Ponsa, donde iban los 'progres'

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C/ Enric Granados, 89 93-453-10-37

21 de septiembre de 2012 (11:01 CET)

Pequeño comedor que en otros tiempos había gozado de reputación; tal vez la cocina haya perdido hoy un poco de su significado, hecho que no impide que un destacamento progre e intelectualoide de la ciudad persista, más para alternar que para comer, en tenerlo en cuenta. Los precios son bondadosos y el producto de buena calidad. Falta tal vez que recupere las antiguas maneras y el aliento perdido”.

Esta es toda la referencia que hacía Carme Casas en 1981 en su Barcelona a la carta para hablar del restaurante Ponsa.
La periodista aludía al ambiente progre que se había respirado en este local durante los 60, cuando vivió su época de esplendor tras la reforma vanguardista que el arquitecto Santiago Roqueta había hecho de su interior y que aún sigue siendo un diseño con mucha personalidad.

En aquellos tiempos, es verdad, Ponsa era refugio de quienes querían gozar de una cocina catalana actualizada, de calidad y a precios moderados. Eran gentes de izquierdas e inquietudes intelectuales, que es muy distinto de lo intelectualoide, epíteto con el que Casas sacudía a los Vázquez Montalbán, los Ramoneda, Vargas Llosa, Maruja Torres o Ernest Lluch. Es una definición que habla más de ella como de los habituales, entre los que por cierto durante años figuró el académico Pere Gimferrer, poco sospechoso de progre.

Hoy es distinto, porque esta casa ya no es una isla donde comer bien en el Eixample. Ahora está rodeada de otras ofertas, mayoritariamente de aquí te pillo aquí te mato, pero también de establecimientos muy interesantes, como el Sense pressa o el Mas Bacus. Y acuden gentes de todo tipo y procedencia, en especial de las empresas de la zona. En mi última visita, el único resquicio de aquellos tiempos que encontré fue el senador de ICV Jordi Guillot en una de las mesas.

Ponsa se ha mantenido fiel a su fórmula inicial, de principios de los 50, cuando de bodega se transformó en restaurante. Sus platos estrella siguen siendo los sesos, los riñones, la tortilla de chanquete y el paté Casa Ponsa. Mantiene formulaciones difíciles de encontrar en locales que tratan de estar al día y huyen de las viejas denominaciones, como los entremeses especiales, los huevos al plato, los macarrones a la italiana, los calamares a la romana o el salmón ahumado.

Algunos de ellos eran novedad en los años setenta, pero ahora forman parte de la cocina doméstica, más que de la restauración. Ponsa mantiene la compostura sin moverse demasiado. Quizá la incorporación más destacable es el menú del mediodía, con el que compite con las numerosas terrazas que invaden la calle Enric Granados desde que ampliaron sus aceras y restringieron el tráfico de coches.

En mi opinión, sigue teniendo su encanto. Se puede comer muy agradablemente por unos 30 euros a base de platos normales/tradicionales de cocina catalana de ciudad. Tienen tirador de cerveza: la alemana Krombacher Pils, bien servida y a la temperatura adecuada. La carta de vinos es mucho más corta que la de platos, e igual de clásica. El vino de la casa, peleón, es durillo. El café, Novell, lo sirven en buenas condiciones.

Creo que el punto más flojo de la casa es el servicio –en el que aún se puede ver alguna chaqueta blanca-, que aunque es muy amable y simpático anda un poco despistado.
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