Pedro Sánchez en una imagen de archivo.

Pedro Sánchez activa su investidura con cada vez menos apoyos

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El pulso entre Iglesias y Colau por cómo abordar el problema catalán provoca un nuevo problema a Sánchez, que este martes pone fecha a la investidura

Barcelona, 02 de julio de 2019 (04:55 CET)

Pedro Sánchez esconde tanto sus cartas que hay quien piensa que, en realidad, no lleva nada. El líder del PSOE permanece impasible a las presiones de sus adversarios para que concrete su jugada de cara a la investidura, pero lo único que han logrado sacar en claro es que Sánchez no tiene prisa.

Ha habido que esperar prácticamente un mes desde el encargo del Rey para que el líder del PSOE active, ahora sí, el calendario de la investidura. La concreción se producirá este martes en Bruselas, desde donde Sánchez telefoneará a la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, para fijar el día exacto de la sesión. Será, en todo caso, en la tercera o en la cuarta semana de julio.

Así se pondrá en marcha una cuenta atrás de final imprevisible. Hasta ahora, la estrategia de brazos cruzados había sonreído a Sánchez, que vio, la pasada semana, cómo los partidos independentistas movían pieza hacia la abstención sin que se intuyeran cesiones del PSOE.

Los analistas de La Plaza comentan en el episodio de esta semana las maniobras de Sánchez 

Pero la situación comienza a empeorar porque todos los socios en potencia de Sánchez están hartos de no recibir atenciones del PSOE. ERC y Junts per Catalunya prometían una abstención, pero ante la pasividad de los socialistas han cambiado de tono y ahora advierten que no tienen "miedo a las urnas" en alusión a una repetición electoral.

Sánchez y Colau

Pero no sólo hay un malestar creciente en las filas independentistas, sino en otras latitudes políticas de Cataluña. En concreto, se producen en el grupo de En Comú Podem (7 diputados), la franquicia catalana de Podemos dominada por Ada Colau.

El entorno de Colau quiere algún papel protagonista en el embrollo catalán y exigen la puesta en marcha de una mesa de diálogo que permita "desjudicializar" la situación con los soberanistas. Nada de todo eso ha salido de la boca de Pablo Iglesias, que quiere, por encima de todo, un ministerio y que ya ha olvidado los tiempos en que se paseaba por Cataluña con la bandera del referéndum.

El palabro (desjudicializar) genera sudores fríos en las filas del PSOE, que no quieren ni imaginarse a ministros del Gobierno (con carnet de Podemos) desacreditando al poder judicial tras la sentencia del Tribunal Supremo sobre el procés.

Voces muy significativas del PSOE han especulado abiertamente con la posibilidad de indultar a Oriol Junqueras y compañía. El último en hacerlo fue el expresidente del Gobierno José Luis Rodriguez Zapatero.

Sánchez sin apoyos

Pero Sánchez no quiere entrar en este terreno. El presidente en funciones ya determinó durante la campaña electoral que había que pasar de puntillas por el problema catalán y, en todo caso, aplicar lo que Josep Borrell llamó “terapia de ibuprofeno”. Es decir, desinflamar y guardar reposo.

Pero los remedios de botica sólo complacen al PSOE, que no consigue cerrar el apoyo de ningún grupo para la investidura. Ni ERC, Ni Junts per Catalunya ni PNV han anunciado el sentido de su voto, aunque PP y Ciudadanos están convencidos de que todo es "teatrillo del malo".

Dirigentes del PSOE han tratado de forzar a Ciudadanos a mover su postura de veto a Sánchez. Las críticas internas a Albert Rivera, con deserciones incluidas, han significado un enorme desgaste para el líder de Cs, pero no se han traducido en una nueva orientación política.

La última voz del entorno de Ciudadanos en arremeter contra el veto a Sánchez ha sido la de Francisco Sosa Wagner, antiguo eurodiputado de UPyD, que tampoco comprende por qué hay que arrojar al PSOE a los brazos de "separatistas, nacionalistas y otras ponzoñas de la causa antinacional".

Sánchez y Rivera

Pero Rivera y su mandíbula de acero han encajado todos los golpes de sus correligionarios sin desencajarse. Se ha limitado a tomar nota de los disidentes, liderados por el eurodiputado Luis Garicano, y ahora simplemente esperará el momento para deshacerse de los críticos en una futura remodelación de la dirección.

Atrincherado Rivera en el veto a Sánchez, las cuentas de la investidura siguen sin salir. Los "noes" suman 147: los 66 de PP, los 57 de Ciudadanos y los 24 de Vox. Y de los "síes" solo hay noticia de los 123 del PSOE, a los que hay que añadir el voto del diputado de Partido Regionalista de Cantabria.

Sánchez y Bildu

En paralelo, el PSOE espera a que los pactos territoriales se resuelvan. Y una comunidad merece particular atención: la de Navarra, donde se han acelerado las negociaciones a través de siete mesas sectoriales para buscar un acuerdo de contenidos entre el Partido Socialista de Navarra (PSN), Geroa Bai (marca del PNV), Podemos e Izquierda-Ezkerra.

El problema es que este eventual acuerdo no suma mayoría y que Bildu debe, como mínimo, abstenerse para permitir su puesta en marcha. Los abertzales insisten en que el PSN tendrá que hablar con ellos "si quiere configurar una mayoría suficiente que sea alternativa a la derecha".

Pero el PSN, igual que Sánchez, prefiere guardar sus cartas y conseguir una investidura por decantación debido a la presión. Pero Bildu también está endureciendo el pulso.

Subrayan los abertzales que "no se dan las condiciones para una investidura" y destacan, en el mismo sentido, que "aspirar a configurar una mayoría de 23 escaños (los que suman PSN, Geroa Bai, Podemos e I-E) no es una mayoría absoluta que permita una investidura ni un Gobierno estable".

Así es el tablero. A Sánchez le toca mover pieza, pero sigue sin prisas con el único apoyo externo del diputado del PCR.

 

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