La última batalla de Fidel

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Tras su muerte se alzan las voces que glorifican y las que critican al expresidente cubano. Su figura se tiene que contextualizar en el momento histórico en que irrumpió

Cartel con la imagen de Fidel Castro en un edificio de La Habana

26 de noviembre de 2016 (16:58 CET)

Fidel Castro combate y resiste incluso después de muerto. Su marcha de este mundo ha desatado de nuevo sentimientos encontrados. Recuerdos, esperanzas perdidas, respeto, consideración, pero también odio y desprecio. Fidel fue y seguirá siendo la antítesis de la indiferencia.

Analistas e historiadores se prodigarán en los medios de comunicación y, en breve, aparecerán en el mercado decenas de biografías actualizadas. Las fiestas del exilio en Miami y las honras fúnebres en la Habana saturarán la actualidad. Las embajadas cubanas de todo el mundo recogerán pésames y manifestaciones urgiendo reformas democráticas. Lógico, nada que objetar al respecto. Tan sólo un ruego a todo ese personal que se esfuerza en loar, o maldecir, la figura del revolucionario cubano. Por favor, hagan un esfuerzo por contextualizar los hechos históricos; por intentar comprender dónde, cómo, cuándo y porqué emergió el líder cubano.

Sean objetivos y busquen la razón, la multitud de razones, y el porqué miles de jóvenes de todo el mundo vieron en el proceso revolucionario cubano un viento de esperanza. Valoren también por qué gentes de centenares de pueblos oprimidos y explotados miraban esperanzados hacia el Caribe y sus barbudos. Fidel Castro y Ernesto Che Guevara han sido durante muchas décadas un referente emblemático de la lucha por la dignidad de los pueblos y su independencia ante lo que denominaban imperialismo.

Democracia, derechos humanos y libertad

Me dirán que sin democracia no hay libertad, cierto, pero yo también le objetaré los crímenes, golpes de estado y creación de hidras terroristas alimentadas bajo el paraguas de la democracia más potente del mundo. No olvidemos que el estadista cubano sufrió centenares de intentos de asesinato, conatos de invasión militar y acciones armadas de cariz terrorista. El país se vio sometido a un terrible bloqueo económico que impidió un desarrollo armónico de su economía. ¿Vamos a olvidar todo eso?

Recuerdo como si fuera hoy el día en que Joan Barril ganó el XXX premio literario Sant Joan con una novela sobre Cuba titulada "Las tierras prometidas". Barril nos advirtió, en aquel momento, que su viaje literario a la 'revolución más magnética de la historia' no gustaría a los castristas pero que tampoco iba a ser jaleada por los cubanos exiliados en Miami. No se equivocó. La narración de Joan Barril tenía mucho de premonitoria respecto a lo que ahora acontece. Los ríos de tinta generados alrededor de la muerte de Castro, al igual que en su día la novela citada, no va a ser del gusto ni de unos ni de otros.

Nicolás Maduro, Correa, Morales y otros líderes americanos glosaran su ejemplo. Otros como Françoise Hollande –la paja en ojo ajeno- hablaran de la 'desilusión'… ¿Acaso la desilusión en las democracias europeas no es un síntoma de nuestro tiempo? Pero este sería otro tema.

Fidel Castro ha muerto. Alrededor de su memoria se librarán un sinfín de batallas mediáticas e ideológicas. Son las batallas de nuestro tiempo, en otras coordenadas que las del suyo. Hagamos balance del personaje y su obra -sin justificar lo injustificable- con la equidad, la honestidad e intento de comprensión, que se les suponen a los demócratas no obnubilados por esquemas preestablecidos. Para otros, como para Joan Barril en su día, la revolución cubana seguirá siendo 'la revolución más magnética de la historia'. 

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