La batalla perdida del nacionalismo catalán en Bruselas
La derrota del nacionalismo catalán en Bruselas ha sido rotunda si tenemos en cuenta que, propiamente hablando, el Consejo de Asuntos Generales en sí no discutió el asunto
Pese a los esfuerzos de Pedro Sánchez y del ministro José Manuel Albares, la Unión Europea ha guardado sine die en el cajón la petición de que el catalán, el euskera y el gallego alcancen la categoría de lenguas oficiales en la citada Unión Europea. Lo que destaca del asunto, más allá del interés de un Pedro Sánchez que necesitaba los votos del nacionalismo catalán para sobrevivir, es el enésimo choque del nacionalismo con la legalidad. Y algo más: la creencia/presunción de un nacionalismo convencido de que Cataluña lo puede lograr todo por ser lo que es.
La lengua catalana –lo mismo vale para el euskera y el gallego- no puede acceder a la categoría de lengua oficial o de trabajo de la Unión Europea, porque el artículo 1/1958 del Reglamento no lo contempla. En dicho artículo, que fija –con las modificaciones pertinentes a lo largo de la historia de la hoy Unión Europea- el régimen lingüístico de la Comunidad Europea, se lee que “las lenguas oficiales y las lenguas de trabajo de las instituciones de la Unión serán el alemán, el búlgaro, el castellano, el checo, el danés, el eslovaco, el esloveno, el estonio, el finés, el francés, el griego, el húngaro, el inglés, el irlandés, el italiano, el letón, el lituano, el maltés, el neerlandés, el polaco, el portugués, el rumano y el sueco” (artículo 1).
Más adelante se lee que “por lo que respecta a los Estados miembros donde existan varias lenguas oficiales…” (artículo 8)… no es el caso, porque en España, como afirma la Constitución, “el castellano es la lengua oficial del Estado” (CE, 3.1) y “las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos” (CE, 3.2). Insisto en el texto: las lenguas oficiales de las Autonomías españolas lo son en su respectiva Comunidad, pero no en el Estado como indica claramente la Unión Europea.
El 1/1958 no lo permite, como tampoco lo permiten –el argumento tramposo que suele argüir el nacionalismo catalán- el artículo 55.2 del Tratado de la Unión Europea y el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, así como el artículo 53.2 del Tratado de Lisboa, en donde se dice que puede “traducirse [el Tratado] a cualquier otra lengua que determinen los Estados miembros”. Nada más .
De la ley a la creencia/presunción, resulta que los santones del nacionalismo sostienen que el catalán ha de ser lengua oficial de la Unión Europea, porque “la nuestra es una lengua milenaria, hablada por 10 millones de personas, y forma parte del patrimonio cultural europeo del que todos nos enorgullecemos”. Una declaración -de Josep Guardiola con la que comulgan muchos otros nacionalistas- a la que se le debe responder con un “¿y qué”?
En cualquier caso, la batalla del nacionalismo catalán en pro del reconocimiento del idioma catalán como lengua oficial en Bruselas, ha sido y sigue siendo una herramienta política de primer orden. Por una parte, el PSOE, que es quien ha estado pidiendo dicho reconocimiento, gana puntos ante un nacionalismo catalán que, finalmente, ha acabado apoyando la investidura y permanencia de Pedro Sánchez en la Presidencia del Gobierno. Aunque, habría que preguntarse qué pasará tras las elecciones.
Por su parte, el nacionalismo catalán, al exigir y no conseguir el reconocimiento de su lengua como oficial en Bruselas, también gana enteros, por partida doble: en primer lugar, responde a los deseos de una fiel infantería nacionalista; en segundo lugar, la negativa del reconocimiento de la lengua alimenta el victimismo de una Cataluña que ya forma parte de su ADN. Finalmente, la derecha liberal también se beneficia de la negativa de la Unión Europea al haber ganado la partida al PSOE y al nacionalismo catalán. A ver qué pasará acabadas las elecciones.
Vale decir que la derrota del nacionalismo catalán en Bruselas -ocho derrotas ya- ha sido rotunda si tenemos en cuenta que, propiamente hablando, el Consejo de Asuntos Generales en sí no discutió el asunto. Donde sí se habló del tema fue en un aparte de dicho Consejo que versa de “otros asuntos” distintos de los del orden del día.
Puestos a reseñar, el asunto duró siete minutos y la mayoría de los Estados consideró inaceptable la integración del catalán y, sobre todo, lamentó que España amenazara con bloquear la integración de dos nuevos Estados -Albania y Montenegro- en la Unión Europea de no reconocerse la oficialidad del catalán, el euskera y el gallego en la Unión Europea. He aquí la política mercantilista elevada a la más alta potencia. ¿Quién lo intentará ahora, después de las elecciones? La suerte está echada.