Entre el gesto y la gestión

La deriva ideológica y la política del enfrentamiento erosionan la gestión y debilitan la base económica y social del país

Hay causas nobles que, cuando se radicalizan, se pervierten. Dejan de ser nobles. Eso es lo que le ha ocurrido a una gran parte de la izquierda con su deriva ideológica. Lo que nació como una aspiración legítima a la igualdad, la dignidad o la lucha contra la discriminación ha terminado convirtiéndose en una política de gestos, de emociones desbordadas y de batallas menores que erosionan los grandes principios que decía defender.

La izquierda populista ha sido el principal vehículo de esa transformación. Aquella que se presentó como la voz de los de abajo, la que denunciaba a la casta antes de instalarse en ella misma, la que normalizó el escrache (“medicina democrática”) como herramienta política y hoy se refugia en el victimismo ante cualquier crítica, ha terminado por llenar de cinismo su vacío ético. Detrás de la sobreactuación moral nunca hubo una verdadera exigencia de responsabilidad personal.

El resultado es una izquierda que ha invertido sus valores. Prefiere la cancelación a la libertad del otro. Prefiere el privilegio a la igualdad. La imagen de Pablo Iglesias en La Habana no es una anécdota. Es la prueba del delito, del delito de alta hipocresía de quienes predican contra las élites mientras disfrutan de sus privilegios sin el menor pudor.

La izquierda también ha sustituido la fraternidad por el conflicto. De hecho, nunca ha buscado cohesionar, sino dividir. Hoy fragmenta en identidades enfrentadas y convierte la democracia en una competición permanente por el agravio. Todo es conflicto y nada se resuelve. Divide mucho y gobierna poco.

Pedro Sánchez no ha sido ajeno a esta evolución. Al contrario, la ha asumido como propia. El PSOE adoptó la lógica y el discurso de Podemos con la expectativa de consolidar su hegemonía en la izquierda. El resultado es paradójico: Podemos desaparece, pero el PSOE también se hace más y más pequeño en términos políticos y electorales. Renunció a su identidad y ahora no lo reconoce ni el Felipe que lo parió.

Ahora ni siquiera el aparente talante del nuevo vicepresidente del Gobierno, Carlos Cuerpo, puede ocultar la naturaleza del proyecto. Porque el auténtico sanchismo es el de la catadura moral de José Luis Ábalos, la rabiosa retórica de Óscar Puente y la soberbia inutilidad de María Jesús Montero. Ese es el retrato político y ético que termina imponiéndose sin rascar demasiado la superficie.

Pero lo más preocupante no es solo la deriva ideológica, sino sus consecuencias materiales. La política del conflicto no es gratuita. El ruido no es inocuo. Empobrece. Empobrece porque desplaza las prioridades, porque sustituye la gestión por el gesto y porque convierte cada decisión en un campo de batalla. La política del muro acaba creando socavones. Socavones institucionales, económicos y sociales. Y, sí, también socavones reales, físicos, en las carreteras.

La política del conflicto no es gratuita. El ruido no es inocuo. Empobrece.

España empieza a ofrecer demasiadas señales de esa degradación. Un país que aspira a prosperar no puede normalizar apagones, trenes que fallan de forma recurrente y tantas y tantas infraestructuras clave en mal estado. No puede resignarse a que los servicios básicos se deterioren mientras el debate público se consume en polémicas estériles.

El daño afecta a la base de la sociedad: una clase media que ve cómo sus ingresos reales se estancan mientras el coste de la vida, especialmente el de la vivienda, se dispara como consecuencia de malas decisiones políticas. Políticas que restringen la oferta, que generan inseguridad jurídica, que penalizan la inversión al anteponer la pancarta a los resultados.

Ni siquiera la obligación constitucional de presentar presupuestos se respeta ya con normalidad. La excusa de conflictos internacionales, como la reciente guerra de Irán, sirve para justificar lo injustificable: gobernar al margen de las reglas. No es una anomalía puntual, es una forma de entender el poder. La autoproclamada “mujer más poderosa de la democracia” nunca llegó a presentar un proyecto de presupuestos. Nunca cumplió la Constitución.

Frente a ese modelo, la realidad ofrece un contraste elocuente. En siete años y medio al frente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno ha aprobado ocho presupuestos y ha impulsado un cambio reconocible en la región. No lo ha hecho desde el griterío, sino desde el reformismo. Demostrando que las reformas sin estridencias son mucho más eficaces y beneficiosas que las estridencias sin reformas, tan habituales en la izquierda y también en ciertos sectores de la derecha.

Porque esa es otra de las consecuencias de esta deriva: su contagio. Algunos en la derecha han optado por imitar los métodos que dicen combatir. La exageración sustituye al argumento, la descalificación al debate y la discrepancia interna se trata como una amenaza. Se denuncia la cancelación mientras se practica. Las purgas voxeras son podemismo en estado puro. Es la política convertida en un espejo deformante. No es casualidad. Los extremos comparten más de lo que admiten. Compiten, escribió Friedrich Hayek en Camino de servidumbre, por las mismas psicologías.

Frente a esa deriva, conviene recordar que la sociedad es más sensata y más moderada de lo que el demagogo cree. Puede dejarse arrastrar por el ruido durante un tiempo, pero no indefinidamente. Busca estabilidad, certezas y resultados. Por eso, en un tiempo dominado por el exceso, la moderación vuelve a ser una forma de coraje.

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