Velódromo, el macrobistrot

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C/ Muntaner, 213 www.moritz.com 93-430-60-22

07 de febrero de 2014 (13:43 CET)

El bar Velódromo había sido lugar de culto de progres barceloneses de los ochenta. El establecimiento, que fue inaugurado en los años 30 y que había vivido todos los avatares de la ciudad en el siglo XX, cerró sus puertas en el 2000. Los propietarios lo vendieron a la familia Moritz, retirada a Zaragoza, pero que ya preparaba su nueva etapa de retorno a Barcelona.

La reapertura del Velódromo no pudo cumplir los plazos previstos; pero se inauguró a bombo y platillo en julio del 2009. El éxito fue inmediato y espectacular, hasta el punto de que tuvieron que contratar seguridad privada para gestionar las colas.

Abellán-Vilà

El encargado de dirigir la cosa gastronómica fue Carles Abellán, un cocinero-empresario con un buen recorrido profesional: desde El Bulli hasta su estrellado Comerç24, pasando por Els Pescadors y Talaia Mar, entre otros.

Sin embargo, dos años después Moritz inauguraba su macroestablecimiento de la Ronda de Sant Antoni y anunciaba que el cocinero Jordi Vilà se haría cargo de la gastronomía de todo el grupo, incluido el Velódromo.

No deja de tener su lógica que ambos locales estén bajo la misma batuta, dado que se trata de dos ofertas de bistrot muy paralelas, aunque con envoltorios diferentes. Pero el cambio de Abellán por Vilà nunca fue explicado.

El Velódromo es un local muy de la época del art decó, como el bar Mut, con un toque modernista. Las reformas conservaron el aroma tradicional del establecimiento, que mantiene un buen nivel de calidad tanto ambiental como gastronómico. Un espacio muy amplio, con sus imponentes escaleras para acceder al altillo.

En la planta baja aún reina un magnífico billar Monforte, el fabricante que ha tenido la famosa juguetería del mismo nombre junto a la plaza del Pi hasta hace unas semanas. En el sótano está la cocina, y también los lavabos, unos de los más bonitos de la ciudad.

Horario y oferta

Los nuevos propietarios han conseguido el objetivo que se habían trazado desde el principio. Una oferta de horario muy amplia y una carta en consecuencia, todo en un marco con sabor. No es aquel ambiente que había soñado Abellán con los camareros uniformados de chaquetas blancas de botones dorados. Es mucho más informal. Y tiene un público absolutamente hetereogéneo, con parejas mayores, modernillos, solitarios y gente en almuerzo de trabajo.

Los platos más consistentes --los de cocina-- son un resumen de la culinaria catalana, tanto de montaña como del Mediterráneo. Estofados, menestras, trinxats y macarrones entre los primeros; y canelones, guisos y plancha entre los segundos.

Carta mezclada


La carta es amplísima e incluye varias cervezas de la casa Moritz --ni que decir tiene que la caña es muy buena-- vinos, tragos largos y coctelería. Ofertas para desayuno con tenedor y para resopón. No en vano el Velódromo está abierto prácticamente todas las horas del día.

La calidad es irregular. Se aprecia un poco de cadena de montaje en la cocina; supongo que es muy difícil de evitar en locales con tanto aforo y donde el servicio funciona correctamente.

Pedí unas olivas de Kalamata de aperitivo, junto a una ensaladilla de ibéricos –en absoluto aconsejable- y una terrina de hígado de pato que estaba buenísima; muy francesa.

De segundo, me decanté por la ventresta de atún a la plancha. Quería ver cómo se trabajaban un plato que pierde temperatura enseguida y tan poco apto para locales de esas dimensiones. La verdad es que llegó bien y al punto en cuanto a la cocción.

Mi acompañante optó por un steack tartar de ternera que tuvo éxito, pero que personalmente hubiera preferido menos pasteta.

Los vinos

La relación de vinos no es muy amplia, con cierta variedad y algún blanco de Alsacia, tierra de origen del apellido Moritz. Pagamos 16 euros, más IVA, por un Muga blanco del 2012 --servido casi a temperatura ambiente--- menos del doble de los 9,27 euros que cuesta en bodega.

En definitiva, un lugar del que echar mano a cualquier hora del día con una oferta suficiente, aunque personalmente no atravesaría la ciudad para ir a comer allí. Como en Fábrica Moritz, lo mejor es la cerveza. Nivelazo.
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