Elegir la vacuna

Si todas las vacunas implican un riesgo, deberíamos elegir qué vacuna queremos ponernos y poder asumir la responsabilidad si nos equivocamos.

Un fantasma recorre Europa: el fantasma del miedo y el temor. El miedo al virus y el temor a alguna vacuna. Ese miedo o temor a las consecuencias del virus y a los efectos de la vacuna. El miedo y el temor a la luz del día y en la oscuridad de la noche. Un miedo y un temor con permiso de residencia.

Virus y vacuna

El miedo a las consecuencias del virus iguala a los individuos frente a la tragedia. Ante el virus, todos somos iguales. El virus nos ataca sin distinción.

El temor a los efectos de alguna vacuna –esa es la percepción de muchos ciudadanos- no iguala a los individuos. Ante la vacuna, no todos se sienten exactamente iguales.

¿Cuántos de ustedes no han oído –en la cola de vacunación, en el transporte público, en el supermercado, en el aula, en familia, entre amigos y vecinos- algún comentario que habla de la existencia de vacunas y vacunas? Por ejemplo: “enfermera, supongo que me pondrá la A o la B porque yo no quiero ni la C ni la D”, “¡qué suerte has tenido porque te han metido la A o la B!”, “mi vecina está preocupada porque le han puesto la C”, “yo no quiero una vacuna de oferta”.

Réplica y contrarréplica

Son ustedes unos ignorantes. ¿Acaso no se han enterado de que todas las vacunas son eficientes frente a la pandemia?

Claro que lo sabemos. Y sabemos que la vacuna contra la Covid-19 es una bendición de la ciencia. Y lo celebramos. Pero, también sabemos que hay vacunas que arrastran un determinado número de problemas y fallecidos que deberían evitarse.

Con este criterio, muchos de los medicamentos que están disponibles en la farmacia no se venderían porque también arrastran un determinado número de problemas y fallecidos.

Ustedes confunden la categoría con el tipo. No negamos la vacuna en absoluto, sino todo lo contrario. Solo pedimos que nos dejen elegir –a todos los ciudadanos- la vacuna preferida. Únicamente eso.

Miren, nosotros estamos siguiendo la estrategia de vacunación diseñada por la Unión Europa y el Estado.

A ver si nos entendemos, nosotros pedimos la libertad del ciudadano para elegir libremente una u otra vacuna. Reivindicamos la libertad de asumir los riesgos de la vacuna elegida. ¿Por qué no tener la libertad de elección de vacuna como ya ocurre en algunos Estados?

La Unión Europea y España no pueden ofrecer una vacunación a la carta

Pero, ¿por qué Estados Unidos sí y nosotros no?

Hay un documento del Gobierno de España que lo explica muy bien: “Con el fin de reforzar la protección de los más vulnerables cuanto antes, la elección de la vacuna a aplicar no puede ser una elección individual sino que debe basarse en la eficacia y la indicación de las vacunas para los diferentes grupos de población” (¿Puedo elegir qué vacuna ponerme?, 24/03/2021)

Seamos serios. La elección de vacuna ni desprotege a los más vulnerables –para eso está el Estado del bienestar-, ni supone una pérdida de eficacia habida cuenta que todas las vacunas aprobadas por la EMA cumplen los criterios de eficacia y seguridad exigidos. Menuda ironía que quienes cambian constantemente la asignación de vacunas a cada grupo de población –ustedes, por ejemplo- nos den lecciones al respecto. ¿Y qué decir de quienes –ustedes, por ejemplo- dudan si poner o no una u otra vacuna? Déjennos elegir.

Lo que ustedes quieren es un privilegio

¿Y si el privilegio lo generan ustedes? Reivindicamos simplemente la elección de vacuna. Cosa propia de la sociedad liberal. ¿Acaso no escogemos entre ácido acetilsalicílico, paracetamol o ibuprofeno? Queremos vacunarnos. Pero, que no nos inoculen por decreto, estrategia o contrato de compra una determinada vacuna. Si ustedes rescinden –por incumplimiento de contrato, dicen- el contrato con alguna empresa, ¿por qué no podemos hacerlo nosotros que no hemos firmado nada con ninguna farmacéutica?

¿Por qué rehúyen la protección del Estado?

Tenemos el derecho a no ser el mal menor o necesario de los problemas de alguna vacuna. Los fallecidos no son únicamente un dato irrelevante de la curva de Gauss. No queremos formar parte –a la fuerza- de la estadística de la dialéctica entre coste y beneficio. Si nos equivocamos, asumiremos –en carne propia- la responsabilidad que pudiera derivarse de la decisión libremente tomada. No entendemos que ustedes regulen la eutanasia y nieguen la elección de vacuna.

Perdonen, pero son ustedes unos egoístas

Somos ciudadanos partidarios de la libertad de elección de todo individuo. Y debemos ser solidarios con los demás. Sobre todo, en el caso de haber tenido la suerte de recibir la vacuna preferida. Algo que no todos han tenido. Somos individualistas que reconocemos al Otro y reivindicamos sus opciones. Algo que sucederá más pronto que tarde como ocurre en otros países. ¿Por qué no avanzarse a la realidad y evitar la angustia –que existe- de quienes temen -doble angustia- vacunarse con una vacuna determinada, o no vacunarse como “alternativa” a la prohibición de elegir vacuna?

Individualismo

El Estado ha de respetar y proteger la autonomía del individuo en la toma de aquellas decisiones que afecten a su vida privada y no supongan el incumplimiento de la ley. El individualismo como valor que observar. El afán de autonomía individual ha sido siempre uno de los valores de nuestra cultura. Cosa que no está reñida con la solidaridad.

Existe un individualismo racional que asume que todo ser humano, en su diferencia, posee la misma dignidad. Asunción que convive con un altruismo y una solidaridad construidos sobre bases no hipócritas ni ideológicas. Es decir, edificado sobre bases desinteresadas. “Únicamente los solitarios pueden ser solidarios”, decía José Bergamín.

Me permito retocar la afirmación –de resonancias nietzscheanas- del poeta: únicamente los individualistas pueden ser solidarios. En el derecho a elegir vacuna, por ejemplo.

Miquel Porta Perales