Rivera, durante su intervención de este viernes en el acto previo a la reunión del Consejo General de Ciudadanos. EFE/Juan Carlos Hidalgo
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El líder de Cs reivindica la independencia del partido para sacudirse las presiones e insiste en el no a Sánchez por "sentido de estado"

Iván Vila

Economía Digital

Rivera, durante su intervención de este viernes en el acto previo a la reunión del Consejo General de Ciudadanos. EFE/Juan Carlos Hidalgo

Barcelona, 28 de junio de 2019 (20:55 CET)

Albert Rivera escenificó este viernes un cierre de filas para tratar de cauterizar finamente la herida que aflige a Cs. Rivera intervino en el Consejo General del partido, el máximo organismo de decisión entre asambleas, tras 15 días horribilis que arrancaron con la ruptura con Manuel Valls en Barcelona, siguieron con el enésimo desaire de Emmanuel Macron y culminaron con la sangría de dimisiones de esta semana.

Rivera reapareció con la vicealcaldesa de Madrid, Begoña Villacís, y el candidato a presidente de la comunidad madrileña Ignacio Aguado como teloneros,  para lanzar un mensaje contundente: que no habrá giro ni marcha atrás con el “no es no” a Pedro Sánchez.

El presidente de Cs cogió el toro por los cuernos, y, en una compareencia previa a la reunión del Consejo General, replicó a los que apelan a la razón de estado para reclamarle que facilite la gobernabilidad: “Lo que hoy es una cuestión de estado es que haya una oposición firme" a eso que Rivera llama "el sanchismo”, y que define como esa forma de hacer que consiste en sumar a “Sánchez más Podemos más todos los nacionalismos del mundo” con tal de que el presidente del Gobierno conserve el poder.

Rivera promete una oposición "con sentido de Estado"

“Vamos a hacer una oposición que no han hecho el PP ni el PSOE en 40 años”, una oposición “firme, libre y con sentido de Estado", insistió. O, como dijo en otro momento, "moderada, limpia y libre". Porque lo que está en juego, argumentó, es  si Sánchez, al que instó a formar gobierno “con sus socios” habituales, está en el poder "una legislatura o una década”, que es —lo segundo— lo que a su juicio pasaría si la única oposición a los socialistas la ejercieran los de Pablo Casado, de los que recordó sus casos de corrupción.

Rivera fue contundente. Insistió, como Villacís, en que Cs solo se debe a sus 4,2 millones de votantes, no a Sánchez “y sus tentáculos”. Así que, del mismo modo que no cedió al “establishment nacionalista” frente al que nació en Cataluña, no lo hará al “establishment bipartidista” frente al que el partido se ha expandido a nivel nacional.

Rivera convertía así su intervención ante el Consejo General en un alegato por la independencia de Cs. “Como soy liberal, siempre respetaré la opinión de una patronal, de un sindicato, de un medio de comunicación o de cualquier español, pero, como soy liberal, siempre pediré la libertad para tomar decisiones sin tutelas ni presiones. Los liberales amamos la libertad de los demás, pero también la nuestra”. Y, por si no quedaba claro, lanzó la que tal vez fuera la frase más contundente del discurso: “Si algunos piensan que el sanchismo tiene que campar a sus anchas, que presenten un partido político”.

Garicano templa los ánimos

Semejante aviso a navegantes podría interpretarse que también iba para los críticos que desde dentro de la formación abogan igualmente por replantearse el no a la investidura, encabezados por el portavoz económico, Luis Garicano. Más después de que el diputado Juan Carlos Girauta le recordara a Garicano este mismo viernes en declaracones a la prensa recogidas por EFE que su postura es minoritaria dentro del partido, y que la política de pactos se acordó por mayoría y vincula también a los que votaron en contra de la misma.

Pero en el partido se encargaron luego de aclarar que Rivera solo se refería a los sectores de la sociedad civil que en las últimas semanas han presionado al la formación liberal. Al fin y al cabo, se trataba de escenificar un todos para uno, una comunión al que estaba invitado todo el partido. De ahí que Rivera rematara su intervención definiendo a Cs como un partido de “gente libre con libertad de opinión, pero que todos juntos remamos en la misma dirección”.

Así lo entendió también Garicano, que, tras haber discrepado públicamente de Rivera esta semana, optó por templar los ánimos retuiteando un fragmento del discurso del líder.

La escenificación del cierre de filas incluyó un oportuno golpe de efecto. Anunciado, cómo no, en Twitter, ese escaparate. Se trata de la afiliación al partido del exseleccionador nacional de baloncesto Javier Imbroda, consejero andaluz de Educación y Deportes y diputado por Málaga, para contrarrestar la sangría, y que se suma así al fichaje del exministro Celestino Corbacho como independendiente en Barcelona, arrancado de las filas de Valls. Agua de mayo en este final de junio hirviente.

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