Hablemos de fútbol
El fútbol es la prueba de un mundo globalizado en que las mercancías -retransmisiones, derechos televisivos, equipajes, jugadores, merchandising, cantantes, políticos y un largo etcétera- traspasan fronteras, los negocios generan importantes dividendos, la identidad de los pueblos se consolida
La Copa Mundial de Fútbol del año 2026 ha confirmado lo que suele decirse del denominado deporte rey. El fútbol es el reflejo -mejor, el retrato- de la sociedad en la cual vivimos. El fútbol es la prueba de un mundo globalizado en que las mercancías -retransmisiones, derechos televisivos, equipajes, jugadores, merchandising, cantantes, políticos y un largo etcétera- traspasan fronteras, los negocios generan importantes dividendos, la identidad de los pueblos se consolida.
Y el deporte muestra que es una suerte de terapia psicológica para superar determinadas frustraciones individuales o nacionales. Ciertamente, el deporte -especialmente, el fútbol- es una oportunidad para dar salida a determinados instintos agresivos elementales del ser humano que toman cuerpo y forma en el insulto, la marrullería, las malas artes, las patadas, los empujones, los barullos o los quilombos.
Y es una oportunidad para la FIFA, que ha logrado la globalización total -nuevos mercados- de un fútbol que igual aparece en Cabo Verde, Austria, Egipto, México y Paraguay, y que ha conseguido cosechar generosos beneficios a lo largo del planeta. Lo sabe muy bien el businessman Donald Trump que busca la fotografía con los vencedores para visibilizarse en todo el globo; y lo sabe el oportunista Pedro Sánchez que viaja siete horas de ida y otras tantas de vuelta para ser entrevistado durante dos minutos por una RTVE que solo transmite para España.
Una España que se muestra unida por la victoria y otra España que busca reafirmarse en la exclusión y el desprecio del otro. Lástima de otra oportunidad perdida para disfrutar de las bondades del triunfo y dejar aparcado el odio estéril. Lástima de unas autoridades que no entienden la realidad ni al ciudadano, que dificultan la instalación de pantallas gigantes en las plazas públicas de algunas ciudades, no sea que se llenen de un personal.
Que grite “Viva España” y “Yo soy español, español”. Lástima de una televisión pública catalana que repite, una y otra vez, que en la selección española hay nueve catalanes y que el Barça también ha ganado la Copa del Mundo. Pero, la realidad es la que es. Y la mayoría de los catalanes quieren lo que quieren.

Hay que poner pantallas gigantes a toda prisa y en lugares preferentes, donde todo se ha llenado a rebosar. Hay que pedir más camisetas de la segunda equipación, que se están agotando, hay que comprar más banderas en los bazares chinos. Y dejar que estalle la felicidad y el cielo se llene de luces de colores cuando el valenciano -¡Països Catalans!, dicen- Ferran Torres marca el gol de la victoria.
Por lo que hace al Gobierno vasco -como si se tratara de la nota de un Estado independiente con embajada en Madrid y consulado en Bilbao-, cuando los abertzales atacan a ciudadanos pacíficos que siguen el partido en terrazas de bares y plazas públicas, blanquea la violencia calificándola de “actos incompatible con la convivencia” y siguen tocando el chistu, como si no existiera el bullicio gozoso de los cada vez más numerosos vascos y navarros que se sienten españoles unidos en la victoria. Es la España que hace temblar su suelo con sus saltos, que rejuvenece con sus aplausos.
El fútbol ha derribado las puertas de la muralla. El ciudadano se siente por fin vivo y esperanzado. El espectador, más activo y autodeterminado que nunca, se enorgullece de su nación. El futuro existe. Fuera imposiciones, fuera consignas, fuera ese vandalismo autodestructivo. ¡Basta ya!.
Ahora, hablemos otra vez de fútbol.
La sociología tradicional, tiene un par de hipótesis cuando se trata de definir o de situar el deporte. Veamos.
En primer lugar, la hipótesis higienista de un Pierre de Coubertin que concibe el deporte como resumen y compendio de virtudes sin límite que conducirían al mens sana in corpore sano.
En segundo lugar, la hipótesis disciplinaria de un Theodor Adorno que entiende que el deporte disciplina a la sociedad en unos determinados valores –trabajo, competencia, superación, disciplina y éxito- que consolidarían el orden capitalista.
Con toda probabilidad, ni la hipótesis aristocrática de Pierre Coubertin, ni la hipótesis marxista/neomarxista de Theodor Adorno, tengan razón. Con toda probabilidad, se trata de un par de tópicos. Un par de ideas -cierto- que en su día podían responder a las necesidades de unos y otros, de benefactores de salón y de empresarios necesitados de plusvalía.
Cuando se habla del fútbol, suele citarse una máxima de Bill Shankly, manager que fue del Liverpool durante los 60 y 70 del siglo pasado, que reza así: “el fútbol no es asunto de vida o muerte… ¡es mucho más importante que eso!” Una máxima que admite diversas interpretaciones.
Puestos a hablar de nuestro personaje, aficionado a las consignas y las frases hechas, merece la pena recordar la siguiente: “el mayor honor [de los jugadores] es salir a defender los colores del Liverpool; a entregar la vida misma por todos esos obreros y mineros que aunque pasaban penuria igual llenaban ese estadio sin falta”. Han pasado setenta años. Pero, el espíritu permanece. Defender los colores, enorgullecerse de la nación, construir el futuro.