Jordi Pujol: "No sé si seré capaz"

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EL ESCENARIO CATALÁN: UN AÑO TRAS LA CONFESIÓN

El ex presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, y su esposa Marta Ferrusola en una imagen de archivo

en Barcelona, 18 de julio de 2015 (21:27 CET)

"No sé si seré capaz". Y lo puso negro sobre blanco en una cuartilla de escasamente medio folio, en las que suele escribir a mano con lo primero que pilla y con su habitual letra horrorosa, casi ilegible.

Jordi Pujol se ha refugiado en la escritura para verter en esas hojas en blanco sus más íntimas emociones y su no menos íntima perspectiva espiritual del mundo cercano y lejano que le rodea y afecta. 

"No sé si seré capaz". Esa frase nace de Pujol, pocos días después de aquel 24 de julio de 2014, día en el que el ex president dejó caer una bomba de primera magnitud en el corazón de los miles de catalanes que le aman y en el vientre de los miles que además haberlo admirado, le odian.

Primeras muestras de debilidad

Pujol, en sus 85 años, jamás ha dado muestras públicas de debilidad personal o política. Digamos que no fue adiestrado para ello ni se lo podía permitir. Sin embargo, lo del 24 de julio del año pasado supuso alcohol de demasiada graduación para un hombre que lo había dejado.

Hincó la rodilla. La primera que supo de ello, fue se esposa, Marta Ferrusola. Más tarde alguno de sus hijos, y con posterioridad algunos de sus conocidos (Pujol no tiene amigos), esos que de cuando en cuando son convidados a tomar café en "palacio" para charlar con él.

La cosa no iba bien para un hombre de apariencia insensible y distante (incluso con los suyos). Sus más recónditos sentimientos se desordenaban en su interior como las cartas de una baraja en manos de un borracho.

Caída en picado

Días después, dijo a quien quiso oírlo…"ojalá me hubiera muerto". Las alarmas se dispararon. Pero Pujol, algo humanizado por su autoinculpación y por el consiguiente escarnio público, trató de sacar fuerzas de donde ya no había y con no poca dificultad decidió bajar el periscopio, refugiarse en su submarino de la avenida General Mitre, bajar al fondo del mar donde las aguas negras confieren el necesario anonimato y aguardar, con la ayuda de sus cuartillas cómplices, aire fresco tras la tormenta.

"No sé si seré capaz" fue el título de una de sus primeras anotaciones en las que exponía a nadie, porque prácticamente nadie tiene acceso al contenido de esas notas, sus dudas sobre si sobrellevaría la presión, la vergüenza y el deshonor de alguien que hizo justamente del honor personal y de la dignidad institucional dos pilares fundamentales de su discurso y de su pretendido legado histórico.

Stephen King dice que escribir es una forma de "vomitar", de "comunicar" pero también de "aprenderte" al margen de que seas leído por mucha, poca o ninguna persona. King habla del exorcismo del escritor. Pujol, en el silencio de su submarino y, como siempre, haciéndolo todo a su manera, escribió Vergüenza y honor.

Se trata de una reflexión sobre el pueblo alemán, una sociedad que siempre le cautivó y a la que sigue considerando referencial en lo económico, en lo administrativo y también en lo que para Pujol es sin duda un signo de identidad: sus fortaleza como pueblo.

Pujol y el pueblo alemán

Vergüenza y honor habla de Alemania, pero Pujol pone el acento en esa capacidad de resurgir del pueblo germano gracias, entre otras cosas, a su fortaleza moral para pedir disculpas y casi para inmolarse, sin medias tintas y sin ambigüedad. Recuerda, en esas líneas, que uno de los principales monumentos contra el exterminio nazi está en Berlín. 

Atisbar y mucho menos interpretar lo que circula por la cabeza de Pujol es una aventura extremadamente osada. Pero aun a riesgo de resultar inexacto, da la sensación de que su artículo trata de ser una alegoría sobre sí mismo. "Me han despojado de la corona, me han quitado los galones, pero he dado la cara y he hecho de mi vergüenza política un gesto particular de honor".

