Punx, la vuelta a lo popular

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09 de agosto de 2013 (14:14 CET)

Àngel Pascual cerró su restaurante, Lluçanés, en julio del 2011. Mantenía la estrella Michelin que había conseguido en el 2000, cuando estaba en Prats de Lluçanés, y que había revalidado en el 2008, un año después de su traslado al altillo del mercado de la Barceloneta. Se acababa así una historia de dos décadas.

Fue un mal año para los grandes locales, y no solo de Barcelona. Las consecuencias de la crisis eran más que palpables en todos los ámbitos. Algunos establecimientos de lujo se despidieron, otros introdujeron menús, la mayoría aceptaron hacer ofertas a través de las reservas de webs especializadas. El panorama cambió de forma radical.

Aunque Pascual dijo que si cerraba Lluçanés no era por falta de clientela, sino por divergencias con su socio, Francesc Miralles, algo más ha debido pasar para que dos años después haya iniciado una aventura radicalmente distinta. El propio chef abjura ahora de la alta cocina, lo que explica la filosofía de su nuevo local, el Punx, básicamente de menú y de bocadillos durante la mañana.

El 22@


Desde abril pasado, el cocinero de Osona está en los bajos del edificio Imagina, en el barrio tecnológico barcelonés, el 22@. El local recuerda a un almacén, con unas paredes altísimas de cemento a la vista, y la iluminación incrustada en unas lámparas de mimbre de unos tres metros que cuelgan del techo. Mesas de madera sencilla, bancos y sillas de plástico. La cocina, al fondo y en alto, presidiendo el local.


Restaurante Punx, en Barcelona.

Al mediodía está a tope con gentes que trabajan en las empresas de la zona, que disfrutan de uno de los dos menús y que consumen básicamente agua.

El menú del día cuesta 12,5 euros e incluye dos de los cuatro primeros disponibles, un segundo, postre y una bebida. El menú Punx vale 15,5 euros y supone que se pueden elegir tres platos de los cuatro primeros, uno de segundo, el postre y una bebida. Lo visité un jueves, por lo que la propuesta del día incluía paella marinera, con gran aceptación de la clientela.

Dos cocinas

Un día volveré para probar uno de los menús, pero en esta ocasión quise quedarme con la carta. Está dividida en dos partes. La primera está vinculada a la historia de Àngel Pascual, de tierra adentro, productos del país, la caza, las setas y las trufas. La segunda es más de Barcelona, con un gran protagonismo del pescado. Y del arroz, con cuatro ofertas de paella.

Para empezar, probé una de las seis cervezas artesanas que el Punx tiene listas para servir cañas. Era una Fort ambar, propiedad del dueño del Vaso de Oro, muy sabrosa y ligeramente densa. Bien. Y luego me acompañé del vino blanco a copas de la casa, Can Estruc, fresquito y agradable.

Los fondos


Me pusieron unas chips y unas marconas fritas de aperitivo. Y pedí de primero un tataki de salmón Carpier con reducción de vino tinto y ensalada (13,8 euros). Un plato muy sabroso y abundante. Y de segundo los canelones de pollo con bechamel de patata y brie (12,5). No estaban envueltos con la típica pasta, sino con una gelatina del caldo de la propia carne, que me recordó mis visitas al Lluçanés de la Barceloneta, donde los fondos densos reinaban en muchas de las creaciones de Pascual.

Acabé con un café Pont, con cuerpo, ristreto y sabroso. Pagué 33 euros.

La crítica ha acogido con los brazos abiertos la vuelta de Àngel Pascual, y no es para menos. La crisis, que ya dura casi seis años, ha acabado con una forma de vivir la restauración, pero la gente creativa sobrevive, especialmente aquellos que saben adaptarse a los nuevos tiempos.
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