Pedro Sánchez, retrato de un populista  

Eva Illouz ha construido una suerte de plantilla que permite detectar y clasificar el populismo rampante de nuestro tiempo

Desde su implantación -ya sea en la Grecia clásica, o en la Ilustración, o después de la Segunda Guerra Mundial-, la democracia siempre ha estado en peligro. En nuestro tiempo, la democracia es minoritaria en el total del planeta. Sin ir más lejos, la democracia está también en peligro en el Occidente denominado democrático en el cual florece y se consolida la  llamada democracia iliberal en la que el poder ejecutivo se impone a los poderes legislativo y judicial mediante unas prácticas extraconstitucionales.   

A ello, debemos añadir que nuestra democracia se enfrenta a distintos retos, o malentendidos, o intereses. Algunos ejemplos: todavía desconocemos su alcance y substantividad, no hemos logrado determinar el contenido y alcance de “gobierno del pueblo” y “poder popular”, no sabemos como liberarla de la ideologización que ha sufrido por exceso o por defecto, discutimos sobre si es únicamente una máquina calculadora y punto, nos acecha la distinción entre democracia formal y democracia real. A ello, hay quien atribuye, o no atribuye, a la democracia, unas virtudes y poderes que tiene/no tiene ni debe/no debe tener. 

A estas cuestiones, hay que añadir otras que versan sobre el modo y manera de implementar la educación democrática y la competencia cívica, qué valores democráticos prioritarios hay que impulsar en primera instancia, cómo armonizar los derechos individuales con los derechos sociales, cuál es el proceder democrático y deliberativo y cómo tomar decisiones. Más: ¿cuál es el alcance de la democracia en colectivos como los discapacitados o los migrantes?     

En eso estamos cuando aparece el ensayo de Eva Illouz (directora de estudios en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París y profesora en el Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad Hebrea de Jerusalén, con estancia como profesora visitante en la Universidad de Princeton) titulado La vida emocional del populismo (2023). Vale decir que la autora ha sido clasificada entre las diez sociólogas más influyentes de la última década.  

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Foto: Europa Press.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Foto: Europa Press.

Sostiene Eva Illouz que el problema real de la democracia reside en las emociones de los ciudadanos. Para ser exactos, el problema estaría en la manipulación de las emociones que implementan unos políticos sin escrúpulos. En concreto, en la explotación del miedo, el asco, la desconfianza, la ira,  el resentimiento e, incluso, el amor. Unas emociones manipuladas que serían el resultado de traumas históricos, de experiencias sociales colectivas o de identidades en juego. Unas emociones manejadas, convenientemente o inconvenientemente, por expertos en marketing político y social y comunicadores especializados en la construcción y transmisión de mensajes que llamen la atención. El objetivo: inventar un enemigo “fijo” e “inmutable” al cual hay que combatir, sí o sí, habida cuenta del miedo y el peligro que suscita.   

Las piezas fundamentales -el mecanismo de adulteración, fabricación y ejecución o manejo,  podríamos decir- de la emoción ya manipulada: el asco que crea y mantiene el distanciamiento entre personas y grupos a través del miedo a la contaminación; el resentimiento que hace que el individuo se autovictimice  para así justificar el rencor e, incluso, alguna operación o movimiento de venganza.   

El ensayo de Eva Illouz se propone desenmascarar el populismo de Israel, de Donald Trump, de Viktor Orbán, de Marine Le Pen, de Giorgia Meloni y de los demócratas suecos. Unos políticos que, además de manipular descaradamente las emociones del pueblo en beneficio de sus propios planes e intereses, ponen en peligro una democracia  que acaban usurpando.  Unos líderes populistas que recodificarían problemas económicos, sociales o identitarios en problemas morales. De ahí, surgiría “una moral de exclusión y autocelebración”.  

Efectivamente, Eva Illouz ha construido una suerte de plantilla que permite detectar y clasificar el populismo rampante de nuestro tiempo. Un populismo, es decir, un problema más que debemos añadir a los ya citados al inicio de estas líneas que tiene la democracia.  Hay más.  

¡Sorpresa! En la plantilla de nuestra socióloga se pueden encajar también las emociones populistas de Pedro Sánchez. Esas emociones que dividen a los ciudadanos de un mismo país  y  los enfrenta por grupos. Esas emociones  que se apresuran a percibir al adversario como enemigo. Esas emociones que desconfían del Estado. Esas emociones que “a menudo son utilizadas de forma oportunista por el líder para promover o mantener su poder”.           

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