Venezuela, una vez más

Nos encontrábamos, y nos encontramos, ante un régimen que se puede calificar de cleptocrático

Hace casi un año y medio, el 4 de agosto de 2024, publicaba en este mismo medio un artículo titulado “De nuevo, Venezuela”. Lo hacía a propósito del resultado oficial, a todas luces fraudulento, de las elecciones presidenciales celebradas el 28 de julio del mismo año. Y la situación que se pudiera originar la comparaba con la que se había creado en 2019 con la autoproclamación de Juan Guaidó como presidente. Rescataba la oferta que hizo dicho personaje a las fuerzas armadas: impunidad a cambio de que se avinieran a acabar con el chavismo.

Resaltaba que a pesar de su carácter claramente antidemocrático era quizá la solución más posible, aunque de momento no la veía factible, ya que no parecía haber fisuras en la cúspide militar. Todo el análisis partía de la creencia en que en la Venezuela chavista el verdadero poder era el de la milicia. Y la trama civil del régimen, políticamente hablando, era puro oropel: ni socialismo del siglo XXI, ni niño muerto.

Nos encontrábamos, y nos encontramos, ante un régimen que se puede calificar de cleptocrático, que ha generado una nueva oligarquía, la boliburguesía, que ha saqueado el país en connivencia con los altos mandos militares. En algún momento evocaba también la posibilidad de que, de llegar la situación a ser insostenible, se optara por el autogolpe.

Pues bien, todo indica que la situación había llegado al límite y está en marcha un paripé en el que, de momento, el que va a pagar los platos rotos no es otro que el tonto del cuento, es decir, Nicolás Maduro. Con la posibilidad de que el tonto no lo sea tanto como pensamos y haya también formado parte del paripé, pactando con Trump su propia detención, como ha interpretado Gan Pampols.

El que va a pagar los platos rotos no es otro que el tonto del cuento, es decir, Nicolás Maduro

Hasta que punto el ejército venezolano no haya sido capaz de responder mínimamente a la agresión, o no haya querido responder, tardaremos en saberlo. Lo que parece seguro es que entre bambalinas se debe estar negociando algo parecido a una transición. Queda la incógnita de si la impunidad que los “milicos” deben pretender que entre en esa negociación, puede alcanzar a los siguientes jerarcas del régimen en escalafón, después de Maduro, Delcy Rodríguez y su hermano, y el siniestro Diosdado Cabello. Toda apunta a que sí. En una operación como esta hacen falta cipayos, colaboracionistas, títeres que gobiernen en nombre del vencedor. Los había vocacionales, concretamente María Corina Machado, a quien Trump, públicamente, le ha dado una soberana patada dialéctica en el trasero. Alternativamente, parece que se apuesta por la referida cúpula chavista convenientemente amaestrada. Veremos. No deja de ser una apuesta inteligente siempre que el grado de amaestramiento que acepten los presuntos cipayos sea el adecuado.

Y “last but not least”: ¿qué va a pasar con las armas distribuidas entre la milicia bolivariana?

Confiemos en que la posible transición sea lo menos traumática posible para el sufrido pueblo venezolano. Posiblemente, le esperan décadas muy duras de reconstrucción, bajo la supervisión, en un primer momento, además, del gendarme boreal, cuyo mamarracho presidente ya ha hablado en unos términos que anuncian una relación con Venezuela lo más parecido posible a los típicos protectorados de la época colonial.

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