Ciudadanos desbanca a CiU y PNV como socio de gobierno en España

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NUEVO ESCENARIO NACIONAL

Albert Rivera y Artur Mas, en una imagen en el Parlament

en Barcelona, 11 de abril de 2015 (19:11 CET)

Si hay alguien representativo de la política española de los últimos decenios, es ese Alfredo Pérez Rubalcaba. El ex secretario general del PSOE, y último candidato socialista a la Moncloa, en 2011, tenía una máxima: la estabilidad de España, la vida política española, debía partir siempre de un gran acuerdo entre el PP o el PSOE, según quien presidiera el Gobierno, y el nacionalismo vasco y catalán. Eso garantizaba la estabilidad y el progreso de España.

Y eso es lo que se ha venido abajo, guste o no, se encuentre justo o no. Ese es el cambio que se está produciendo en España, según coinciden en analizar los diferentes expertos consultados. Es cierto que esa afirmación se basa en la irrupción de nuevas fuerzas políticas, a partir de lo que indican las encuestas.

Pero sea con porcentajes mayores o menores, lo cierto es tanto Podemos como Ciudadanos podrían rondar, por lo menos, los 20 diputados cada uno en las próximas elecciones generales. Esos resultados lo transformarán todo por completo.


Nadie pasará del 30% de apoyo electoral


El bipartidismo, como apunta el catedrático de derecho constitucional Francesc de Carreras "no desaparecerá, como se ha demostrado en las elecciones en Andalucía, y podrían seguir siendo los dos principales partidos, pero quedará dañado".

Todos los sondeos, hasta ahora, marcan un gran descenso para el PP y el PSOE. El politólogo José Fernández Albertos ve cómo el escenario más probable es una distancia "entre el primero y el cuarto partido del 28% al 16% de apoyo electoral", siendo muy complicado que alguien quede por encima del 30%.

Eso implica que el primer partido no tendría más de unos 120 o 125 escaños. La experiencia, aunque con todas las cautelas, indica que el PP, en 1989, con el 25,8%, logró 107 diputados; y el PSOE, en 2011, con el 25,1%, se quedó con los actuales 110 escaños. Esos son los datos con los que contamos hasta ahora.

El PSOE recela de Podemos y se acerca a Ciudadanos


Lo que ocurre es que, tanto los dirigentes del PP --que han reaccionado en contra de las directrices de la cúpula del partido sobre el rechazo frontal a Ciudadanos-- como los del PSOE tratan de acercarse al partido de Albert Rivera. Fuentes socialistas admiten que la trayectoria del partido, el hecho de que el PSOE haya gobernado España durante muchos años, le dificulta un posible pacto con Podemos, si es que se dan las circunstancias.

Con los números en la mano, y con la posibilidad de gobernar, los socialistas querrían a Ciudadanos para iniciar un proceso de reformas.

Alianza para lograr gobiernos autonómicos y locales, primero


El candidato del PSOE al Ayuntamiento de Madrid, Antonio Miguel Carmona, se ha referido a Ciudadanos como "la derecha civilizada". Ya no se trata sólo del ex ministro José Bono, que no ha dejado de hablar bien de Rivera en los últimos meses, si no de los candidatos socialistas en las diferentes comunidades autónomas y de los alcaldables, que ven en Ciudadanos un posible socio de gobierno.

También Pedro Sánchez está considerando un mayor acercamiento al partido de Rivera.

Disputa por Ciudadanos en el PP


Eso en el campo socialista. En el del PP cada vez está más claro, pese a que en determinadas comunidades, como Cataluña, se quiera presentar a Ciudadanos como una fuerza política netamente de izquierdas, que sólo pactaría con los socialistas.

Se trata de algo lógico, porque Ciudadanos en Cataluña le está comiendo el espacio electoral al PP, pero no es asumido por el conjunto de los candidatos del PP en toda España. Tanto Cristina Cifuentes en la Comunidad de Madrid, como Alberto Nuñez Feijóo en Galicia, o la propia Esperanza Aguirre en el Ayuntamiento de Madrid, o Alberto Fabra en Valencia, cortejan ahora a Ciudadanos.

Mariano Rajoy, de momento, no deja de hostigar a Ciudadanos, al entender que sus propuestas son "ocurrencias", sin diferenciar en exceso entre la fuerza política de Rivera y el economista Luis Garicano, de Podemos y Pablo Iglesias. Pero a medida que se acerquen las elecciones generales, las fuentes consultadas admiten que puede ser un socio de gobierno y que el mensaje cambiará.

CiU y PNV, lejos de sus mejores momentos


Todo eso pone de manifiesto que el tiempo político de CiU y el PNV, como grandes bisagras de la gobernabilidad de España, está a punto de saltar por los aires. El PNV se ha movido siempre en el Congreso con un peso similar, entre siete u ocho diputados, con un mínimo de cinco. En el caso de CiU, ahora está en el ciclo más bajo, con 10 diputados. En las distintas elecciones se ha movido entre los 18 y los 15-16 escaños.

En 1996 el nacionalismo vasco y catalán fueron decisivos. José María Aznar obtenía la primera victoria electoral del conservadorismo español, con 156 diputados, insuficientes para gobernar. Los 16 de CiU, y los cinco del PNV, fueron determinantes, completados con los cuatro escaños de Coalición Canaria.

La inteligencia de Urkullu, el proyecto de Mas


Ahora esas fuerzas nacionalistas podrían aspirar a completar una mayoría de gobierno. Pero tampoco están muy interesadas en ello. Por lo menos, formalmente. CiU, una federación que podría llegar rota a esas elecciones generales de finales de 2015, está en otra cosa: quiere iniciar, con el President Artur Mas, un proceso de independencia en Cataluña, para desvincularse de la gobernabilidad de España.

El PNV, el que dirige Iñigo Urkullu, quiere mantener, en cambio, un vínculo directo con el Gobierno central, para mejorar, de forma bilateral, el autogobierno vasco. Y seguirá en esa línea, porque también se lo permite el concierto económico de que goza el País Vasco.

Cautela si se desea transformar España


Ese papel menor del nacionalismo catalán y vasco puede suponer un cambio profundo en la estructura del Estado español. Si se pretende una reforma del Estado de las autonomías, eliminando las duplicidades administrativas que se producen, podría existir una fuerza parlamentaria suficiente en el Congreso para llevarlo a cabo. Otra cosa es si se fuerza la situación en Cataluña o en el País Vasco, y se provoca una reacción que refuerce ese nacionalismo, que, por ahora, se ha vestido de independentista en Cataluña.

Rubalcaba ya no está en primera línea. ¿Suspira aliviado, o inquieto por la estabilidad de España?

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