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La lista unitaria del procés y la oferta de Puigdemont de ser candidato hace todavía más complicado armar el puzle electoral de los independentistas

Carlos Carnicero

Carles Puigdemont quiere hacer campaña desde Bruselas y tiene descolocado a Junqueras, aunque también su propio partido, el Pdecat. Foto: EFE/HW

Barcelona, 05 de noviembre de 2017 (04:55 CET)

Todavía ayer, en el seno de la dirección de ERC se discutía la conveniencia de acudir a las elecciones del 21-D. Un planteamiento retórico porque la decisión de participar ya está tomada.

Sin embargo, la interpelante de esta cuestión, Marta Rovira, secretaria general de la organización republicana, planteaba esa posibilidad en coherencia con su discurso:  estas elecciones "son ilegales, inconstitucionales" ya que se han convocado desde fuera, saltándose el Estatut y la Constitución y sin que lo hagan las instituciones elegidas en los últimos comicios".

Analizar y contraponer los discursos y los hechos de los secesionistas reclama una moral laxa y oportunista; solo se puede hacer desde la ética de la oportunidad. Reclaman al estado el cumplimiento de una Constitución que ellos se saltan como norma de conducta.

Lo importante es que, a tres días de que finalice el plazo para inscribir legalmente coaliciones, todavía están discutiendo si participan, si acudirán en listas independientes y quienes serán los candidatos. Mucha tela para cortar en pocos días.

La atmósfera dialéctica de estos comicios es anómala y complicada. Los secesionistas no aceptan su legalidad, pero participarán; presumiblemente algunos candidatos fundamentales estarán en la cárcel durante la campaña. Otro en búsqueda y captura. Estamos en un estado tan opresor que ampara que ciudadanos en prisión preventiva puedan ser candidatos, tan solo porque para el estado la ley es sagrada y únicamente una sentencia judicial firme puede inhabilitar a un ciudadano para ser elegido para un cargo público.

Pese a todo, negar a España la condición de Estado de Derecho va a ser el leit motiv de los secesionistas en la campaña electoral, en la que no presentaran sus planes de gobierno, de políticas económicas y sociales, demostrando que pretenden que los ciudadanos ignoren los graves problemas que tiene la sociedad económica y las amenazas ciertas de parálisis e, incluso, de recesión. Solo cuenta el anhelo por la república.

Entre quienes acatan la legalidad y los independentistas no hay debate posible, porque sin reglas, ellos siempre ganarán, aunque fuera por agotamiento

Como consecuencia de su afirmación de que España es un estado autoritario, sin garantías judiciales, los "presos políticos" serán las estrellas de la campaña. Quizá la mayor demostración empírica de la separación de poderes y de la independencia del poder judicial sea que la decisión de la magistrada Carmen Lamela de dictar prisión provisional para Oriol Junqueras y los otro siete ex consellers, perjudicará, según convicción extendida a los candidatos constitucionalistas, y desnaturalizara la campaña electoral.

Tengamos un rasgo de realismo.

El debate sobre estas cuestiones con los sediciosos no solo es agotador sino absolutamente inútil. No estamos en un planteamiento político. La política exige reglas, rigor intelectual y coherencia. Y los independentistas se han saltado todas esas talanqueras; están ubicados en un estadio pre democrático, populista y antisistema. Por lo tanto, entre quienes acatan la legalidad y ellos no hay debate posible, porque sin reglas, ellos siempre ganarán, aunque fuera por agotamiento. Su comportamiento es más el de una secta que de un partido político.

Falta muy poco tiempo para tomar muchas decisiones.

Los partidos constitucionalistas tienen los planteamientos claros. Ninguna duda de su participación en las elecciones. Listas de cada uno de los partidos y candidatos designados. Tienen la ventaja de ahorrarse todas las discusiones previas a las que tienen que hacer frente los secesionistas.

Los planteamientos políticos basados en la realidad les serán favorables siempre que los electores quieran escuchar sus recetas para los problemas de la sociedad catalana. Eso, en un universo de política real sería lo normal.

