Macron, primer presidente pospolítico de Francia

Emmanuel Macron quiere ser el primer presidente pospolítico de Francia; quiere convencer al país de que tiene que afrontar cambios y reformas que no son fáciles

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Emmanuel Macron será el nuevo presidente de Francia y su mandatario más joven (39 años) desde Napoleón. No tendrá los poderes de Bonaparte, pero heredará una considerable autoridad y la potestad intangible que coloca una corona invisible en la cabeza de los presidentes de la más imperial de las repúblicas.

El candidato social-liberal ha detenido con un margen creíble el asalto de la neofascista –no tiene otro nombre después de lo que se vio en el debate del pasado miércoles- Marine Le Pen. Dos tercios de los votantes franceses han votado por Europa, por seguir en el euro, por seguir siendo un país abierto, por no sucumbir al miedo y a la xenofobia.

Pero también pone de relieve cinco grandes asuntos que aparecen en el horizonte del nuevo presidente. Todos son importantes y definirán el éxito de su administración. Varios son, además, urgentes. La combinación de trascendencia y premura conforman un desafío particularmente arduo para alguien que llega al poder sin apenas experiencia política y con un aparato –su movimiento En Marche— construido en pocos meses.

PRESIDENTE POR ACCIDENTE. Macron debe su victoria en medida similar a los contratiempos de sus rivales, al apoyo del establishment y de los medios de comunicación, y al voto no del todo convencido del 66% del electorado. Dispone ahora de cinco años para convencer a los que no le votaron –o lo hicieron solo para detener a la líder del Frente Nacional— de que “atenderá sus angustias y miedos”, como dijo tras ganar; de que será un integrador que infunda confianza para asumir la versión de grandeur que exige el siglo XXI.

LA NUEVA ASAMBLEA NACIONAL. Como nunca antes, las elecciones del 11 y 18 de junio para elegir a los 577 miembros de la Asamblea Nacional serán cruciales. En Marche ha reclutado candidatos ajenos a la política –Mireille Robert, directora de un colegio público; la joven y mediática empresaria Valérie Oppelt; el exjefe del grupo antiterrorista de la policía RAID, Jean-Michel Fauvergue— y confía en replicar sus resultados del domingo para contar con un legislativo favorable a su programa.

Francia: como nunca antes, las elecciones del 11 y 18 de junio para elegir a los 577 miembros de la Asamblea Nacional serán cruciales

Enfrente tendrá a Le Pen, que quiere dar un lifiting de urgencia –ella habló de “profunda transformación”— al Frente Nacional para encabezar una oposición unificada de les patriotes (los patriotas) contra Macron. Si éste no logra suficiente apoyo, en solitario o mediante acuerdos con lo que resta del Partido Socialista y los sectores más centristas, se arriesga a gobernar en cohabitación con la oposición. Eso condenaría sus iniciativas más ambiciosas y generaría una polarización que ayudaría a dar la presidencia a Le Pen en 2022.

LIDIAR CON LA PINZA LE PEN-MÉLENCHON. El líder de La France Insoumise, Jean-Luc Mélenchon, es el político revelación más veterano de Francia. Profesional de la vida pública –y del erario público—desde hace 34 años, el ex ministro socialista ha derivado progresivamente hacia el populismo de izquierda. Mélenchon se negó a pedir –aunque fuera con la nariz tapada— el voto para Macron en un ejercicio de cinismo camuflado de distanciamiento. A él se debe en gran medida que la abstención alcanzara el 25% –la más elevada desde 1969— y los votos en blanco o nulos casi el 9%, más de 4 millones.

Durante la campaña, Marine Le Pen –la única figura que supera el cinismo de Mélenchon— apeló a los insumisos citando sus puntos en común: salida de la UE y la OTAN, anti-globalismo, gasto público indiscriminado… Mélenchon combina la retórica de Podemos (que afirma admirar) con promesas dirigidas a un público que se solapa con el del FN. Así pudo declarar el mismo domingo por la noche que Macron representa “la guerra contra las conquistas sociales y el medio ambiente”. El nacional-populismo frontiste y el nacionalismo popular insumiso prometen conformar una versión francesa de la más afamada contribución de Julio Anguita a la política: la pinza.

