pena estar atento a los eventos que se organizan en Monvinic a través de su web. Desde presentaciones a catas, pasando por espectáculos. El año pasado tuve la suerte de encontrarme entre el centenar largo de afortunados que asistimos a una sesión de maridaje entre música y vino: el gran guitarrista Kurt Rosenwinkel tocaba una pieza inspirada en el vino que bebías, hasta seis marcas distintas. Una experiencia deliciosa.
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