Así la insustituible Soraya derrotó a los genoveses del PP

stop

Santamaría se confirma como la máxima apuesta de un Rajoy reincidente y sin complejos. La vicepresidenta responderá ante la nación, cuyas gentes, a falta de enemigo exterior, se pasan la vida peleándose

Josep Maria Cortés

Soraya Sáenz de Santamaría, a su llegada este viernes al Palacio de la Moncloa, para el primer Consejo de Ministros del nuevo Gobierno. EFE/Emilio Naranjo
Soraya Sáenz de Santamaría, a su llegada este viernes al Palacio de la Moncloa, para el primer Consejo de Ministros del nuevo Gobierno. EFE/Emilio Naranjo

Barcelona, 05 de noviembre de 2016 (06:00 CET)

Soraya Sáenz de Santamaría es la piedra angular de un Gobierno de mayoría virtual con Ciudadanos entregado (en el fondo, no en la forma) y los socialistas en situación de mendicidad. En el último lustro, Soraya se inhibió 23 veces en el Consejo de Ministros para no caer en incompatibilidad, especialmente después del nombramiento de su marido en Telefónica en marzo de 2012.

A lo largo de los 300 días de gobierno en funciones, la Moncloa ha impulsado diez vetos en el Congreso, detrás de los cuales está el secretario de Estado, José Ayllón, alfil de Soraya y encargado de llevar los vetos a la mesa de la Cámara. Dos datos que conducen al limpio impoluto. Con diligencia; así se encumbra la vicepresidenta después de dejar en la cuneta a los llamados "genoveses", Pablo Casado, Javier Maroto y Andrea Levy, los tres vicesecretarios jóvenes del PP, y de obviar el frenesí de Cospedal.

Soraya tiene lo que hay que tener para defender los intereses del partido del Gobierno más allá de su corrupción crónica, nunca expiada en las plantas nobles de Génova y la Moncloa. Así se vio el pasado junio,  cuando el subsecretario de presidencia, Federico Ramos de Armas, presentó su dimisión "a petición propia", tras haberse visto relacionado con el caso Acuamed.

Ramos, que había pertenecido a medio ambiente, era hasta aquel día uno de los íntimos del círculo de hierro que protege a Soraya. Pero se acercaba peligrosamente una instrucción del juez Eloy Velas y la circuncisión fue tan inopinada como letal. Ramos fue tajantemente cercenado.

Un gobierno en modo pánico

Cuando el gobierno en funciones entró en modo pánico por el incumplimiento del objetivo de déficit público para 2016, entró en escena Soraya en auxilio de Cristóbal Montoro, el dueño real de las cuentas públicas. Pese a que en julio el Ejecutivo provisional había pactado una nueva senda de consolidación fiscal con Bruselas fijada en el 4,6% del PIB para este año, todo indicaba que tampoco se iba a cumplir lo pactado.

El equipo económico había pinchado y se mostraba incapaz ya de enmendar la senda, hasta que Soraya movilizó a su adiestrado equipo –Ayllón de nuevo y Álvaro Nadal, el nuevo ministro de energía-  para impulsar una reforma de la ley de estabilidad presupuestaria, que escandalizaba a Luis de Guindos.

Se reformó el artículo 15 de la ley de estabilidad y, en la práctica, la medida ha servido para pasar el déficit autorizado a las comunidades autónomas este año. Descentralizar aguas abajo y en cascada es más fácil que ser federalista, pero hay que ponerle el cascabel al gato y Soraya se lo pone. A Santamaría la arquitectura legal del Estado no se le resiste.

Es licenciada en derecho por la Universidad de Valladolid y abogada del Estado, además de ex profesora asociada de derecho administrativo en la Universidad Carlos III de Madrid. Estudio en el San Nicolás de Bari y se mantiene apegada a Berlanga de Duero, nido materno, donde Gerardo Diego poetizó las espumas del río castellano.

Todo empezó con el estatuto de Cataluña

Mariano Rajoy la quiere a su lado por el mix de técnica y carácter que despliega. Fue elegida vicepresidenta del Gobierno el 21 de diciembre de 2011, once años después de que Rajoy la fichara (la seleccionó Francisco Villar, entonces jefe del gabinete) como asesora, durante su etapa de vicepresidente con José María Aznar.

