José Luis, el más madrileño de Barcelona

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Av. Diagonal, 520 www.joseluis.es 93-200-75-63

22 de junio de 2012 (13:56 CET)

José Luis es de lejos el restaurante más madrileño de Barcelona, dicho sea en el mejor sentido de la palabra y a pesar de que en estos momentos, para algunos, no sea precisamente un elogio. Para empezar, es el más madrileño porque en esta casa nunca ofrecerían cerveza de botella a sus clientes, a no ser por causa de fuerza mayor. Utilizan una Heineken suave que, además, saben tirar.

Los camareros son la viva expresión de la uniformidad sirviendo tanto unos pinchos como un filete de ternera: traje oscuro con solapa de esmoquin y pajarita el jefe de sala y el de barra, y chaquetas blancas con hombreras de cordón en el caso de los camareros de primera. El limpia --porque José Luis tiene limpiabotas-- va un poco más informal y lleva un chaleco a rayas.

O sea, el Madrid clásico más puro en el corazón de la Barcelona burguesa de la Diagonal. Las comandas se hacen a viva voz, sin gritos ni nervios, aunque con volumen. El servicio, sin estrés, es eficaz y amable, pero sin pleitesía. Hay un señorío en el servicio muy de Madrid, probablemente eso que ahora las mentes pensantes del nacionalismo catalán llaman despectivamente hidalguía.

La campechanía funciona de los clientes a los camareros, no al revés. Ya digo, todo muy madrileño. No en vano se trata de una de las sucursales que el grupo madrileño de José Luis Ruiz Solaguren tiene fuera de la capital, todas ellas situadas en los mejores emplazamientos.

Como ocurre en tantos lugares de la ciudad donde la gente se desinhibe, el cosmopolitismo se impone y cada uno utiliza su idioma, el castellano cuando se trata con los camareros en la mayor parte de los casos y un fifty-fifty castellano y catalán entre la clientela. La mayor parte está compuesta por habituales, a los que el jefe de sala se dirige apenas han tomado asiento y les ofrece alguna de las sugerencias del día para que no tengan que molestarse en leer las propuestas de la carta. Lo mismo con la bebida; es un profesional que conoce sus gustos.


Muchos de los clientes proceden de las oficinas cercanas de la calle Tuset y de los despachos de Diagonal, entre los que abundan las consultorías legales y financieras. Un público con bastante mundo. Parejas mayores de marido y mujer, y otras que parecen jefe y secretaria bien avenidos en comida de trabajo.

No es un local especialmente cómodo, pero sí es correcto en cualquiera de sus formatos. La barra, preferida por los solitarios con prisa; el salón principal, que es como una cafetería, donde se suelen acomodar los partidarios del recogimiento imposible del exterior pero observando a la gente; el comedor del primer piso, más discreto y reservado; y la terraza, abierta todo el año, más propia de fumadores y de quienes quieren ver la circulación en ese rincón normalmente tranquilo de la ciudad. Es un lugar agradable y apacible, ideal para un mediodía festivo en pleno verano, con Barcelona vacía y con un poco de la marinada que sube camino de Collserola.

La carta de José Luis también es clásica y pensada para todo tipo de comidas: tapeo, pica-pica o formal. Para empezar, 15 sugerencias del día, más dos postres, de manera que puedes evitarte el repaso del grueso de la oferta. Precios entre 7 y 20 euros. Luego, una larga lista de pinchos fríos y calientes; y otra de raciones --ensaladilla rusa, patatas bravas, callos, calamares a la romana, chopitos--. Una relación contenida de platos, con cinco ofertas de pescado y otras tantas de carne.

La carta de vinos, curiosamente, empieza por los tintos. Es suficientemente amplia e incluye 11 cavas y cuatro champañas, entre ellos un Krug a 199 euros.

He estado en muchas ocasiones; de hecho, me gusta más que los de Madrid. Para escribir estas líneas hice una visita de mediodía. Pedí unas anchoas de L’Escala que figuraban en la página de las raciones, a 11 euros. Bastante buenas, nueve filetes de buen tamaño con un pan untado con tomate muy correcto.

De segundo me incliné por el solomillo ibérico con salsa de mostaza a 12,5 euros que aparecía en las sugerencias del día. Bien, pero sin más historia. Me arrepentí de no haber pedido la hamburguesa, que la había comido en otras ocasiones a plena satisfacción. Pasé de postre. Había tomado una caña muy correcta de aperitivo y acompañé la comida con media botella de Marqués de Arienzo, muy bien, a 9,7 euros, el mismo precio que los tres cuartos en bodega. El café, Segafredo, en su punto. Unos 40 euros.
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