Carles Puigdemont en la presentación de su consejo para la república en Bruselas, el 8 de diciembre de 2018. EFE/SL

Puigdemont fracasa con las captaciones del consejo para la república

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Dos meses después de su presentación en sociedad, el consejo para la república suma 50.000 inscritos, a años luz aún del millón al que aspira Puigdemont

Iván Vila

Economía Digital

Carles Puigdemont en la presentación de su consejo para la república en Bruselas, el 8 de diciembre de 2018. EFE/SL

Barcelona, 26 de diciembre de 2018 (04:55 CET)

El expresidente catalán Carles Puigdemont sigue con problemas para afianzar su estrategia en medio del tótum revolútum en el que está instalado el independentismo. El último indicador es la cifra de inscritos en el Consejo para la República, el organismo parainstitucional presentado en sociedad a finales de octubre y liderado por Puigdemont: el contador alcanzó el pasado fin de semana los 50.000.

No se trata, ni mucho menos, de una cifra despreciable, pero sí a años luz de las expectativas fijadas por el propio expresident, que llegó a anunciar que el consejo se activaría cuando tuviera un millón de inscritos. Para apuntarse, basta con abonar un mínimo de 10 euros. No hay ningún otro requisito: tampoco ser catalán. Uno puede sumarse a la causa desde cualquier rincón del mundo. Y, pese a ello, la cifra de registrados no despega.

El ritmo de inscripciones se ralentiza

La evolución del ritmo de inscripciones es significativa: el consejo fue presentado en sociedad el 30 de octubre con un acto solemne en la Generalitat y en menos de 24 horas consiguió sus primeros 10.000 inscritos. Quién sabe si  envalentonado por ese arreón inicial, Puigdemont lanzó su órdago al cabo de una semana. Fue entonces cuando, ya con 26.000 registrados y en una entrevista concedida al director del diario vasco Berria, Martxelo Otamendi, anunció por primera vez su intención de esperar al millón de inscritos (que equivaldrían a una recaudación mínima de 10 millones de euros) para activar el consejo.

Un mes después de ese anuncio, el 8 de diciembre, hubo una nueva presentación del consejo, esta vez en Bruselas y con Puigdemont dando nuevos detalles del funcionamiento del organismo. Para entonces, con el ritmo de inscritos ya ralentizado, se había llegado a los 40.000. El expresident matizó entonces el plan: el consejo se activará o bien cuando alcance el millón de voluntarios o bien en un plazo de entre seis meses y un año, aunque para entonces no se haya alcanzado la cifra mágica.

Tres semanas después de aquella segunda presentación, son 10.000 más los que se han sumado a la causa. Lo que significa dos cosas: que Puigdemont ya ha recaudado un mínimo de medio millón de euros y que está a años luz de alcanzar el objetivo que se fijó públicamente.

Problemas de activación

Los problemas para activar el consejo se solapan con los que el expresident está teniendo también para arrancar su Crida Nacional per la República, que pretendía ser un movimiento que agrupara al grueso del independentismo bajo su liderazgo y que ahora, con visos de acabar siendo un nuevo partido, tiene problemas incluso para pactar su encaje con el Pdecat, la formación a la que pertenece Puigdemont.

La unidad independentista se ha convertido en un horizonte cada vez más lejano, como prueban, por ejemplo, la pérdida de la mayoría en el Parlament por las discrepancias entre JpC y ERC por los diputados suspendidos, o la progresiva fragmentación de cara a las elecciones municipales de mayo del bloque soberanista, que sigue agrietándose mientras unos y otros entonan sin desmayo la letanía de la necesidad de unir fuerzas.

Y, así las cosas, tampoco ayuda ni a reconducir la situación ni a activar el consejo de la república la indefinición de funciones del aparato parainstitucional diseñado por el gobierno de Quim Torra y por Puigdemont, evidenciada en la duplicidad de funciones entre el organismo puigdemontista y el consejo asesor liderado por el cantautor y exdiputado Lluís Llach para impulsar un “debate constituyente” entre la ciudadanía. Una muestra más de la desorientación estratégica que, visto lo visto, campa por sus respetos igual en el Palau de la Generalitat que en Waterloo.

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