Se confirma que la convocaría al amparo del 155 ha cambiado el paso del procés... y los sucesos posteriores también

El coste de la aventura secesionista está siendo brutal. No detallaré lo que ya se sabe de huida de empresas, aumento del paro y quebranto del clima de convivencia. Solo hay un problema, los protagonistas de esta asonada, de este desastre, boicotearan ese debate porque aceptarlo sería letal para ellos. Su universo electoral será puramente emocional y de protesta.

El constitucionalismo está unido; los secesionistas, tensionados y con riesgo de grave fractura entre ellos, que solo el redentorismo y la llamada patriótica puede suturar, al menos de momento.

No hay encuestas confiables. No sabemos el impacto sociológico de la huida del ex president y algunos de sus consejeros. Tampoco del ingreso en prisión provisional de Junqueras y sus compañeros. No tenemos datos ciertos del alcance real del quebranto en las relaciones y la confianza que esos hechos han producido entre los jefes de la secesión. Pero hay acontecimientos difíciles de manejar en las filas de los independentistas. Se confirma que la convocaría al amparo del 155 ha cambiado el paso del procés. Y los sucesos posteriores también.

La oferta desde Bruselas de Carles Puigdemont de ser candidato por videoconferencia desde Bruselas, en donde presumiblemente permanecerá hasta que la Justicia belga determine sobre su traslado a España, hace todavía más complicado armar el puzle electoral de los independentistas.

Carles Puigdemont siempre había manifestado que no volvería a ser candidato. Como tantas veces, ahora dice cosa distinta. En coherencia con su llamada a la resistencia, pide una lista única, que en buena lógica pretenderá encabezar él mismo. Difícil que acepte este planteamiento ERC. Oriol Junqueras se ha cansado de estar detrás de Puigdemont en las fotos.

Si el PdeCat participara con sus siglas, con Carles Puigdemont como líder en modo plasma, confirmará los vaticinios sobre el desastre electoral que les aguarda, que pueden ser terribles. Santi Vila, demonizado por la dirección de su partido, presumiblemente armará su propia lista electoral.

Ahora mismo Carles Puigdemont es como una ladilla en la entrepierna separatista. Son bichos que se agarran, escondidos, atornillados a la piel entre el vello y producen picores insoportables. Para arrancarlos casi hay que echar salfumán.

Aunque no lo digan, muchos miembros del club de Junts Pel Si acusan a Puigdemont de haber motivado el encarcelamiento preventivo de la mitad de su gobierno y darían cualquier cosa por librarse de la sombra, cada vez más grotesca del ex president.

Oriol y los consellers están en prisión y la vida sigue en Cataluña, pendientes de esa huelga general de país que está anunciada, aunque todavía no convocada. La pregunta es, ¿cuánto tiempo más puede durar un escenario de agitación, todavía relativa, castigando un cuerpo social con perspectivas económicas catastróficas? El choque contra la realidad de la república, necesariamente tiene que promover cansancio y deserción.

La gran batalla internacional la han perdido los secesionistas sin conseguir ni un solo apoyo ni siquiera comprensión de ningún país. La prensa internacional le ha perdido el respeto al procés, que califican en muchos casos de circo y charlotada. Por muchas piruetas que diseñe Carles Puigdemont, aunque se termine disfrazando de Superman, como hizo José María Ruiz Mateos, los medios se cansarán de él porque ya lo empiezan a dibujar como un pobre diablo que camina en las tardes frías de Bruselas buscando que algún turista se haga una selfie con él.

La vorágine catalana hace que los pronósticos se queden viejos a la medida que se formulan. Sin datos de la sostenibilidad de una movilización de la Cataluña que ha sido silenciosa y no puede más, sin calibrar el cansancio de una sociedad catalana a la que le habían prometido el paraíso y le siguen ofreciendo el infierno, cualquier predicción es aventurada porque nos manejamos por mantras sin confirmación sociológica.

Esto, el despropósito catalán, lleva mucho tiempo en marcha y sin embargo siempre está empezando. Hay que armarse de paciencia y relativizar el impacto de cada nuevo show. Porque todavía queda un mes y medio para que los catalanes vayan a las urnas y averigüemos si, sencillamente, volvemos a la casilla de salida o, por el contrario, el mapa político catalán se centra en una política democrática, realista y constitucional.

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