Las líneas en esas cuartillas, son, sin duda, una buena medicina para narcotizar el dolor o la ansiedad del gobernante que ha perdido las riendas y los resortes donde asirse ante un vendaval que además le coge viejo y cansado.

A Pujol, la medicina que se ha autoimpuesto le funciona. Y poco a poco, la bestia, aun en el zulo en el que está sumergido y asilado, va recuperando peso.

Escribe casi de todo

No para de escribir. Lo último, alguna referencia a Grecia y su imparable crisis política y, sobre todo, económica. El alegato de Pujol es durísimo, casi impropio de un ex gobernante por ser políticamente incorrectísimo. Pujol piensa que poco más se puede hacer por un pueblo como el griego que desde hace siglos, poco o nada tiene que ofrecer a la humanidad tras haber sido cuna de sabiduría.

Ha escrito algún artículo sobre inmigración, cuestión que a él tanto le ha preocupado desde el punto de vista social, pero sobre todo desde el identitario. En unos de sus escritos recuerda una cumbre que mantuvo con el entonces presidente (y también rival) Felipe González sobre la necesidad de establecer una política europea conjunta para atajar el embrión de conflictos demográficos como el que se mascaba ya entonces en la demarcación de Lampedusa (Italia).

Pujol –que desde hace años ya no considera a González como un rival— critica la insensibilidad  sobre esta cuestión que percibió, posteriormente, en los gobiernos de José María Aznar. "No ha hecho otra política internacional con nuestro entorno que la de pelearse una y otra vez con Marruecos", ha escrito.

El ex president saca la cabeza

Pujol escribe y escribe. Mientras lo hace se abre levemente al mundo como si esa terapia hubiera frenado lo que parecía un hundimiento irreversible. Hace pocas semanas se le vio escribir sobre política catalana. Pujol reitera su no independentismo, pero en una de sus recientes reflexiones apunta que "es lo único, hoy por hoy, que nos va a permitir prosperar en un sentido nacional".

El ex presidente no está al margen de lo que llueve a su alrededor. Ha escrito, en un tono ciertamente críptico, un artículo curioso sobre alguien que no identifica pero que se parece mucho a Duran i Lleida. Viene a decir que resulta chocante como una mala gestión de un conflicto le permite a uno ganar cuando en realidad ha perdido.

Da la sensación de que Pujol se refiere a la votación interna de Unió Democrática, que supuso la victoria in extremis para el aparato que dirige Duran y Ramon Espadaler, pero que ha provocado un cisma definitivo en la formación democristiana.

Van pasando los meses y Pujol sigue bolígrafo en mano. La fiebre que provoca el escarnio ha menguado. Poco a poco, los calditos y las pócimas curativas literarias le están subiendo los colores a la cara. Desde hace unas semanas, incluso, ha recuperado una cierta vida social.

Recupera cierta vida social

No hace mucho cenó con un grupo de conocidos con los que habitualmente mantenía este tipo de encuentros-coloquio que se vieron interrumpidos a partir la auto inculpación y su consiguiente enclaustramiento. A esta cena, entre otros-as, asistió el director del instituto de Ciencias Fotónicas de Cataluña, Lluis Torner, y la periodista Mònica Terribas (una autentica debilidad para el ex president). No asistió el ex subdirector de La Vanguardia, Lluis Foix, de quien Pujol, ahora, no quiere ni oír hablar.

Han pasado los meses y la puerta de su casa ya no está cerrada a cal y canto. No es inhabitual ver en su despacho a su fiel historiador de cabecera, Joan B. Cuya, con quien departe de lo humano y divino.

