Grill Room, el Zara de la restauración

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C/ Dels Escudellers, 8 www.grupandilana.com 93-115-71-56

05 de abril de 2013 (12:23 CET)

En el verano de 1993, pocos meses después de su inauguración, fui a comer a La Fonda. Quería probar aquel lugar que en poquísimo tiempo se había hecho tan popular en Barcelona y que sorprendía, entre otras cosas, por su ubicación, en la calle Dels Escudellers, en plena Ciutat Vella.

Decoración y precios mínimos. Las dos líneas maestras sobre las que sus creadores habían construido el restaurante, que estaba llamado a ser la prueba piloto de una cadena de muchísimo éxito. Hay quien le llama el Zara de la restauración.

De aquella primera visita se me quedó en la retina la eficacia del servicio y el hecho de que todos los empleados fueran filipinos, lo que entonces no era nada común en la Barcelona postolímpica. Recuerdo que comí un arroz negro con alioli a plena satisfacción. Entonces, el menú costaba 875 pesetas.




La Rita


Después de La Fonda vinieron otros; quizá el más popular es La Rita, como demuestra la cola que se forma diario en su puerta, en la calle de Aragó. Ahora, los restaurantes forman parte de una cadena, integrada en el Grupo Andilana, fundado por Lluís Camós, originario de Palamós, donde tiene varios establecimientos y donde nacieron los primeros. Uno de sus hermanos, Carles Camós, fue el impulsor del mítico Big Rock, en Platja d’Aro.

En estos momentos, la empresa empuja una nueva enseña La Mary, con un perfil de restauración más económica, en régimen de franquicia. También tienen hoteles e incluso una fundación. La querencia de Lluís Camós por las Filipinas primero y por Madagascar después está muy presente en su negocio. El decorador de la casa, Lázaro Rosa-Violán, ya de por sí amante de esos ambientes exóticos, deja constancia de las aficiones de Camós en cada local.

El caso es que el otro día decidí volver, pero no a La Fonda, sino al Grill Room, más reciente y que está justo enfrente, en Escudellers. Ocupa el lugar que en 1092 albergó al Petit Torino, el café de una familia italiana con una fachada forrada de marquetería y cristalería modernistas que aún se conservan. El mismo local que después pasó a manos de la familia Bofarull, propietaria del legendario y cercano Los Caracoles.

Menú a 10,30


El Grill Room tiene un menú de 10,30 euros, el mismo precio que su hermano La Fonda. Casi todos sus comensales son turistas de visita por la parte baja de las Ramblas, aunque también hay nacionales, que suelen ocupar alguna de las mesas del fondo, en el salón más cuadrado y cómodo. Jaume Bosch, de ICV y dos de sus colegas, ocupaban ese día una de ellas. El restaurante cae muy cerca de la sede central del partido.

Los dos salones y el altillo del Grill Room están redecorados intentando subrayar su pasado modernista, pero con incrustaciones de todo tipo, como lámparas envueltas en nansas o fotos en las paredes de personajes famosos que coexisten con dos barras forradas de ratjoles típicas catalanas. Al final, no sabes muy bien dónde estás. La falsa nevera antigua, las vigas de madera en el techo, como los marcos de las ventanas evocan una cervecería centroeuropea, pero el resto del ambiente es más próximo.

La mayor parte de la clientela tira de menú, por lo que los camareros solo ofrecen la carta si la pides. El menú ofrece cuatro opciones de primero, cinco como segundos y cuatro para los postres. La carta es muy amplia y recoge propuestas de todas partes del mundo, incluida la paella. Un apartado de hamburguesas, otro de pasta, un tercero de ternera con denominación de origen, currys, además de entrantes, pescados de lonja y otras carnes. Como se ve, todo muy turístico.

Oriental

Pedí un wok de verduras, que estaba algo picante, aunque la camarera discrepara. Demasiado pimiento, que crudo es tan sano como indigesto. Y de segundo di cuenta de una hamburguesa japonesa, cuya carne había sido marinada en soja e iba acompañada de tofú blanco. No estaba mal. Como se ve, todo muy oriental.

La cerveza no es de barril y han dejado de producir xampú, un espumoso de la casa que servían baratísimo en dos versiones: blanco y rosado. El vino a copas es más que pasable. Tomé un par del de la casa a 2,05 euros bien aromático y no demasiado frío. Y una bañerita de Tupinamba. Pagué 16 euros, muy barato para un local que utiliza servilletas de ropa.
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