RELANZAR LA UNIÓN EUROPEA. Si quedaban dudas sobre el europeísmo explícito –hasta provocador—de Emmanuel Macron, el presidente electo llegó al escenario de su baño de masas poselectoral junto a la pirámide del Louvre al son de la Oda a la Alegría, himno de la Unión Europea. Francia y Alemania son la columna maestra del edificio europeo: el eje-franco alemán. No solo es la alianza de las dos grandes potencias de la Unión; es –aunque con los años se va olvidando— el símbolo de la reconciliación de dos pueblos que se enfrentaron tres veces entre 1870 y 1940 y arrastraron a todo el continente dejando millones de muertos. 

Emmanuel Macron: el presidente electo llegó al escenario de su baño de masas poselectoral junto a la pirámide del Louvre al son de la Oda a la Alegría

A la espera de lo que ocurra en las elecciones al Bundestag de septiembre, el resultado francés supone –como los comicios en Holanda en marzo—un nuevo revés para el populismo, antieuropeo y anti-global que parecía imparable tras el brexit y la victoria de Donald Trump. Sea reelegida Angela Merkel o gane el socialdemócrata Martin Schulz, Macron podrá colaborar fluidamente con el nuevo gobierno de Berlin y reactivar la alianza franco-alemana. Su solidez nunca estuvo en cuestión pero su influencia se ha visto mermada por la debilidad del presidente francés y de una canciller alemana acuciada por su propia extrema derecha.

Una renovada complicidad entre Berlín y París dará un impulso apreciable a las instituciones europeas. Y, por extensión, ayudará a que un resurgente Matteo Renzi recupere el poder en Italia, frenando a la extrema derecha de la Liga Norte y el extremo caos del Movimiento Cinco Estrellas. Hasta es posible que la victoria de Macron –en la medida en que se perciba como un renacimiento de la UE— tenga efectos sobre las elecciones anticipadas en el Reino Unido que ha convocado Theresa May.

La primera ministra felicitó rápida y “cálidamente” a Macron el domingo, expresando sus deseos de colaborar “estrechamente”. El conservador e influyente Daily Telegraph, sin embargo, insinuaba que la elección francesa podría tener implicaciones inesperadas para los planes Downing Street: “La nueva esperanza de Francia es una nube sobre el brexit titulaba el lunes a cinco columnas con una foto de Macron y su esposa.

CAMBIAR SIN ROMPER. El nuevo presidente prometió gobernar para todos. Su partidarios más fervientes aseguran que lo dice de verdad. Macron quiere ser el primer presidente pospolítico de Francia; quiere convencer al país de que tiene que afrontar cambios y reformas que no son fáciles y exigirán esfuerzos de cada uno de los ciudadanos.

Macron quiere ser el primer presidente pospolítico de Francia; quiere convencer al país de que tiene que afrontar cambios y reformas que no son fáciles

Es didáctico y reacio a la demagogia. Mientras Le Pen prometía a unos obreros de Amiens que impediría su deslocalización (algo que legalmente no puede hacer) Macron explicaba que se aseguraría de que recibieran la mejor indemnización y de formarles para encontrar nuevos empleos. Su promesa es que no mentirá. Sus armas, el optimismo, la confianza en sí mismo y la esperanza de que los franceses le sigan en la aventura de cambiar.

Pero le espera el ambiente más tóxico de las últimas décadas, a una oposición de izquierda y derecha coaligada de hecho contra él y fuerzas nuevas –desinformación, noticias falsas y el murmullo ensordecedor de las redes sociales— que distorsionan la política (por ejemplo, se esperan revelaciones –ya anunciadas— de un hackeo malicioso al sistema informático de En Marche).

La bisoñez de Macron puede ser el arma secreta que le blinde contra las trampas de la política más sucia. O, por el contrario, la debilidad que le convierta en víctima fácil de quienes el único cambio que quieren para Francia es que cambie a peor.   

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