A vueltas con la eutanasia 

Occidente lleva ya un par de siglos reflexionando sobre la cuestión: eutanasia, sí o eutanasia, no

En todas las sociedades y culturas conocidas existen leyes o principios que prohíben que las personas procedan a desposeer de la vida a sus congéneres. Cierto es también que, en dichas sociedades y culturales, existen principios motivos que contemplan la eutanasia. Esa “buena muerte” que procede de la cultura griega y romana. Es decir, de nuestra cultura. Un cultura que, hace un par de milenios, aceptaba, prácticamente sin reticencias, el infanticidio, el suicidio y la eutanasia. Efectivamente, eso consentía y toleraba la cultura clásica occidental que está en el origen del pensamiento, la moral y la razón. 

Gracias al judaísmo y el cristianismo, la práctica de la eutanasia se redujo de forma considerable, porque -decían- acabar deliberadamente con la vida de un congénere equivalía a usurpar el derecho de Dios a dar y quitar la vida. A lo que hay que añadir que, ya por aquellos tiempos, los agnósticos no  admitían la eutanasia, porque eso implicaba la violación de la ley natural. Gracias a la Ley de Dios y la Ley Natural, la inviolabilidad absoluta de la vida humana permaneció vigente -en Occidente- hasta el siglo XVI. 

Fue entonces -en la época de la aceleración de la cultura occidental-, cuando reapareció la eutanasia de griegos y romanos, pero amortiguada por la cultura judeocristiana. Thomas More en su Utopía (1516) habla de la eutanasia para los enfermos de imposible curación. 

Por su parte -ya en los siglos posteriores-David Hume, Jeremy Bentham o John Stuart Mill teorizan la eutanasia, no como un precepto religioso, sino como una cesión individual y racional ante una vida de sufrimiento.  David Hume:  “a pesar de que un sólo paso nos apartaría del yugo del dolor y pena, las amenazas de la superstición nos mantienen encadenados a una existencia odiosa, y ella misma contribuye a hacernos miserables”. Así justifica nuestro filósofo la eutanasia (Sobre el Suicidio, 1775). 

Finalmente, Immanuel Kant sostiene que “el hombre no puede tener la facultad de quitarse la vida” (Lecciones de ética, dictadas entre 1775 y 1781). De ahí, que el filósofo alemán entienda el suicidio -no habla de eutanasia, sino de suicidio- como un uso incorrecto de su libertad. Concluye: “El hombre solo puede disponer de las cosas; las bestias son cosas en este sentido; pero el hombre no es una cosa, ni una bestia. Si él dispone de sí mismo, trata su valor como el de una bestia. El que así se comporta, que no respeta la conducta humana, se convierte en una cosa”. 

Occidente lleva ya un par de siglos reflexionando sobre la cuestión: eutanasia, sí o eutanasia, no. La respuesta más razonable: elaborar criterios orientados a salvaguardarnos -cuando existe- del homicidio injustificado. Unos criterios para proteger del abuso a las personas vulnerables no siempre dotadas de un razonamiento sólido. El problema: hay que evitar a toda costa que la eutanasia avance sin frenos hasta convertirse en una suerte de tobogán por el cual se deslicen inevitablemente un número indeterminado de personas. Una pendiente deslizante que llega a razonar lo no razonable  y/o justificar lo injustificable.   

Probablemente, los criterios citados más arriba ya existan a raíz de las denuncias y juicios que se extendieron en Holanda en 1973: la decisión de morir ha de ser voluntaria y reflexiva de un paciente bien informado; el sufrimiento físico y mental ha de ser insoportable para el paciente; no debe existir nunca ninguna otra solución razonable que mejore la situación actual; el médico ha de consultar a otros facultativos experimentados en el caso concreto objeto de la eutanasia.        

Noelia: “Lo he conseguido y a ver si ya por fin puedo descansar porque ya no puedo más. No puedo más con esta familia, no puedo más con los dolores, no puedo más con todo lo que me atormenta en la cabeza”. 

Los abogados de la familia -contraria a la eutanasia- afirmaban que Noelia sufría problemas de salud mental y no estaba en condiciones de tomar una decisión plenamente libre. 

¿La depresión que le aquejaba le capacitaba y habilitaba el juicio? La situación de Noelia no era terminal. Al parecer, había mejorado. 

Noelia vio cumplida su voluntad gracias a cinco instancias judiciales -entre ellas el Tribunal Europeo de Derechos Humanos– que se pronunciaron a favor de su petición. 

¿Por qué el Tribunal Constitucional, en lugar del legislativo y el ejecutivo, ha tomado la iniciativa de rellenar los huecos de una Ley hecha con precipitación?¿Por qué, ahora y no antes, el Tribunal Supremo se ocupa de un caso semejante al de Noelia para formular jurisprudencia?  El nuevo Código de Deontología Médica, adaptado en el año 2022 a la realidad del siglo XXI, ¿depende de la legalidad vigente?   

¿Qué ha fallado, aquí? ¿Quizá -como dijo Hume- la superstición, o lo considerado moderno, nos mantiene encadenados? ¿Quizá -como dijo Kant- se hace un uso incorrecto de la libertad?  

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