Barcos, caballitos de mar y una historia de amor sin final feliz: así es el palacio que soñó con el mar en mitad de Zaragoza

Residencia construida por amor, hospital de guerra, colegio y espacio para bodas, el Palacio de Larrinaga reabre sus puertas como espacio de exposiciones

Palacio de Larrinaga. Foto: Fundacion Ibercaja.

En Zaragoza, donde las huellas del Imperio romano conviven con el mudéjar y el barroco, hay un edificio que no se ajusta a ningún estilo, lógica ni momento histórico: el Palacio de Larrinaga. Una residencia que parece llegada de otro tiempo y de otro lugar y que responde solamente a una historia íntima, una casa que nunca sirvió para el fin con el que fue construida y que, tras sucesivas circunstancias y usos, renace en todo su esplendor estrenando una nueva vida, ahora como espacio cultural.

De hecho, con la apertura de la muestra Pintores románticos ingleses en la España del siglo XIX con alrededor de 50 óleos de artistas como como John Phillip, John Bagnold o John Dobbin, Fundación Ibercaja, propietario actual del palacio, propone un recorrido por el edificio y sus detalles arquitectónicos y simbólicos más significativos.

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El palacio nunca cumplió la finalidad para la que fue edificado. Foto: Fundación Ibercaja.

Un palacio construido por amor

Pero volvamos al palacio. Levantado entre 1901 y 1908, fue una iniciativa del empresario Miguel Larrinaga, un naviero de origen vasco asentado en Liverpool que, a finales de siglo XIX, había amasado una importante fortuna en el comercio marítimo.

Su vinculación con el mar, tanto por su origen como por sus negocios, se trasladó a la que ideó como su residencia para retirarse, que hizo construir en Zaragoza, alejada de cualquier costa, pero ciudad natal de su esposa, Asunción Clavero, a quien conoció precisamente en la Basílica del Pilar.

Para ello encargó el proyecto al arquitecto Félix Navarro Pérez, responsable también del Mercado Central de Zaragoza, que dio forma a una villa palaciega concebida hasta el último detalle y orientada al confort, pero que también representase la posición familiar.

Partiendo del neorrenacimiento, el palacio es una oda al eclecticismo. Foto: Fundación Ibercaja.

Como una oda al eclecticismo, Villa Asunción, conocida después como Palacio de Larrinaga y catalogado como Bien del Patrimonio Cultural Aragonés, tiene como base el neorrenacimiento aragonés: planta cuadrada, organización en torno a un patio central y una composición equilibrada de volúmenes.

Sin embargo, esa estructura clásica se rompe con elementos que desbordan lo convencional. Las cuatro torres en las esquinas profusamente decoradas con motivos florales aportan verticalidad y un aire casi escenográfico, mientras que el cimborrio central introduce luz natural y jerarquiza el espacio interior.

Conocido primero como Villa Asunción, el palacio se diseñó como vivienda aunque nunca se habitó como tal

La combinación de ladrillo, piedra y cerámica conecta el edificio con la tradición constructiva local, pero el tratamiento ornamental lo aleja de cualquier lectura puramente historicista. Realizado por los mejores artistas y artesanos de la época con materiales de primera calidad como la piedra de Quinto de Ebro y Calatorao, acero laminado, roble y caoba, cuenta también con vidrieras encargadas a La Veneciana.

El rasgo más distintivo del edificio es, pese a todo, su iconografía marítima. Anclas, sogas, conchas, caballitos de mar o proas de barcos recorren fachadas e interiores como un relato simbólico continuo, al que se unen el emblema de la empresa familiar: un medallón con tres manos entrelazadas. No es un simple recurso decorativo, sino la traducción arquitectónica de la identidad de su propietario, un hombre cuya vida estuvo siempre ligada al mar.

Los motivos navales predominan en la ornamentación. Foto: Fundación Ibercaja.

En cuanto al interior, que no conserva los muebles originales, destaca una espectacular escalera para subir a la segunda planta, así como columnas de inspiración clásica, con capiteles de estilos dórico y corintio.

Como un barco anclado en tierra, el palacio, que en el momento de su construcción estaba en las afueras de Zaragoza, lo que reforzaba su carácter de villa de retiro, nunca llegó a emplearse para su fin original.

