El Jardí de l’Abadessa, la casta

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C/ Abadessa Olzet, 26 http://www.jardiabadessa.com/ 93 280 37 54

04 de julio de 2014 (14:21 CET)

No tengo del todo claro que Pablo Iglesias esté muy acertado con la oferta política que lidera, pero en lo que sí coincido con él plenamente es en su descripción de la “casta” como el gran problema político y económico de este país; como el enemigo público número uno del interés general.

El líder de Podemos no ha sido el primero en recurrir a esa expresión para definir a quienes con frecuencia envilecen el gobierno de la cosa pública: lo que muchas veces se ha llamado Estado, otras Administración central y más generalmente MADRID. Así, con mayúsculas.

Esa misma expresión recuerdo habérsela oído reiteradamente a Joan Puigcercós cuando era diputado de ERC en el Congreso y hombre de poder en su partido. En el discurso de los republicanos catalanistas de entonces quien maltrataba a Catalunya no era España, ni siquiera Madrid, sino la casta que copa el Estado no solo en la capital, sino en todo el territorio español, incluida Catalunya.

Los duques

Pues bien, la casta que vive en Barcelona no tiene ningún empacho en mostrarse públicamente --al contrario, le encanta-- en las mesas de El Jardí de l’Abadessa, probablemente el restaurante más pijo de Barcelona. Su fama alcanzó el cenit cuando trascendió que los duques de Palma, residentes del barrio donde se ubica este restaurante, Pedralbes, eran habituales.

A esa casta, compuesta por gente bien, profesores del IESE y de Esade, ejecutivos de las empresas de la zona y de toda la ciudad, señoras –muchas señoras- y matrimonios entrados en años, no le importa que quienes en su día daban esplendor al local se sienten ahora en el banquillo, ni que el sumario del caso Nóos explique cómo Iñaki y Cristina cargaban sus ágapes en El Jardí como si fueran gastos de empresa.

Carpa de boda

Es una especie de carpa estable para banquetes que además tiene una terraza cubierta. Está emplazado en un lugar de la mejor categoría de la parte alta de Barcelona, donde es endiabladamente difícil aparcar, pero que tiene una gran virtud: su jardín te permite pensar que estás fuera del tumulto, como en otro mundo.

Está muy pensado para cenar, para gente que dispone de tiempo. No es un lugar elegante, sino pijo, como ya he dicho. Y sus propietarios han tenido el acierto desde el principio de no cargar los precios. Tienen una política inteligente. Una cocina correcta, un menú de mediodía de 21,5 euros, que no se puede decir que sea precisamente de polígono, pero que sus clientes encorbatados pueden pagar sin pestañear, y un ambiente desenfadado y glamuroso.

Todo el mundo quiere salir en la foto. El día que fui a tomar estas notas, Ramón Adell, uno de los economistas de plantilla de TV3 (como en su día fue el exconseller Francesc Xavier Mena), comía allí rodeado de un grupo de muchachos de escuela de negocios, de esos que, como él, no se cansan de repetir la doctrina de lo políticamente correcto, sin aportar jamás una idea propia. Y sin asumir al día siguiente los errores de sus sentencias.

Cebiche

Me parece que comieron de menú. Yo no. Después de una caña Heineken algo desbravada, tomé un canelón de espinacas, bacalao y crema de azafrán (operación bikini), que estaba bastante rico; y de segundo un cebiche de salmón que me gustó.

Mi acompañante pidió un insulso brie rebozado con mermelada que a ella le encanta y luego un rape rebozado en tempura que, este sí, resultó bastante agradable.

Bebimos un rosado del Montsant Brunus del 2012 bien bueno, aunque algo subido de tono: 13,5 grados. Lo pagamos a 18,37, lo que supone un 64% más que en la Viniteca; un margen razonable. El café, Saula, perfectamente servido. Salió a 47 euros por persona, incluido un postre que compartimos, y que estaba de cine.

Si algo puede decirse de la carta de vinos de El Jardí es que resulta funcional, como la de platos, aunque ésta es más extensa. Es un repaso de las especialidades mediterráneas, correctamente hechas, y con elaboraciones y toques de actualidad. Suficiente para pasar un rato agradable, una buena velada, sobre todo si te ven quienes tú quieres que te vean. Si no, el viaje hasta allá arriba quizá no compense.
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