Carles Puigdemont colecciona querellas de la fiscalía. Este lunes el fiscal general del Estado se ha querellado en contra de él por rebelión, sedición y malversación. /EFE/QG

Puigdemont liquida el autogobierno catalán

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Puigdemont liquida el autogobierno catalán tras negarse a rectificar dando pie al 155, y buscando una “conjura” para resistir frente al Gobierno

Manel Manchón

Economía Digital

Carles Puigdemont colecciona querellas de la fiscalía. Este lunes el fiscal general del Estado se ha querellado en contra de él por rebelión, sedición y malversación. /EFE/QG

Barcelona, 22 de octubre de 2017 (04:55 CET)

Carles Puigdemont ha liquidado el autogobierno catalán. No le interesa. Ha apostado por una vía que, fuera de la Constitución, promete la consecución de una “república catalana”, pero que no cuenta con el apoyo de las instituciones europeas. Tras diferentes avisos, advertencias y oportunidades para rectificar, Puigdemont ha esperado a que Mariano Rajoy no tuviera otra opción que aplicar el artículo 155 de la Constitución, y que pretende que la Generalitat pueda volver a la legalidad.

Las presiones que ha recibido se mantienen. La última ha sido la de Miquel Iceta, el primer secretario del PSC, que, en una reunión en la tarde del viernes, le pidió a Puigdemont que convocara elecciones. También lo ha hecho Artur Mas, y la dirección del Pdecat.

El bloque independentista se pone el mono de resistente, como si fuera la noche franquista

Pero Puigdemont ha querido seguir el camino, con una idea que ha abrazado el soberanismo desde el primer momento, aunque con la boca pequeña: resistir, volver a las catacumbas, como si se viviera en la noche franquista, como los catalanistas católicos que resistieron en los primeros años de la postguerra, como ha explicado de forma maravillosa Jordi Amat en su biografía sobre Josep Benet, Com una pàtria.

Esa es la filosofía que acaricia una buena parte de Esquerra Republicana, un partido que sigue viviendo, a pesar de los esfuerzos modernizadores de muchos de sus dirigentes, del pasado y del recuerdo de los abuelos resistentes. Y también de la CUP, y de una parte del Pdecat. Otra cosa será, y se comprobará en los próximos meses, si las amplias clases medias que han dado apoyo al movimiento soberanista en los últimos años, están dispuestas a esa resistencia, cuando la economía catalana vaya perdiendo fuelle.

El soberanismo tiene su mundo, en el que es Rajoy el que ha liquidado el estado de derecho

El hecho es que Puigdemont reaccionó acusando a Rajoy de “liquidar el estado de derecho”, de aplicar la supresión de la Generalitat, un “ataque” sólo comparable para el presidente catalán, a los decretos de Franco tras la Guerra Civil, cuando abolió la institución de autogobierno. Es decir, para Puigdemont no ha sido él ni su Gobierno, ni el Parlament, secuestrado por el independentismo, el que ha roto el orden constitucional, sino Rajoy, que ha llegado a la conclusión que debía aplicar un artículo de la Constitución, necesario cuando las autoridades autonómicas vulneran la legalidad. Es el mundo al revés en el que está instalado el independentismo, y la clase política nacionalista desde hace años.

La salida de Puigdemont es convocar un pleno en el Parlament, en el que se “reaccionará” frente al 155. La idea es convocarlo el próximo viernes, el mismo día en el que el Senado avalará las medidas del Gobierno. Es decir, Puigdemont no quiere aprovechar ese lapso para convocar elecciones, lo que dejaría en suspensión el 155, aunque esa circunstancia no está clara, porque dependería de la interpretación del Ejecutivo español, y de la posibilidad, también, de que el soberanismo decidiera, previamente, proclamar la independencia.

Rajoy se juega, con la aplicación del 155, el propio estado autonómico

El objetivo ahora es más perverso. El independentismo retará a Rajoy a demostrar que controla el territorio catalán. Si el Gobierno fracasa, si no consigue que buena parte de la sociedad catalana –la soberanista, que es también la más activa—acepte una situación anómala, pero de recuperación de la legalidad, la situación podría desbordarle.

Puigdemont liquida con su actitud el autogobierno catalán, justo, vaya paradoja, cuando este lunes se cumplirán 40 años del retorno de Tarradellas, el presidente que recuperó la institución, y que logró el reconocimiento de la Generalitat cuando todavía no se había aprobado la Constitución.

Pero Puigdemont también arrastra a España, porque en juego está el propio estado autonómico. Y eso depende en gran medida de cómo gestione Rajoy la aplicación del 155, y si es capaz de normalizar la situación de aquí a los próximos seis meses, cuando pretende celebrar elecciones en Cataluña.

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