Quim Torra, flanqueado por Roger Torrent, durante su toma de posesión. Foto: Alberto Estévez / EFE

Quim Torra ya es el 131 presidente de la Generalitat

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Torra toma posesión tal y como quería: sin el gobierno español, sin invitados, sin mentar la Constitución y sin más medios que los públicos de la Generalitat

Iván Vila

Economía Digital

Quim Torra, flanqueado por Roger Torrent, durante su toma de posesión. Foto: Alberto Estévez / EFE

17 de mayo de 2018 (11:36 CET)

"Con fidelidad a la voluntad del pueblo de Cataluña representado por el Parlament". Así, tal y como ya hizo hace dos años su antecesor, Carles Puigdemont, ha prometido cumplir con las obligaciones de su cargo Quim Torra, que ya es el 131 presidente de la Generalitat tras una toma de posesión insólita y brevísima que en el minuto menos uno de su presidencia ya ha provocado su primer choque frontal con el gobierno español.

Sin ningún representante del ejecutivo español, que ha acabado por renunciar a asistir frente a las imposiciones de Torra, ni ningún otro invitado, más allá de los familiares del presidente y el presidente del Parlament, Roger Torrent, y sin más medios que la Agència Catalana de Notícies (ACN) y TV3 como testigos, el acto, celebrado en el salón Verge de Montserrat del Palau de la Generalitat, apenas ha durado unos minutos.

Acto espartano

La toma de posesión se ha celebrado a las 11.30, con un formato sobrio hasta lo espartano. Primero, el secretario del gobierno catalán, Víctor Culell, ha leído el decreto de nombramiento. Después, Torra ha prometido el cargo, usando las mismas palabras que Puigdemont en su día: "Prometo cumplir lealmente del cargo de presidente de la Generalitat con fidelidad a la voluntad del pueblo de Cataluña representado por el Parlament". Acto seguido, ha saludado a Torrent y después, a sus familiares. Y se acabó.

El formato del acto, el primero que se celebra a puerta cerrada desde la primera toma de posesión de Jordi Pujol, en 1980, propició una tensa negociación entre el presidente electo y el gobierno de Mariano Rajoy, o más bien un diálogo de sordos zanjado sin acuerdo y en el que se acabó haciendo lo que pretendía Torra: una puesta en escena de formato íntimo, sin mentar la Constitución o al Estatut y sin ningún símbolo español en la sala.

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