La barca del pescador, el marisco

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C/ Mallorca, 324 93 459 25 64

08 de noviembre de 2013 (16:42 CET)

Pese a los vaivenes de los últimos años en el sector, La barca del pescador ha permanecido invariable en su línea de marisquería semipopular en una esquina del Eixample. Su clientela más fiel, como siempre en este tipo de locales, es la de barra; es lo primero que se llena.

Desde el principio, la casa ha dispuesto de un pequeño mostrador donde vende marisco crudo o cocido -el mismo que sirve en las mesas- para llevar a casa. Durante muchos años, los mediodías de los domingos era frecuente encontrar por la zona a familias que volvían a casa, quizá de misa, con un ramo de la floristería del vecino Navarro y un cartucho con quisquillas, tallarinas o cualquier otro producto de La barca.


Las marisquerías de Barcelona tienen en común un servicio eficaz, pero no del todo correcto. No es extraño que la gente se sienta incómoda con sus camareros. En mi opinión, se trata de una reacción natural ante un servicio distante y un poco sobrado.

Los fantasmas


En este tipo de locales es fácil encontrar gente de bolsillo generoso y ganas de aparentarlo. Y ese cliente de alguna forma marca el perfil medio, o al menos aquel con el que el camarero parece sentirse más en ambiente. Así, que resulta habitual que se muevan mejor con los generosos –fantasmas, diría yo- que con la gente normal, con la gente que calcula cuánto le va costar la comida.

Había ido bastantes veces, pero siempre distanciadas en el tiempo, sin continuidad. Así que el otro día volví. La barra estaba llena, como el salón interior. Nos ubicaron en el comedor de arriba –éramos cuatro mesas- y pedimos un par de cañas y unos camarones mientras mirábamos la carta.


 
Mi acompañante recibió una llamada que se alargó en exceso. Es lo que pasa con los móviles. El camarero, que la veía y la oía, terminó por plantarse libreta en mano ante mi para que le hiciera la comanda. Tuve que pedir por las dos mientras mi amiga me hacía algunas señas. Y me sentí como una idiota, francamente.

Aparte de decidir ya en ese momento que no dejaría propina, me dio la sensación de estar de más en aquel salón, sobre todo cuando oía al camarero decirle a un cliente que por ser él quien era le cobraría solo 50 euros por el bogavante que acababa enseñarle. El afortunado de la rebaja era Francisco Cortadellas, un viejo periodista de información económica, viajero empedernido y amante de la buena mesa. Le acompañaba Ramón Carlos Baratech, otro de su gremio.

Bueno, pues ese es ambiente que se forma en las marisquerías barcelonesas. En Madrid, donde hay muchas más, no suele pasar.


Rarezas


La carta es muy amplia, sobre todo en el capítulo de mariscos, como las nécoras, los centollos, bocas, almejas, percebes, gambas de Huelva, angulas, productos que son infrecuentes en la restauración barcelonesa. Además, ofrecen platos de cocina como la caldereta de langosta y de bogavante, zarzuela y suquet de pescado.

Como era martes, que no es el mejor día para acudir a un local marinero, y tampoco teníamos mucho apetito nos decantamos por un plato de jamón y una esqueixada, y después una modesta fideuá. Tanto los camarones como el jamón estaban excelentes, mientras que la ensalada de bacalao era solo correcta. Los fideos no me gustaron, por apelmazados; los medio salvaba el alioli con que iban acompañados.

Habíamos tomado una caña y luego pedimos un albariño Fefiñanes, que pagamos a 17,50 euros, más IVA. En bodega cuesta 12,20, lo que supone una carga limitada sobre todo si se compara con lo que hacen la mayoría de los restaurantes. El Viña Esmeralda, por ejemplo, vale 13,5 (7,25); es decir, le cargan menos del doble. La oferta de vinos es breve y modesta: 16 blancos, seis tintos, dos rosados y 10 cavas y champagnes. Pero lo mejor son los precios. Pagamos 48 euros por persona.
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