Santamaría pasó de asesora a secretaria ejecutiva de política autonómica y municipal y de ahí a portavoz del Grupo Popular en el Congreso, donde fue una de las mayores sorpresas de "la última legislatura de ZP".

La vicepresidenta vallisoletana adquirió entonces notoriedad como responsable de las duras negociaciones que se mantuvieron en el Congreso con motivo del estatuto de Cataluña, aunque ni le dio tiempo de retocar el tijeretazo bipartidista del que presumió Alfonso Guerra; afrontó las ponencias de estudio y el debate de las enmiendas populares. Casi nada en términos de codos y de ánimo a la hora de superar la estolidez de ambos bandos.  

Soraya es dulce en la galería y dura en el tresillo. A la hora del incendio, ella echa agua en círculos concéntricos, tal como hizo en 2013, cuando Artur Mas plantó a Rajoy en el acto de entrega de los premios Ferrer Salat, organizados por Fomento del Trabajo, crisol de la industria catalana. Su ascenso se ha ido plasmando en los adelantos consecutivos que ha protagonizado en las listas electorales para los tres comicios a los que ha concurrido.

En el 2004 iba en el puesto 19 por Madrid y sólo ocupó un escaño después de que Rodrigo Rato dimitiera para ocupar la presidencia del Fondo Monetario Internacional (FMI).  

Entre las más poderosas de Europa

En 2008 pasó al quinto lugar, cuando Rajoy la designó portavoz del PP en el Congreso de los Diputados, en sustitución de Eduardo Zaplana. Ella rompió con la herencia de Aznar y protagonizó duelos recordados en el Hemiciclo con la ex vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. En noviembre de 2011, Soraya fue en el número dos, por detrás de Rajoy; era la antesala de su despacho actual.

Y así hasta convertirse en una de las cinco mujeres más poderosas de Europa, según USA Today, y también hasta trocear alta costura, lucir encajes, presumir de guantes y votar en Jorge Juan.  Jurista bregada, lejos del lucimiento rancio de los jurisconsultos, Soraya acepta hoy que en casa del herrero pata de palo: el ministerio de Rafael Catalá se ha quedado sin estrategia después de cinco años de mayoría absoluta y de salir lentamente del lodazal en el que le metió Alberto Ruíz-Gallardón.

En el último retoque de Rajoy, justicia se ha quedado en el limbo y, a partir de ahora, Catalá deberá limitarse a gestionar la precariedad. La polémica ley mordaza, hito incomprensible de la mayoría absoluta dispuesta a desoír el clamor de la calle, puede morir de inanición, entre el desentendido ministro del ramo y la distancia de Soraya.  

Experta en mostrar la patita

La vicepresidenta es experta es mostrar la patita ante los temas que el resultan incómodos. Uno de ellos, la reforma del Tribunal Constitucional le produce ataques de mala conciencia porque fue ella precisamente la que dio el empujón jurisdiccional al alto tribunal. Ahora no se arrepiente; hace algo mejor para su Gobierno: anuncia inhabilitaciones, como la de Carme Forcadell, presidenta del parlamento catalán, sin ni siquiera imaginar que la sanción llegue a producirse. Es como amenazar con el "ahí queda eso señores".  

Acostumbrada al perfeccionismo, la primera aparición del nuevo portavoz ha sacado de quicio a Soraya. En su aproximación dialéctica al conflicto territorial, Méndez de Vigo se refirió ayer a la Generalitat como "la Generalidad", sabiendo como sabe que en el relato político nada es neutral. El potro de tortura partidista de la vicepresidenta ha dejado de ser Maria Dolores de Cospedal, nueva ministra de defensa.

Pero también ahí juega el enemigo interior, porque defensa protagoniza los grandes contratos de Estado y Cospedal simboliza al PP (¿Cuánto tiempo mantendrá la secretaría general?), un partido acusado de lucrarse en la trama Gürtel. Sea como sea, Soraya se ha confirmado como la máxima apuesta de un Rajoy reincidente y sin complejos. La vicepresidenta responderá ante la nación, cuyas gentes, a falta de enemigo exterior, se pasan la vida peleándose entre ellos mismos.
Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad