Por qué sigue habiendo guerras

Desde el siglo XI hay quien repudia la guerra frente a quienes la glorifican y ennoblecen

Desde las luchas tribales a las contiendas globales se habla de la guerra. O lo que es lo mismo, se habla de la guerra -en todas sus modalidades y facetas: la historia, la guerra justa e injusta, la legalidad o ilegalidad de la guerra, los derechos durante la misma, la táctica, la estrategia, los tratados de paz, el armisticio, las rendiciones condicionadas y un largo etcétera- desde los orígenes de la Humanidad hasta el presente. 

Conviene añadir que, desde el siglo XI, hay quien repudia la guerra frente a quienes la glorifican y ennoblecen. Todo ello, sin olvidar que hay quienes -según la coyuntura- repudiando la guerra en un momento la acaban glorificando en otro momento. De ahí, surge la distinción entre guerra justa e injusta de la que se hablaba antes. Una reflexión de origen medieval/premoderno en la que destacan Santo Tomás (Suma teológica, 1266) o Grocio (Del derecho de la guerra y la paz, 1625). Una reflexión todavía vigente a la que recurren clásicos contemporáneos del asunto como Michael Walser en Guerras justas e injustas (1977) o Ágnes Heller en Juicio final o disuasión (1985). 

En todos estos trabajos –no deberíamos olvidar tampoco el artículo 51 de la carta de las Naciones Unidas que reconoce el derecho de autodefensa y respuesta frente a la agresión- se reconoce la dureza de la guerra, pero se admite su necesidad en situaciones extremas.

Todo ello, sin olvidar también la existencia de una denominada Guerra Fría que ha sido fundamental -lo sigue siendo todavía hoy- en la conservación de la paz. La Bomba -si tú me la lanzas yo también te la lanzo- disuade la destrucción mutua asegurada. Ahí estamos y en eso estamos.

En este contexto, Adolf Tobeña y Jorge Carrasco –catedrático emérito de Psiquiatría el primero y profesional del mundo audiovisual y de la comunicación el segundo- nos brindan un excelente ensayo sobre el asunto, titulado La guerra infinita (2023), cuyo subtítulo –De las luchas tribales a las contiendas globales– encabeza las primeras líneas de este artículo. Un ensayo -hay que remarcarlo- que pone al alcance del lector unas indispensables y actualizadas referencias bibliográficas sobre el tema.  

Nuestros ensayistas, más allá de lo que suele ser habitual cuando se trata el tema de la guerra -lo reseñado al inicio de este artículo-, ponen a nuestro alcance una reflexión e investigación que se pregunta por qué sigue habiendo guerras. Una pregunta que la mayoría de los seres humanos nos hemos planteado más de una vez. Unos seres humanos que mayormente prefieren la paz. Pese a ello, la guerra aparee y reaparece de forma intermitente

Adolf Tobeña y Jorge Carrasco abordan el tema –cosa poco frecuente entre nuestros analistas- desde la ciencia. En este caso, desde la psicobiología. Es decir, desde el denominado “factor humano” que, como afirman nuestros ensayistas, va acumulando las “aspiraciones, apetitos, querencias o aversiones que distinguen a los individuos de nuestra estirpe, tanto cuando actúan por su cuenta como, sobre todo, cuando obran y operan mediante alianzas o coaliciones”. Su objetivo es presentar –valiéndose de los conocimientos científicos- una “incursión exploradora en las raíces psicobiológicas de la tendencia a reiterar conflictos letales entre grupos humanos”. Una incursión con experimentos incluidos. 

En La guerra infinita se pretende responder –de forma provisional: en la ciencia nada es definitivo y todo está sometido a la prueba de la falsación- a preguntas como las siguientes: ¿Por qué hay enfrentamientos colectivos? ¿Por qué siempre hay voluntarios dispuestos a combatir? ¿Por qué es fácil reclutar bandos enfrentados y hostiles que antes habían convivido de manera razonable? ¿Qué lleva a que los sujetos enfrentados pongan en peligro su integridad física? ¿Cómo se moviliza a los individuos para combatir? ¿Qué mecanismos se utilizan para lograr una obediencia y una sumisión a menudo ciegas? 

La razón –mejor, la explicación o los motivos- de todo ello la ponen a nuestra disposición los ensayistas: la propensión tribal o el “nosotros” contra el “ellos” que se nutren de las raíces biológicas y de los sistemas neurohormonales. A ello, se añade que en las contiendas se combinan “mecanismos que remiten a resortes primigenios de la moralidad comunal junto a intereses individuales no necesariamente coincidentes en el seno de cada bando”. 

De la teoría a la realidad –tres ejemplos entre otros-, hay que hablar de esos nutrientes psicológicos de los conflictos que son el odio y el rencor, de las provocaciones que inclinan la balanza –reverberaciones neurales- a la agresión y la represalia o de los neuroprejuicios y neuroestigmas que demarcan la frontera intergrupal. 

A quien busque soluciones para acabar con la guerra, nuestros ensayistas les hablan de los “paraguas morales” o “herramientas de orden cultural que permiten extender los ingredientes auxiliadores de la moralidad a la mayor parte de individuos”. ¿Cómo llegar a la convivencia más o menos pacífica entre comunidades de miles de miembros de origen diverso? Por ejemplo: identidades ampliadas, legislación común, sistemas democráticos, valores compartidos, gobiernos supracomunitarios, el comercio con su intercambio de bienes, servicios conocimientos y personas o la disuasión militar y nuclear. 

Una tarea ardua, ciertamente.                            

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