El Nacional, tanto márketing como éxito

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Paseo de Gràcia, 24 bis www.elnacionalbcn.com 93-518-50-53

07 de noviembre de 2014 (12:14 CET)


“Barcelona acaba de estrenar un macroespacio gastronómico cuyo éxito ha sorprendido, como se suele decir, a la propia empresa. Sin haber hecho publicidad y sin haber sido ni siquiera inaugurado oficialmente, El Nacional cosecha un gran triunfo.”

Así empezaba la crónica que publicamos la semana pasada. Ahora volvemos a hablar de El Nacional porque se ha convertido en el local de moda de Barcelona. Y también porque conviene matizar y ampliar algunas de las impresiones del otro día.

Cola impostada para entrar

El sábado pasado volví a visitar el nuevo macroespacio gastronómico. La primera intención en cuanto enfilé el pasaje que conecta paseo de Gràcia con El Nacional fue dar media vuelta. Había un señor que se encargaba de ordenar la cola para entrar al recinto; algo increíble.

Pero cuando ya me iba vi a una amiga que salía. Estaba tan sorprendida como yo porque en el interior del local no había demasiada gente; o sea, que la cola que ella también había sufrido era impostada. El señor aquel no la ordenaba, la creaba. Además, me contó la sorpresa que se había llevado en una de las barras cuando pidió un vino verdejo y el camarero, algo despistado, le había contestado: “¿Un bermejo?”

Así, que me animé a entrar. Tuvimos que esperar y, efectivamente, cuando nos dejaron pasar no había aglomeraciones ni muy remotamente. Puro márketing.

Sin albariño

No quise cortarme. Fui a la barra de las ostras. En el botellero vi un Martín Codax abierto y en hielo, así que pedí un albariño. Al cabo de unos minutos, el camarero me advirtió de que solo había vinos blancos catalanes. Unos minutos después de haberle señalado la botella me informó de que se la había dejado un cliente (sic), pero no sabía cuánto tiempo llevaba abierta. Total, que tiró el líquido por el desagüe y me puso una copa de cava.

Antes de ir a las ostras habíamos pasado por La Brasería para reservar mesa con la seguridad de que no comeríamos allí: nos habían anunciado una espera de 40 minutos. Cuando terminamos la copa de cava y ya camino de la calle, pregunté a la señorita de La Brasería si ya estaba lista la mesa y, para mi sorpresa, contestó que sí. Más márketing.

Sentadas a las tres

Eran las tres cuando nos sentamos en unas butacas muy cómodas. Un cojondongo extremeño para compartir, una hamburguesa y un solomillo. Era tarde y teníamos prisa; queríamos ir al cine del otro lado de la calle, el Comedia. La ensalada era fresca y agradable, aunque me acordé del pimiento rojo crudo toda la tarde. La hamburguesa estaba rica, y bien de temperatura, pero el filete, que era de una calidad excelente, llegó frío. Lo mejor de la comida –35 euros por persona, incluyendo dos copas de vino de Gregal y de Tres al Cuadrado-- fueron las patatas fritas que acompañaron los segundos platos. Y el café, Candelas.

Los camareros estaban desbordados y el servicio fallaba. Cuando no olvidaban lo que habías pedido, lo traían tarde. Así que nos levantamos a las cuatro y media, con la película ya empezada.

Cuando salíamos del restaurante, nos cruzamos con Sofía Boixet y Sergi Andreu, los propietarios de La Pepita. Atraídos por el boca a boca, querían conocer el local de moda. Ellos habían acabado ya el servicio de mediodía en su casa y las cuatro y media era su horario normal para comer. No les pude dar buenas referencias, como me habría gustado.

Un gran desafío

El Nacional es un proyecto ambicioso, un gran desafío del que los propietarios sólo saldrán airosos si acaban de coordinar la cocina y el comedor; y si ofrecen mejor servicio a unos clientes que comen con el ruido ambiente de un centro comercial, para ir a los aseos han de salir del restaurante y cruzar todo el local; y que pagan buenas cuentas.


Sorprende que hayan contratado a personal con tan poca experiencia, un fallo que sólo se puede atribuir al deseo de ahorrar nómina, pero que de momento es un lastre. La simpatía no puede sustituir la profesionalidad.

Un error tan básico me induce a pensar que el director de orquesta del local, el chef Carles Tejedor, tiene ideas propias sobre los camareros. De ahí las cajas (fuertes) registradoras: no están pensadas para evitar los atracos, como imaginé en mi primera visita, sino para que los empleados toquen el dinero lo menos posible.
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