La muerte de Asunción Clavero en 1939, cuando la pareja planificaba ya su retiro, alteró el guion. Miguel Larrinaga, que lo había diseñado como un hogar, no supo imaginarse sin su esposa y el lugar quedó vacío de su función original, el palacio nunca fue vivido tal y como se imaginó.

Interiores del Palacio de Larrinaga. Foto: Fundacion Ibercaja.

De residencia privada a colegio y sala de exposiciones

Las vicisitudes del siglo XX no permitieron que el palacio se congelase en el tiempo. De hecho, el Palacio de Larrinaga ha atravesado distintas etapas que reflejan los cambios sociales y económicos del último siglo en Zaragoza.

Así, mientras durante la Guerra Civil fue usado como hospital militar y luego como centro logístico y de operaciones, en 1942 fue vendido a la empresa Giesa, que lo empleó como oficinas.

Más adelante, el Palacio de Larrinaga fue adquirido por los Hermanos Maristas, que adoptar el edificio como centro educativo y residencia, lo que transformó parcialmente su distribución interior aunque sin borrar del todo su carácter residencial.

La última restauración permitió recuperar elementos originales del edificio. Foto: Fundación Ibercaja.

Finalmente, el edificio fue adquirido por Ibercaja, que en 1993 impulsó una restauración integral. Esta intervención no solo recuperó elementos originales —yeserías, carpinterías, decoración simbólica—, sino que redefinió el palacio como espacio cultural y documental. Desde entonces, ha funcionado como sede de actividades institucionales, exposiciones y eventos, incluidas bodas.

La misma fundación de la entidad bancaria ha reabierto ahora el palacio con una exposición que inaugura una nueva etapa en su impresionante historia.

Un espacio para el arte

En el antiguo barrio de Montemolín, inicialmente alejado del centro, el crecimiento de Zaragoza ha acercado el Palacio de Larrinaga al entramado urbano (hoy se puede llegar en tan solo 15 minutos en bus urbano desde la Plaza de España o bien paseando 30 minutos).

Una exposición de pintores románticos ingleses abre la nueva etapa del espacio. Foto: Fundación Ibercaja.

Ya consolidado como joya patrimonial, este original edificio que no es ni palacio aristocrático ni sede institucional al uso ni simple residencia burguesa, el Palacio de Larrinaga vuelve a contar su historia a los visitantes, dejando huella en quienes se acerquen a conocer los tesoros que guarda en sus 100.000 m2.

España pintada por los artistas románticos

Tendiendo un puente con la vida en Inglaterra de los originales propietarios, la Fundación Ibercaja, en el año de su 150 aniversario, inaugura la nueva etapa del palacio compartiendo parte de sus fondos artísticos bajo el título Pintores románticos ingleses en la España del siglo XIX que podrá contemplarse a lo largo de los dos próximos años.

Integrada por medio centenar de obras (óleos y acuarelas) distribuidas por los diferentes espacios de la villa, las piezas están firmadas por algunos de los pintores ingleses más destacados del siglo XIX como John Phillip, John Bagnold o John Dobbin,

Medio centenar de pinturas integran la exposición. Foto: Fundación Ibercaja.

La muestra tiene como protagonista a la España de hace dos siglos tamizada por la mirada de los artistas británicos, quienes quedaron fascinados por la vida cotidiana, los monumentos y las ciudades de un país que aun destilaba exotismo para ellos.

Vistas de lugares como el Patio del Arzobispo en Alcalá de Henares o el alcázar de Segovia se alternan con escenas populares (Charla en la fuente, Flirteo, De vuelta de la iglesia, Rezando el rosario), tradiciones (Boda española, Después de la corrida. Plegaria por un herido) y paisajes, como un bellísimo amanecer en la Alhambra de Granada.

Las pinturas se distribuyen por todo el palacio. Foto: Fundación Ibercaja.

Las mujeres andaluzas protagonizan muchas de las obras como Aguadora de Sevilla, Belleza española. Granada, Las cigarreras (Sevilla), La dama del antifaz, La pitonisa, Vendedora de fruta o Joven con abanico. Los retratos representan también a diferentes personajes del ideario español de la época como El Curandero, Sevilla, Los mendigos españoles o Frascuelo descansando.

Las visitas, tanto a la colección como al palacio, se articulan en un programa de visitas guiadas para adultos de forma individual, grupos y asociaciones, así como actividades para escolares, siempre con reserva a través de la web de Fundación Ibercaja.

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