Carbón para el chavismo español

El 28 de julio de 2024 nació una esperanza: los venezolanos ganaron las elecciones y Nicolás Maduro las perdió

El 28 de julio de 2024 nació una esperanza: los venezolanos ganaron las elecciones y Nicolás Maduro las perdió. Fue, sin embargo, una esperanza frustrada al instante. El dictador decidió aferrarse al poder, mientras la comunidad internacional vacilaba entre la preocupación europea y la complicidad zapateril. Pasó el tiempo. La ilusión empezaba a desvanecerse cuando algo empezó a moverse. Ese merecidísimo Premio Nobel de la Paz que el gobierno de España no felicitó. Esa diáspora venezolana que salía a las calles exigiendo libertad. Pasó el tiempo hasta que, al final, los Estados Unidos de Donald Trump, con una operación quirúrgica de sus fuerzas especiales, han mandado al sátrapa a la papelera de la Historia.

Celebrémoslo. Los venezolanos recuperan algo tan frágil como imprescindible para su futuro democrático como es la esperanza. Maduro, que durante años combinó la tortura con el saqueo y la mentira, ya está en una cárcel estadounidense. Que se pudra. Rusia y China pierden a un fiel aliado. Los castrismos de otros países ponen sus barbas a remojar. Y los discursos de odio de las izquierdas españolas se quedan sin su principal patrocinador. Sí, lo podemos celebrar. Lo debemos celebrar.

Quienes blanquearon el régimen, mientras robaban el oro de los venezolanos, recibirán esta noche carbón del malo, ese que merecen las almas ennegrecidas. Más pronto que tarde responderán, política y judicialmente, por cada foto sonriente, cada viaje pagado con petrodólares manchados de sangre y de hambre. Están nerviosos. Su hombre en La Moncloa, fiel al manual de resistencia, ha optado por la equidistancia temblorosa al tuitear una excusatio non petita. Jamás avaló el pucherazo del 28 de julio, dice. Acusatio manifesta.

Fue el Gobierno de Sánchez el que permitió que el verdadero vencedor de aquella contienda cruzara el charco para que el tirano durmiera más tranquilo en el colchón de Miraflores. Hoy, con Maduro fuera del tablero, lo que queda es un presidente español intentando borrar huellas en lugar de liderar una posición firme en defensa de la democracia. ¡Qué mal queda España en medio de esta geopolítica endiablada!

Tucídides nunca murió. Vivimos en un mundo con reglas que apenas nadie cumple, con un Kremlin que mira a Europa como un niño que babea ante el pastel que se quiere comer. China penetra en el continente comprando silencios, puertos y empresas estratégicas gracias a dirigentes avariciosos como Zapatero y ambiciosos como Sánchez. Y es que, en medio de tanto realismo, el PSOE ha dejado a España reducida a la irrelevancia.

Además, toda esta incertidumbre internacional pilla a Sánchez en su momento de máxima debilidad interna. Acorralado por casos de corrupción y escándalos sexuales, con ruido de sables en el partido, una creciente debilidad parlamentaria y socios que huelen el final de ciclo, el presidente se ha convertido en un pato cojo que ya solo desea ganar tiempo. Y, como colofón, su padrino político, un Zapatero que camina sin cobertura telefónica ni moral, reaparece como una sombra incómoda que remite al origen del mal.

Un Zapatero que camina sin cobertura telefónica ni moral, reaparece como una sombra incómoda

A partir de ahora, el futuro de Venezuela dependerá en gran medida de lo que decida Trump. Si opta por mantener a Delcy Rodríguez como figura de control, una comisaria política al frente de una estructura represiva responsable de millones de desplazados y miles de ejecuciones extrajudiciales, sólo habrá cambiado el nombre del tirano. Si, por el contrario, apuesta con decisión por una transición democrática real, acompañada y garantizada internacionalmente, el final de Maduro será también el principio de un nuevo país.

Así pues, conviene celebrar el final político de Maduro, pero sin ingenuidad. Estados Unidos, Europa y América Latina deberían entender que una Venezuela democrática y próspera es un aliado estratégico frente a Moscú, Pekín y Teherán. De este modo, la democracia debe llegar de la mano de Edmundo González, María Corina Machado y un pueblo que ha demostrado una tenacidad admirable frente al miedo y la pobreza. Ellos encarnan la posibilidad de reconstruir instituciones, economía y convivencia.

Si se les acompaña con inteligencia, perseverancia y una mínima decencia, el 28 de julio de 2024 no será sólo la fecha de una esperanza frustrada, sino el día en que comenzó de verdad la caída del chavismo. De todo el chavismo. También de sus cómplices. Que salgan a la luz los negocios oscuros de Zapatero y otros camaradas, desde contratos hasta consultorías. Que España deje de ser el refugio de esos propagandistas de las dictaduras que dan lecciones de progresismo en platós y universidades.

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