Precarización, ¿una maldición inevitable?

Precarización, ¿una maldición inevitable?

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Plataformas digitales como Uber trasladan todo el riesgo hacia una de las partes de la relación laboral: la más débil

01 de enero de 2018 (04:55 CET)

¿Por qué las economías desarrolladas caminan por el peligroso sendero de la precarización del empleo y de los bajos salarios? ¿Es un fenómeno inevitable, una maldición inevitable del cambio tecnológico, o es el resultado de políticas laborales laxas y prácticas empresariales oportunistas? Mi impresión es más lo segundo que lo primero. Veamos.

La precarización laboral y los bajos salarios son dos rasgos característicos de las economías desarrolladas de las últimas décadas. En un primer momento, esos efectos fueron atribuidos a la gran recesión que siguió a la crisis de 2008. Pero las economías se han reactivado, el empleo ha vuelto y, sin embargo, la precarización no disminuye ni los salarios aumentan.

Para un economista esto es intrigante. Según la curva de Philips, la relación entre salarios y desempleo es inversa: si el paro disminuye, los salarios aumentan. Tiene lógica. Cuando el paro se reduce los empresarios necesitan ofrecer mayores salarios para contratar nuevos trabajadores o retener los que tienen. ¿Cómo explicarlo? Antes de ver las causas, paremos en las consecuencias. A nivel macroeconómico, la precariedad debilita el consumo de las familias y la demanda agregada, inoculando tendencias depresivas en la economía. En el plano microeconómico, la precarización aumenta la rotación laboral, perjudica la productividad, frena la innovación tecnológica y favorece el liliputismo empresarial. Aunque la visión dominante es que la baja productividad provoca salarios bajos, la causalidad es bidireccional.

Prolifera el llamado “contratos de cero horas”: estar disponible 24 horas por si la empresa te necesita

Tanto monta, monta tanto. A nivel social, la precarización es causa de la aparición de los nuevos trabajadores pobres, así como del aumento la desigualdad, con el consiguiente incremento del malestar social y la pérdida de legitimidad de la economía de mercado. Y, finalmente, en el plano político, la precarización debilita los fundamentos del Estado de bienestar (impuestos y gastos en educación, sanidad, pensiones) y debilita la democracia.

En lo que no hay consenso es en las causas. La inmediata es la proliferación del trabajo por horas. Especialmente, la modalidad que los anglosajones llaman “contratos de cero horas”, que obligan a los trabajadores a estar todo el día a disposición del empleador pero sin garantía alguna de que tendrán trabajo. Otra modalidad son los falsos autónomos, fórmula utilizada en muchas actividades de servicios y en la “economía colaborativa” de las grandes plataformas digitales. O los “becarios”.

Curiosamente, los directivos de las plataformas digitales, como es el caso de Uber, defienden esta modalidad de falso autónomo con el argumento de que da al trabajador más libertad y autonomía para decidir cuánto quiere y cuándo quiere trabajar, para que decida… Trasladan todo el riesgo hacia una de las partes, la más débil del contrato laboral. ¿A que responde la proliferación de este tipo de trabajo precario? Organismos económicos internacionales como el FMI, expertos y Gobiernos sostienen que es consecuencia del cambio técnico y de la deslocalización provocada por la globalización. Pero esta visión de la precarización como una fatalidad inevitable es, cuando menos, cuestionable.

La modernización cosmopolita prometió beneficios para todos, pero la realidad ha sido la contraria: crisis y precariedad

Si observamos qué tipo de actividades económicas lideran el ranking de la estabilidad laboral y salarios dignos, vemos que son actividades sometidas a competencia internacional y que experimentan una fuerte innovación. No hay ninguna maldición inevitable en el cambio técnico. Ni en la globalización en sí misma. Por el contrario, las actividades que lideran el ranking de precariedad son los servicios de baja productividad y que se mueven en el mercado interno.

Si no es la tecnología ni la globalización, ¿qué es? La desregulación de las relaciones laborales y el oportunismo empresarial que se practica en muchas empresas en las que no hay proyectos empresariales de largo plazo que requieran la lealtad y la complicidad de los trabajadores con ese proyecto. Esa desregulación fue el resultado de una “modernización” mal entendida que fomentaron tanto los liberales como los socialdemócratas a partir de los años 80. Los dos pilares básicos de esa modernización fueron la liberalización absoluta de los movimientos de capitales y la desregulación de los mercados de trabajo. La modernización cosmopolita prometió beneficios para todos. Pero la realidad ha sido la contraria: crisis financieras y precarización laboral.

Ahora hay que volver a introducir una visión más equilibrada de las relaciones laborales. E introducir nuevos instrumentos que permitan a los trabajadores precarios unirse para defender salarios y condiciones de trabajo dignos. De lo contrario, estamos abocados a vivir en economías inestables y de baja productividad, en sociedades conflictivas y con democracias caóticas. Esta es una tierra abonada para dirigentes populistas y autoritarios. Hay que volver a reconstruir una economía social de mercado que funcione en beneficio de todos.

*Artículo publicado en mEDium, anuario editado por Economía Digital

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