Cinco mil empresas y un enchufe: el verdadero problema de la productividad española
Nadie ha condenado a España a la precariedad salarial, se han ido tomando elecciones que apuntan en otra dirección año tras año
El último informe anual del Banco de España destaca que nuestro entorno empresarial tiene un problema de tamaño. Solo un 9% de las pymes españolas usa la inteligencia artificial de forma estructurada, frente a un 58,2% de las grandes empresas.
La productividad crece habitualmente de tres maneras: más máquinas por trabajador, más gente trabajando o más horas por empleado. Las tres tienen techo. La única que no lo tiene es organizarse mejor, lo que los economistas bautizaron con solemnidad como productividad total de los factores. Empresas con tamaño suficiente para invertir en gestión, en optimización de procesos, en la mejor tecnología que toque en cada década. España lleva desde el año 2000 sin resolver esa cuenta, y el Banco de España acaba de dedicarle un capítulo entero.
Casi toda la mejora de productividad española desde 2013 la firma un puñado de compañías, y bastarían unas 5.000 dando el salto de medianas a grandes para acercar el país al pleno empleo y a salarios que dejen de dar vergüenza. Al ritmo actual, la cita con Europa se pospone hasta 2050. Un cuarto de siglo de propina es mucho tiempo para seguir hablando de lo mismo.
La brecha de la inteligencia artificial no descubre nada nuevo, solo lo fotografía con mejor luz. Las pymes no ignoran lo que la IA puede darles; les falta, antes, lo aburrido: datos ordenados, procesos que no dependan de la memoria de una persona. La tecnología no crea orden, lo exige. Y ese orden es justo lo que a una empresa pequeña le sale más caro.
Solo un 9% de las pymes españolas usa la inteligencia artificial de forma estructurada, frente a un 58,2% de las grandes empresas
El sector industrial ofrece la variante estatal del mismo drama. España tiene electricidad más barata que sus vecinos gracias a las renovables, un activo con el que cualquier país ambicioso construiría fábricas nuevas y de alta productividad para frenar el declive industrial que dura desde 2013. Pero no hay suelo con enchufe. Ni el Gobierno ni Red Eléctrica planificaron a tiempo la red que hacía falta, y la planificación aprobada hasta 2030 no corrige el error: lo prolonga con papel sellado. Aquí ya no vale la excusa de la pyme desorganizada. Es el Estado el que llegó tarde.
Lo que conecta las 5.000 gran empresas que faltan, la brecha digital y el enchufe que no llega es siempre lo mismo: no son maldiciones, son decisiones políticas. Nadie ha condenado a España a la precariedad salarial; se han ido tomando, año tras año, elecciones que apuntaban en otra dirección. Corregirlo no admite atajos, y exige más paciencia de la que cabe en un ciclo electoral. Pero las decisiones, a diferencia de las maldiciones, se pueden tomar de otra manera. Basta con querer. Y con gobernar como si se quisiera.