Delicuescencia
Como extensión de la denominación, delicuescente se aplica también a lo inconsistente, decadente, flojo o falto de vigor y fortaleza. Tal y como ocurre, en estos momentos, con la democracia, que no es líquida, no, sino que su estado es el de la delicuescencia
Sesión plenaria Congreso de los Diputados – EFE/ Javier Lizón
Hay palabras que prácticamente no tienen uso; quizás porque su contenido se haya quedado obsoleto o simplemente debido a que hubiesen caído en el olvido. Aquellas que son largas, además, suelen considerarse poco coloquiales, y siendo reiteradas, nos hacen parecer presuntuosos, incluso ridículos. Uno de esos vocablos, seguramente ahora en desuso, sea delicuescencia.
Democracia delicuescente
Moneda de uso común en el pensamiento sobre la política presente es dar por hecho que la democracia se encuentra en una situación preocupante, de puro líquida, casi mutando a un estado gaseoso. Explicación un tanto facilona, si recurrimos a la riqueza idiomática del castellano podría ser considerada más que acuosa en un estado de delicuescencia.
Para no resultar pretencioso y rozar la pedantería, lo primero será saber el significado de un término de tan poco empleo común. Se aplica para describir la propiedad que ciertas sustancias, tales como sales o compuestos químicos sólidos, presentan de absorber la humedad del ambiente hasta disolverse en el agua absorbida, formándose con ello una solución. Como extensión de la denominación, delicuescente se aplica también a lo inconsistente, decadente, flojo o falto de vigor y fortaleza. Tal y como ocurre, en estos momentos, con la democracia, que no es líquida, no, sino que su estado es el de la delicuescencia.
La química de la democracia
Frente a lo líquido, término heredado de la consideración del sociólogo Zygmunt Bauman para describir nuestra actual sociedad, caracterizada por la inestabilidad, la falta de estructuras sólidas, o eso que ahora se denomina como mundo VUCA, la delicuescencia describe mejor los cambios que se observan en las democracias actuales más avanzadas.
«La supuesta degradación democrática no es un proceso generado internamente por obsolescencia del sistema ya considerado desde lo griegos como el menos malo de los modos imperfectos de gobierno; ni mucho menos»
Para ello, recurramos a una ciencia tan alejada de la política como lo es la química (o quizás no tanto). En esta, el proceso delicuescente se produce por la absorción externa, no por el tránsito de lo sólido a lo acuoso. En definitiva, que a lo que estamos asistiendo como degradación democrática no proviene del interior, sino que supone la conjunción de elementos externos confabulados para debilitar, hacer más disoluble, más inasible por imposible de retener, la capacidad de decisión efectiva para influir en la política por parte de la ciudadanía.
El mecanismo químico para que se produzca la delicuescencia se compone de tres partes: una primera fase higroscópica, donde la sustancia atrae el agua; en un segundo momento, el sólido se hidrata liberando energía exotérmica. Si esta segunda fase acumula una cantidad de humedad suficiente, genera un tercer momento, denominado de propiedades coligativas, por el cual, la solución saturada resultante tiene una presión de vapor más baja que la humedad del aire, lo que mantiene continua y perpetúa la absorción de más cantidad de agua. Una vez roto el equilibrio hidrostático, cuando la humedad comienza a realizar su labor, continuada y persistente, es cuando se produce la disolución. Pura constancia interesada.
Restauración del equilibrio
Cuando una sustancia sufre un proceso delicuescente, la química nos indica que deberá procederse a conectar dos actuaciones: evaporar y cristalizar. En términos democráticos, primero aplicar la ley, con sus efectos catárticos incluidos, y, en consecuencia, haciendo cumplir las penas, cristalizando la justicia. Supone el reequilibrio de los tres poderes de una democracia, dónde el legislativo y el judicial cumplan su función respetada por el ejecutivo.
La supuesta degradación democrática no es un proceso generado internamente por obsolescencia del sistema ya considerado desde lo griegos como el menos malo de los modos imperfectos de gobierno; ni mucho menos. Es una inoculación externa perfectamente concebida desde modelos autoritarios, de derecha o de izquierda, que produce, de manera continuada y paulatina, sin ruidos revolucionarios ni coacciones extremas, una degradación húmeda que, como toda filtración, impregna, mancha y deteriora; y es muy difícil de eliminar.
Ya Montesquieu, padre de la democrática separación de poderes, habló con cierto criterio sobre la influencia de la humedad en el carácter moral, el temperamento y las costumbres humanas. Para el francés, un clima húmedo continuo favorecía las leyes y los regímenes despóticos, más proclives a la inmutabilidad política, lo que denominaba una “especie de embriaguez nacional”. A ver si ya en el invierno y gracias a la mayor humedad externa, podemos asistir a un triunfo de la democracia, que libere de la actual calima gubernativa tan asfixiante. Tórrido verano es el que ya se nos anuncia, convertida la calima en juez, en el juez Calama, para zapateril desgracia.