L’Olivé, cocina catalana puesta al día

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C/ Balmes, 47 www.restaurantlolive.com 93-452-19-90

27 de septiembre de 2013 (10:49 CET)

El lunes pasado, el día en que la ortodoxia convergente le había propinado un varapalo monumental desde la columna de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia, el conseller de Territori, Santi Vila, daba cuenta de un arroz negro en L’Olivé. No parecía que el rejón de esa mañana por su desafección al soberanismo más arrebatado le hubiera quitado el apetito.


Tanto él como sus acompañantes, dos hombres descorbatados que habían ido de compras a Gratacós, disfrutaban de lo lindo de la cocina del local, consagrado en sus casi treinta años de vida como una de las mejores reservas de la cocina tradicional catalana puesta al día.

El escolta


A diferencia de lo que hacen otros consellers, el antiguo alcalde de Figueres no llevaba a su escolta. Hasta ahora me caía bien por su discurso --de lejos, el más profesional del Govern--, pero desde entonces me cae mejor, y no por el odio africano que despierta en los ámbitos más reaccionarios del nacionalismo, sino porque comprobé que no carga al erario la comida de su guardaespaldas. Era el lunes víspera de la Mercè y no parecía estar de puente: iba trajeado. Pese a que la sede de su departamento está algo lejos, Vila acude con cierta frecuencia al L’Olivé.

Ese día prácticamente se llenó el comedor principal con una clientela en la que abundaban mesas de hombres, muchas de ellas en reuniones de trabajo, mesas de mujeres y también huéspedes de los hoteles vecinos, frecuentados por un turismo de ciudad con alto poder adquisitivo. Y es que L’Olivé no es barato, lo que tampoco quiere decir que sea caro, excepción hecha de los vinos. Me llamó la atención el nivelazo de las botellas abiertas, pese a sus precios.

La decoración es discreta, minimalista, con elementos amortiguadores del ruido en techos y paredes. Las mesas, vestidas con manteles de lino, están suficientemente distanciadas, de manera que es fácil mantener la privacidad de las conversaciones. Las sillas, anchas y cómodas, acompañan muy bien.


La oferta


Otro de los rasgos característicos de este restaurante es la amplitud de su oferta, que recuerda aquellas cartas clásicas de la cocina catalana, algo que Josep Balaguer, el jefe de cocina del Grupo Olivé, probablemente heredó de su anterior y lejana vida en locales tradicionales de la ciudad. Los platos prácticamente son los mismos desde la apertura del establecimiento en 1984.

Para picar, entrantes fríos y calientes, arroces y fideos, carnes, pescados y postres. En cada uno de esos capítulos, una relación generosa. Es cocina catalana al gusto de hoy, pero con ciertas propuestas ya descatalogadas en la mayoría de los restaurantes. Es lo que ocurre con la casquería: en pocas casas se pueden encontrar hoy sesos rebozados, hígado de cabrito con cebolla o riñones salteados.

Tienen el buen gusto de servir cerveza de barril, Radeberger, correctamente tirada. Junto a la caña me trajeron una rica olivada con pan tostado para entretener la espera, que no fue larga ni para el primer plato ni para el segundo. La coordinación entre sala y cocina funciona.

Casi un 'empedrat
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De primero comí una ensalada Olivé, que es una especie de empedrat, pero con garbanzos en lugar de judías. Bien sazonados, con bacalao, atún, anchoa, olivas, tomate, cebolla y huevo duro. Fresquita y agradable (11,05 euros). De segundo, costillitas de cabrito a la brasa (19,95) algo sosas para mi gusto, pero impecables; iban acompañadas de pimientos de Padrón y patatas fritas no grasientas.

Pasé directamente al café, Illy, bien espumado y a temperatura adecuada. Justo cuando lo tomaba uno de los camareros enchufó el molinillo, como en los bares de menú; un fallo en aquel ambiente tan recoleto.


Los vinos


La carta de vinos merece una mención específica, porque es de las mejores de Barcelona en esta categoría de restaurantes. Por referirme solo a los riojas, diré que incluye botellas de La Vicalanda, Gran Reserva 904, Barón de Chirel, Muga, en fin, los que para mi son los mejores, aunque, eso sí, caros; y L’Olivé los carga en exceso. Lamentable.

Por ejemplo, un vino blanco barato como el Escorpí, de Gramona, lo tienen a 22,65 euros, cuando en la bodega cuesta 9,50; lo mismo pasa con el Ermita, de Juvé y Camps, a 19,30 (7,40); o con el Viña Esmeralda, de Torres, a 22,60 (7,25). Eso es lo que explica que en la redes sociales se encuentren tantos comentarios quejosos por la carestía del local.

Aunque había optado por la carne, pedí un blanco. Y me conformé con una copa de un rueda, BL8 Birlocho, que cumplió bien con su cometido: 3,25 euros. En total, pagué 39 euros. No fue barato, pero tampoco lo encontré caro. Una sensación semejante a la que tengo cuando visito el Barceloneta, otro de los locales del grupo de restauración de Josep Olivé, del que en la actualidad también forman parte Paco Meralgo, Vinya-Roel y Tuset 27.
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