El Mundial con Marruecos, un foco de problemas
¿Tiene algún sentido organizar el mayor evento deportivo del mundo con un país que presiona la frontera de uno de sus socios coorganizadores y reivindica su soberanía sobre ciudades españolas?
En enero de este año escribí en estas mismas páginas que la organización conjunta del Mundial 2030 con Marruecos iba a ser una fuente inagotable de problemas. Lo dije cuando Ceuta estaba en paz, cuando nadie imaginaba que el 30 de julio ochenta mil personas cruzarían la frontera en dos días, y cuando la crisis de soberanía más grave en décadas era todavía una posibilidad teórica. Me hubiera gustado equivocarme.
Nueve meses después, la realidad ha superado con creces lo que entonces parecía pesimismo excesivo. Marruecos lleva semanas reclamando de manera unilateral que la final del Mundial se juegue en el Gran Estadio Hassan II de Casablanca, todavía en construcción. El presidente de la Federación Marroquí de Fútbol, Fouzi Lekjaa, lo dijo en un acto político sin ruborizarse: la provincia de Benslimán tendrá «el honor de organizar la final del Mundial». Y según el diario The Times, Infantino habría aprovechado una reunión en Rabat para ofrecer a Marruecos exactamente eso, la final, a cambio de votos para mantenerse en la presidencia de la FIFA. Fair play.
Hay quien argumenta que algo parecido ocurre entre Estados Unidos y México y que eso no impidió el Mundial de 2026. El argumento no aguanta el contraste con la realidad. México no reivindica la soberanía de ningún territorio americano. México no abre sus fronteras para que sus ciudadanos invadan y alteren la vida de otras ciudades estadounidense como palanca de presión política. Y en el imaginario colectivo del mundo, el Mundial de 2026 fue el de Estados Unidos, con permiso de México y Canadá, que lo saben perfectamente y con ello viven. Nadie en Ciudad de México estaba reclamando que la final se jugara en el Estadio Azteca mientras presionaba la frontera con Texas.
Es un competidor que ha encontrado en el Mundial la palanca perfecta para blanquear su imagen internacional mientras avanza en sus objetivos expansionistas a costa de sus vecinos, entre ellos España.
El caso de Marruecos es cualitativamente diferente. Un país que reivindica el territorio de su socio organizador, que utiliza la migración como instrumento de guerra híbrida y que en el terreno diplomático juega siempre con sus propias reglas no es un socio en el sentido que ese término tiene en el mundo democrático. Es un competidor que ha encontrado en el Mundial la palanca perfecta para blanquear su imagen internacional mientras avanza en sus objetivos expansionistas a costa de sus vecinos, entre ellos España. El estadio de Casablanca no es solo un recinto deportivo. Es la declaración de intenciones de un país que quiere que el mundo vea el Mundial 2030 como el Mundial de Marruecos con la participación española de fondo.
Y la situación en Ceuta, lejos de mejorar, empeora. El tejido comercial acumula decenas de millones de euros en pérdidas directas. El turismo se ha desplomado un 90%. Las empresas cierran, la gente no sale a la calle por miedo y los niños van al colegio a duras penas. Y Marruecos sigue sin haber recibido una sola queja formal por lo que ocurrió el 30 de julio. En ese contexto, la pregunta que nadie en la FIFA, en el Gobierno español ni en la Real Federación quiere hacerse en voz alta es la siguiente: ¿tiene algún sentido organizar el mayor evento deportivo del mundo con un país que presiona la frontera de uno de sus socios coorganizadores y reivindica su soberanía sobre ciudades españolas?
Sumar ya ha registrado en el Congreso una proposición no de ley pidiendo que el Gobierno evalúe si Marruecos debe continuar como anfitrión. La iniciativa viene del sitio equivocado, porque Sumar es parte del problema en la gestión de la crisis de Ceuta, pero la pregunta es correcta aunque la haga quien la haga. España tiene comprometidos recursos públicos, garantías estatales e infraestructuras en un proyecto conjunto con un país que en este momento actúa como adversario, no como socio.
Para seguir adelante con este mundial Marruecos debe comportarse como un coorganizador leal, sacar a los que metió en Ceuta, comprometerse a impedir nuevas invasiones y renunciar a sus presiones unilaterales sobre la sede de la final. Si no lo hace, España y Portugal tienen la obligación de replantear los términos de una asociación que en este momento beneficia exclusivamente a quien menos la merece.
El Mundial 2030 puede ser una oportunidad histórica. Puede también ser cuatro años de tensión innecesaria que empiecen a acumularse antes de que el primer balón ruede. La diferencia entre las dos opciones está en si alguien en la Moncloa tiene la valentía de decirle a Marruecos lo que hasta ahora nadie le ha dicho: que los socios no invaden las ciudades de sus socios. Pero que no se lo diga por teléfono, para que no se rían mientras les graba el “Pegasus”.