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En Cataluña tras la manifestación se revelan dos tipos de independentismo: el de las banderas y el que sabe conquistar el poder

Carlos Lareau

Analista

Carles Puigdemont, cerca del rey Felipe VI, en la manifestación contra los atentados, ha decidido impulsar la ley fundacional de la República. EFE

Barcelona, 28 de agosto de 2017 (05:55 CET)

Algo curioso ocurrió al concluir la marcha del ‘no tinc por’ el sábado. Mientras miles de ciudadanos (muchos, pero no el medio millón que calculó la Guardia Urbana) se dirigían a sus casas o a las terrazas de una Barcelona veraniega, Oriol Junqueras compartía mesa con Pablo Iglesias y Xavier Domènech para preparar su propia independencia. La que le haga president con el apoyo de Podemos y los ‘comuns’. Todo ello, dentro de la Constitución.

La presencia de Felipe VI, de Mariano Rajoy y de otras figuras de esa España que justifica todos los males, fue demasiada tentación para el independentismo de pancarta y bandera. La víspera, su más elocuente adalid, Carles Puigdemont, finiquitó la tregua que siguió a los atentados con una entrevista en el Financial Times en la que se reafirmaba en el calendario hacia el 1 de octubre.

Eximidos del luto oficioso, la Asamblea Nacional de Catalunya llamaba a estrenar el azul de la próxima Diada y llenar la manifestación de esteladas. Se quería –y se consiguió— preparar una encerrona audiovisual que refrendara en las televisiones extranjeras la entrevista del president: el Rey y el presidente español resaltados frente a un friso de banderas independentistas. Y una gran pancarta: “Vuestras políticas son nuestros muertos”.

Oriol Junqueras compartía mesa con Pablo Iglesias y Xavier Domènech para preparar su propia independencia

La prudencia de los políticos fue como la amnesia que provoca un fuerte golpe: breve y pasajera. Disipada la conmoción, cada estamento interesado –el entorno independentista; los sindicatos policiales del Estado y de los Mossos, ciertos medios comunicación y las diversas tribus de tertulianos y opinadores— se aplicaron en llevar el agua a su molino. Solo Rajoy ha mantenido –incluso después de la pitada y los gritos de “¡fora, fora!” del sábado— la orden de ignorar los exabruptos y mantener la corrección institucional hacia la Generalitat.

La procrastinación es una seña cardinal del presidente del Gobierno: la demora y la inacción han sido causas centrales del problema catalán. Sin embargo, en la tesitura actual puede resultar su mejor estrategia. A raíz de los atentados, el Gobierno ha mostrado una disposición colaborativa –que hasta Puigdemont ha tenido que reconocer públicamente— destinada a confundir a quienes buscan provocar una reacción desmedida del Estado.

El gobierno de Cataluña –y, por extensión, el procés—no podía estar encabezado por dos políticos más dispares que Carles Puigdemont y Oriol Junqueras. El president se bregó en las comarcas gironinas y llegó al Palau de Sant Jaume por una carambola mal tirada de Artur Mas. El vicepresidente Junqueras, en cambio, aprendió el oficio en la escuela más selecta y veterana: el Vaticano.

Junqueras sabe que el poder es para personas que no son ‘tipos normales’

Puigdemont vuelve a su casa de Girona todas las noches para seguir siendo ‘un tipo normal’. Junqueras, que piensa como un príncipe de la Iglesia, sabe que el poder es para personas poco ordinarias. Por eso acude a citas como la que se organizó el sábado en casa de Jaume Roures –el autor del documental sobre “Las cloacas del Estado”—para cenar con Iglesias y Domènech. 

El scoop de El Confidencial, rubricado con fotos robadas, no es una prueba definitiva e irrefutable del plan independentista de verdadero calado que se prepara en Cataluña. Pero sí es un indicio sólido. Cumple las tres condiciones imprescindibles (motivo, medios y oportunidad) no de un crimen –que la política no lo es—sino de una estrategia de poder con posibilidades reales de tener éxito. Junqueras quiere ser president; se acercan unas elecciones inevitables y, sin un aliado, no tiene los votos suficientes. “Cataluña será independiente algún día”, confío a un periodista extranjero hace poco; “pero no sé cuándo”. Toda una declaración de realismo político.

Sólo a los más absorbidos en el procés se les habrá escapado el conspicuo segundo plano mantenido por el líder de ERC a medida que se acerca el 1 de octubre. Junqueras nada y guarda la ropa, evita que él o sus dirigentes queden legalmente inhabilitados y se abstiene de mostrar una radicalidad incompatible lo esperable en un futuro ‘president’.