No a las entrevistas

Le llueven las ofertas para ser entrevistado. Pujol ni las responde, salvo a aquellos periodistas, como es el caso de Fidel Masreal, a quien le une un cierto respeto personal y para quien sí tuvo 40 segundos para una llamada telefónica que sirvió de disculpa.

A efectos judiciales, y a expensas de las noticias criminis que se están produciendo y se van a producir alrededor del universo político, familiar y sobre todo económico de Convergència Democrática de Catalunya, Pujol quiere dar un paso hacia a delante. Pero no sabe cómo hacerlo ni dispone, en este sentido, del consenso unánime de su familia. En todo caso, ese cambio de actitud, que sí goza del apoyo de sus abogados, es un síntoma de una mejor musculatura. Aún no ha escrito sobre ello.

Piden un gesto a Pujol

En fuentes próximas a la fiscalía, se sugiere que si lo que Pujol quiere es dar una paso al frente, lo tiene fácil: "Que enseñe de una vez el extracto bancario de la evolución del dinero que evadió a Andorra y de los ingresos o no que recibieron las cuentas asociadas", dicen. Pujol, no lo ha hecho y esa inacción genera dudas y sospechas que, necesariamente, auguran lo peor.

Tampoco parece haber reflexionado sobre las alertas que, siendo president, le formuló algún consejero de su absoluta confianza sobre la actitud impropia y delictiva de su hijo primogénito. Pujol, giró la cara para otro lado, como el avestruz o como el divo que no soporta una crítica. La gripe de entonces se convirtió en el sarampión de ahora.

De todo esto todavía no ha escrito. Aun no forma parte de la terapia.

El ex president vuelve a la primera línea

Así las cosas, trascurrido ya un año, Jordi Pujol tiene un mejor color de cara. Se diría que empieza a dar síntomas de aquello que les acaba ocurriendo a los jubilados cuando se ven legitimados por la experiencia y desprovistos de protocolo, para preguntarse, con o sin irreverencia, lo que 30 años atrás ni se hubieran cuestionado.

Pujol está leyendo Sapiens, un libro cartesiano, conductista, que cuestiona las teorías religiosas sobre la formación y desarrollo de la humanidad escrito por el doctor en historia por la universidad de Oxford, Yuval Noha Harari. En su declive, el teniente coronel golpista de la Guardia Civil, Antonio Tejero, cuando ingresó en prisión, cayó en brazos de los místicos. Pujol parece huir en dirección contraria. Curiosa evolución.

Rencoroso humanizado

Pujol le dijo un día a un periodista y escritor de novela negra que coleccionaba, envuelto en un pañuelito, que a su vez guardaba en la mesita de noche de su dormitorio, el nombre, los datos históricos y los recuerdos personales de algunas personas innombrables. Lo del pañuelito acercó a Pujol a la psicopatía. Había un rencor enfermizo, o al menos así lo percibió su interlocutor.

El ex president no quiso revelar los nombres pero no negó que entre ellos apareciesen fiscales, compañeros de partido y coalición, algunos periodistas y no pocos financieros.

Pero parece que algo ha cambiado. Da la impresión de que a Pujol, el zarandeo mayúsculo que le ha propinado la vida a partir de lo ocurrido el 24 de julio del año pasado, le ha humanizado…al menos, uno o dos milímetros.

Dicen que dice que no guarda rencor a nadie, ni siquiera a los que retiraron su foto de los despachos y le retiraron las medallas de sus ciudades.

Preocupado por su adiós

Dicen que dice que no ha hecho una lista negra y que su única preocupación se sitúa en la forma en cómo se le despedirá cuando llegue el día del adiós a esta vida.

Quienes le conocen más sostienen que quizá haga como el ex presidente del COI, Juan Antonio Samaranch, que, antes de morir, diseñó hasta el último detalle de su funeral. Ya se verá.

A Pujol le va a faltar tiempo si pretende redimirse.

Jueces, fiscales, policías y algunos cómplices traidores no se lo van a permitir. Por lo que parece, el Estado de derecho, tampoco.

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