Pedro Sánchez y Oriol Junqueras durante la sesión constitutiva en el Congreso

El pulso entre Sánchez e Iglesias condiciona la sentencia de Junqueras

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La posibilidad de unas nuevas elecciones generales amenaza con retrasar los trabajos del Supremo respecto al fallo del 'procés'

Barcelona, 20 de julio de 2019 (04:55 CET)

El pulso que mantienen Pedro Sánchez y Pablo Iglesias no sólo impide adivinar el desenlace del debate de investidura de la próxima semana, sino que también está contribuyendo a enrarecer los trabajos del Tribunal Supremo respecto a la sentencia del 'procés'.

"Hay una norma no escrita en el Supremo y es que una sentencia de gran repercusión política nunca se da a conocer antes de un proceso electoral", apuntan fuentes parlamentarias, que dan por hecho que el juez Manuel Marchena guardará en el cajón el fallo que afecta a Oriol Junqueras y al resto de soberanistas procesados en caso de que el bloqueo político conduzca a unas nuevas elecciones generales.

En un principio, la sentencia debía estar redactada en la segunda quincena de septiembre, pero las fuentes consultadas sostienen que se retrasará si se confirma que hay una nueva campaña electoral con el propósito de no contaminar el clima político y social.

Los analistas del podcast 'La Plaza' analizan en el episodio de esta semana el pulso de Sánchez e Iglesias

Todo eso, claro, asumiendo que haya una repetición electoral. Pero no hay nada claro, ya que los protagonistas del momento parecen haberse conjurado para mantener el suspense hasta el último minuto del debate de investidura. Sánchez se someterá al examen del Congreso de los Diputados a partir de este lunes, a las 12.00 horas; seguirá el martes con la primera votación (que requiere mayoría absoluta) y acabará el jueves con una segunda votación (que sólo necesita mayoría simple). 

Sánchez y el 10 de noviembre

La renuncia de Iglesias a ser ministro, comunicada este viernes a las 17.30 horas, parecía allanar el gobierno de coalición entre PSOE y Podemos. Pero los socialistas se apresuraron a anunciar que el paso atrás de Iglesias no es determinante, que todo está por negociar. En otras palabras, que los vetos no acaban con Iglesias y que, por tanto, la posibilidad de una repetición de elecciones (10 de noviembre) sigue sobre la mesa.

El PSOE lleva días interiorizando la conveniencia de una nueva cita electoral y, a estas alturas, los dirigentes socialistas ni siquiera pestañean al comentar la posibilidad. "Vimos lo que pasó en la primera curva de esta legislatura cuando la Mesa del Congreso tuvo que pronunciarse sobre la suspensión de los diputados encarcelados. Si Podemos se salió en la primera curva, qué no va a pasar en la siguiente", dicen gráficamente los socialistas.

En aquel momento, la Mesa del Congreso, de acuerdo con el criterio de los letrados de la Cámara, acordó la suspensión de Junqueras, Josep Rull, Jordi Turull y Jordi Sànchez, con los votos de PSOE, PP y Ciudadanos. Y, subráyese, con el rechazo de Podemos. El PSOE no lo ha olvidado y teme que esta postura connivente de Podemos con el independentismo sea un continuo quebradero de cabeza.

El dilema de Sánchez

Todo ello devuelve al PSOE al dilema de los ministros de Podemos que, contra lo que parecía inicialmente, no se resuelve con la renuncia de Iglesias. "Si nos propusieran a Jaume Asens como ministro tampoco lo aceptaríamos", dicen voces socialistas para ilustrar que los problemas para sellar una coalición con Podemos.

Asens fue el número uno de Podemos por Barcelona y se encuadra en el sector soberanista de la formación. Su figura es inaceptable políticamente para el PSOE. Y como Asens, tantas otras.

"Pedro Sánchez explicó con mucha serenidad en la ejecutiva del PSOE de esta semana la situación con Podemos y el riesgo de poner en marcha un gobierno fallido a las primeras de cambio. Dijo que la posibilidad de ir a unas elecciones es arriesgada, claro, pero que es todavía peor ir a otras elecciones al cabo de seis meses porque los socios nos han traicionado", describen los socialistas.

No obstante, la renuncia de Iglesias a ser ministro cambia las cosas. Y las cambia no sólo porque desaparece su incómoda figura del Consejo de Ministros, sino porque la negociación puede conducirse ahora de otra forma y es a través de equipos negociadores, que, hasta ahora no se habían puesto en marcha.

La carrera contra el reloj ha comenzado.

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