El líder de ERC no cree que el enfrentamiento terminal sea la única vía posible

No le viene mal el pulso con el Gobierno central. Ni que el pit y collons con que Puigdenmont contenta a la CUP y a las bases más acaloradas acaben provocando un error táctico de Rajoy. Por ejemplo, que se lleven detenido al president, como parece desear el propio Puigdemont, o que se aplique de inmediato el artículo 155 anulando la Autonomía, tal como reclama la derecha más recalcitrante dentro y fuera del PP.

Pero el líder republicano posee la mirada larga del historiador y no cree que el enfrentamiento terminal sea la única vía posible. Y ha desarrollado la costumbre cardenalicia de encomendarse a Dios y al diablo. Mantiene en su móvil el número privado de Soraya Sáenz de Santamaría, de los principales líderes políticos españoles y de la mayor parte del who is who empresarial, al que se ha cuidado de tranquilizar: “no farem cap bogeria”.

Si el guión se cumple, Mariano Rajoy impedirá el referéndum sin grandes destrozos. Por encima del clamor –y del discreto alivio por que haya remitido la fiebre— no quedará otra que convocar elecciones. El independentismo de vuelo alto de Junqueras sabrá cargar, sin que se note demasiado, el fracaso sobre Puigdemont y su maximalismo. Y querrá Junqueras capitalizarlo –ERC ya ha superado al PDeCAT—proclamándose el partido más votado.

 ERC buscará pactos con En Comú-Podem para evitar a la CUP

Para gobernar, excluida la CUP –comprobadamente radioactiva para quien se le acerque— y sus ex socios demócratas, que previsiblemente obtendrán un paupérrimo resultado, los pactos electorales de ERC se limitan al magma izquierdista-populista-ecologista-pacifista y multicolor de En Comú Podem-Podemos o, aunque mucho más improbable, a la versión más catalanófila de si Ciudadanos, si Inés Arrimadas consigue mantener un buen resultado.

Los atentados, y los acontecimiento de los días subsiguientes, han recolocado el complejo tablero de ajedrez catalán. La pregunta es, ¿quién dará el jaque final?

La política se ha acabado imponiendo sobre el espejismo de la unidad. Cada bando enfrentado ha aireado su lectura más sesgada de las causas y consecuencias del ataque yihadista. Una, proclama que la eficacia de los Mossos es prueba inapelable de que Cataluña está preparada para la independencia. Otra conjetura que los Mossos, al negar que la Guardia Civil accediera al chalet de Alcanar, impidieron detectar rápidamente los restos del explosivo TATP característico de los yihadistas y, por tanto, que se alertara sobre un inminente atentado.

Ambas descansan sobre premisas falsas y cometen el mayor error posible en una crisis: especular. Pero, además, regalan a los terroristas la extensión psicológica de la cuenta de muertos y heridos al dividir y enfrentar al único bando que importa: el bando de las víctimas. Un bando que se engrosó el domingo con la muerte de una mujer alemana ingresada desde el día 17 tras ser arrollada en Las Ramblas. Un bando tristemente ignorado en la manifestación del sábado, donde abundó el buenismo y faltó la compasión.

Las conjeturas sobre el trabajo de los Mossos descansan sobre premisas falsas

El abrazo a la comunidad musulmana engrandece a Cataluña. Al igual que el acto de valor y contrición de Hafida Oukabir, hermana de uno de los terroristas muertos por los Mossos en Cambrils. Sus palabras entrecortadas en Ripoll emocionan y generan la esperanza de que la propios musulmanes que residen en España –muchos de ellos legalmente españoles—adquieran un papel mucho más activo en impedir y combatir el radicalismo.

Pero no basta negar la intolerancia. Ni lanzar consignas contra el comercio de armas y las causas de la desigualdad en el mundo. Y sobra la complacencia y la absurda presunción de que matar y detener a los integrantes de la célula que se ha llevado por delante 16 vidas es un éxito digno de una futura gran nación.

Como mucho, ha mitigado un gran fracaso, un fracaso de todos: de los Mossos, de la Guardia Civil y la Policía Nacional, del CNI, del ministro Zoido y del consejero Forn, de los servicios sociales y de los propios ciudadanos que no sospecharon que algo extraño ocurría en su entorno. Pensar lo contrario no solo es indicio de sectarismo, es síntoma de estupidez. 

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