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El rey Felipe reclama que el Gobierno asegure “el orden constitucional”, pero también “el autogobierno” de Cataluña en una intervención dura y sin concesiones

Barcelona, 04 de octubre de 2017 (04:55 CET)

El Gobierno. Sí, pero ha sido el rey Felipe. El Gobierno de Mariano Rajoy está muy tocado por lo que sucedió el domingo en Cataluña, pero es consciente de que la situación es de extrema gravedad. Y, aunque el rey no toma decisiones por libre, --no lo puede hacer por mandato constitucional--, sí se ha puesto al frente con determinación para que el Ejecutivo aplique, en el momento necesario, el artículo 155 de la Constitución que supone asumir competencias de la Generalitat.

El rey, firme, con contundencia, pudo haber tenido palabras más cercanas para los catalanes, algún gesto para los heridos o golpeados por la Policía durante la jornada del 1-O. Pero no lo hizo. El mensaje fue directo, porque el estado está comprobando cómo el gobierno catalán ha puesto la directa. Mientras se emitía el mensaje del rey, el presidente Carles Puigdemont comunicaba a la BBC que la declaración de independencia se aprobará en los próximos días, o el fin de semana o el lunes, como máximo.

Antes de que eso suceda, el rey constató que el Gobierno debe ponerse en marcha. O ahora, o justo después de esa declaración. “Es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones, la vigencia del Estado de derecho y el autogobierno de Cataluña, basado en la Constitución y en su Estatuto de Autonomía”. Muy claro.

Ese mensaje es extraordinario. En su dilatado mandato, su padre, el rey Juan Carlos, sólo ofreció cuatro mensajes de esa importancia, al margen de los habituales comunicados navideños: tras el golpe del 23F, los atentados de Atocha, la muerte del presidente Suárez y para anunciar su abdicación. Es decir, se trató este martes de una alocución de urgencia y con una aplicación inmediata, “en unos momentos muy graves de nuestra vida democrática”.

El rey actúa de urgencia, con un mensaje extraordinario, que su padre sólo utilizó cuatro veces

El rey fue al grano, al considerar que "determinadas autoridades de Cataluña, de una manera reiterada, consciente y deliberada, han venido incumpliendo la Constitución y su Estatuto de Autonomía, que es la Ley que reconoce, protege y ampara sus instituciones históricas y su autogobierno". Y que esas mismas autoridades “han vulnerado de manera sistemática las normas aprobadas legal y legítimamente, demostrando una deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado”. Y añadió que “han quebrantado los principios democráticos de todo Estado de derecho y han socavado la armonía y la convivencia en la propia sociedad catalana, llegando ─desgraciadamente─ a dividirla".

Ahora bien, con esas indicaciones, con un jefe del estado que se pone al frente, ¿qué vías puede haber y con qué actores? Con ese nivel de compromiso del rey, el Gobierno podrá contar con el apoyo del PSOE, a cambio de algunas concesiones del Ejecutivo, que podrían pasar por determinadas dimisiones, según apuntan las fuentes consultadas. El apoyo de Ciudadanos ya lo tiene Mariano Rajoy, pero se le ha resistido Pedro Sánchez, porque el líder del PSOE, bien asesorado por el primer secretario del PSC, Miquel Iceta, sabe que una suspensión de la autonomía, o la asunción de competencias de la Generalitat puede agravar el conflicto e incendiarlo definitivamente.

El modo en el que actúe Rajoy será determinante. Pero ya no hay dudas sobre la actuación. Está en juego, y la intervención del rey lo clarifica, la estabilidad del estado. Hay procesos judiciales en marcha, que afectan al propio Puigdemont, y a todo el gobierno catalán, y todo se puede precipitar cuando se apruebe la declaración de independencia en el Parlament.

Si el rey se pone en marcha, el PSOE también estará al lado de Rajoy, aunque con condiciones

El Gobierno catalán quiere seguir adelante. Ha sido capaz de sortear obstáculos, de organizar un referéndum, que, al margen de que no es homologable, de que no ha sido reconocido, permitió a los ciudadanos soberanistas votar en urnas, manifestar sus opciones, con cargas policiales desmedidas. Y el independentismo bloqueó este martes la ciudad de Barcelona, con una especie de huelga, más bien un cierre patronal decidido por la Generalitat, pero con carreteras cortadas que bloquearon camiones y vehículos en los pasos fronterizos con Francia, demostrando su fuerza. Se produjeron manifestaciones en las calles para protestar por esas cargas policiales sin incidentes, y se dispuso en mantener las movilizaciones en los próximos días.

El problema para el independentismo es que la Unión Europea ha sido muy fría con sus quejas y peticiones. Este miércoles se discutirá la cuestión en el parlamento europeo, pero los apoyos a la independencia de Cataluña, o las presiones para que Rajoy negocie de forma bilateral, o la mediación que pide Puigdemont, no acaban de surgir.

Y ahora, con un mensaje del jefe del estado de un país, esas intermediaciones serán más complicadas. Es un mensaje claro a Europa. Eso implica que el soberanismo puede salir derrotado, pero con un precio altísimo para el gobierno español, y para toda la sociedad catalana.

La intención de aplicar ese artículo 155 de la Constitución es convocar en un tiempo prudencial elecciones al Parlament de Cataluña. ¿Pero en qué circunstancias, y con qué resultados? El independentismo se siente fuerte, y, aunque no ha aumentado su peso en los últimos dos años, sí resiste. Es robusto. Abarca a casi la mitad de la sociedad catalana. Y se ensancha de forma clara cuando la apuesta es un referéndum de autodeterminación.

El rey busca una salida, y se ha puesto al frente para que el Gobierno aplique las medidas que le permite el estado de derecho. Pero la vía política seguirá pendiente. Sigue pendiente.

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Referéndum 1-O
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