Enoteca, gran nivel

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Hotel Arts C/Marina, 19-21 www.hotelartsbarcelona.com 93-483-81-08

18 de enero de 2013 (14:23 CET)

Siendo como soy una entusiasta del arroz, cuando oí que los de Michelin le habían dado otra estrella a la segunda marca de Paco Pérez, el Enoteca del Hotel Arts, no dudé en hacer una reserva para comprobar cómo andan de criterio los franceses de la guía roja. Había estado un par de veces en el Arola, en el mismo hotel, una vez desayunando con American Express y otra al mediodía; ambas a total satisfacción. Pero nunca en este otro local, cuyo nombre evoca un lugar donde vas a probar comida que acompaña a la bebida, pero no es así.

Hay que referirse al arroz, muy prestigiado en esta cocina. Pérez es uno de los expertos arroceros que ha tumbado la división clásica entre la paella y el risotto. Aunque en general nuestras preferencias vayan por el cereal tradicional paellero, sin menosprecio del caldoso, algunos cocineros consiguen que la fórmula italiana no nos resulte en absoluto ajena.


Así que, el día de la prueba, pedí los dos arroces de la carta. El de ou de reig y trufa blanca (45 euros), que estaba sensacional. Nos pusieron las láminas de trufa en una copa antes de echarlas sobre el plato para que pudiéramos percibir ese exquisito olor a gas que desprende.

El otro, de apellido meloso, ligeramente ahumado con azafrán y gambas; delicado y extraordinario (37). Parecido a uno que me preparo cuando encuentro gamba roja pequeña a buen precio en el mercado y que copié del Cocines de TV-3, pero –no hace falta decirlo- aquí les sale mucho mejor. No eran arroces de paella, pero tampoco les hacía falta. Hay que quitarse el sombrero ante Paco Pérez. Empecemos por ahí.

Materia prima


Como primeros, había optado por bogavante laminado en ensalada donde la materia prima no quedaba oculta en la selva verde, aunque, la verdad, si dijera que era abundante mentiría, y tampoco es eso. Son 37 euros bien empleados, entre otras cosas porque sospecho que en esta casa cuando se habla de productos de primera calidad no es un eufemismo: el bogavante no es el mismo en todas partes.

Y también por unas anchoas. Aunque soy militante de las de L’Escala, he de reconocer que el Enoteca pone unos bichos de tamaño mediterráneo, es verdad, pero con un sabor que parece de aguas más profundas. En cualquier caso, 25 euros los seis lomos dan para elegir denominación de origen sin complejos, pese a que Pérez tenga su base de operaciones en Llançà.

Para postre elegí la propuesta de otoño, muy buena y una ración suficiente para dos personas. Mi acompañante –la pareja en esta ocasión, que cumplía años y se estiró- no tenía el cuerpo para el menú degustación, y es que has de estar con una disposición anímica apropiada para atacarlo. Por eso desistimos –no por el precio, 150 euros sin vino, aunque bien pensado quizás sí fue por eso-, pero lo cierto es que si optas por él, lo mejor es que luego tengas habitación en el mismo hotel o que un taxi te lleve directamente a la siesta.

Aperitivos de la casa excelentes: consomé de gallina con chicharrones, supremo; y una pepitoria también de gallina en burbuja –recuerda las aceitunas líquidas de El Bulli- con salsa de almendras. Petit fours para finalizar con macaron de chocolate blanco y aceite de oliva, y un chocolate con melocotón y pepinillo de sabor difícil de describir, como una chuche estupenda.

Los vinos


La cuenta de la comida descrita salió a 115 euros por persona, habiendo bebido un Ekam a 40 euros, frente a los 19 euros de la bodega. Siempre pasa igual en estos locales de alto nivel, la carga sobre los vinos es como mínimo del doble. Tiene un pasar. Lo que se ajusta menos a la normalidad es que las cuatro copas escasas de apetitivo –dos de ellas repeladas del final de la botella- de cava Colet aparecieran en la cuenta a 30 euros, una barbaridad teniendo en cuenta que en bodega está a unos 20 euros la botella.

La puesta en escena es de nivelazo, un aspecto que sin duda los de Michelin han tenido en cuenta para darle la segunda estrella. El entorno es el del hotel Arts, de primera, con unas vistas muy agradables del Port Olímpic. Decoración en blanco impoluto, manteles y servilletas de hilo bien planchadas. Las mesas distanciadas –sólo había tres ocupadas el día de la prueba-, con una vieja máquina cortafiambres manual en el centro de la sala que utilizan para hacer las virutas de Joselito.

Servicio excelente, con el jefe de sala y el somelier de traje y corbata clara –de celebración- y las camareras con un nuevo uniforme estampado en azul y blanco.

No me atreví a pedir cerveza a presión –quizá me hubieran tomado por una cliente vulgar-; ya he dicho que tomamos un cava carísimo. Y el café, ligeramente requemado, de Nespresso.
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