Ruta de las Camelias: entre pazos y jardines versallescos por Galicia

Entre brumas e historias guardadas en piedra, esta ruta descubre las flores y jardines más bellos y enigmáticos de Galicia

Camelias en el Pazo de Lourizán. Foto: Turismo de Galicia.

Aunque hoy resulta difícil imaginar los jardines gallegos sin las más representativas de sus flores, las camelias, lo cierto es que distan mucho de ser autóctonas. No fue hasta finales del siglo XVIII cuando llegaron, procedentes de China y Japón, a través de las grandes rutas de navegación que conectaban Galicia y Portugal con el lejano Oriente.

Las camelias encontraron en Galicia condiciones perfectas de humedad, temperatura y suelo y comenzaron a inundar de color y exotismo sus jardines (solo en la comunidad autónoma crecen más de 8.000 especies de camelios).

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Ruta de la Camelia. Foto: Turismo de Galicia.

La misma delicada flor que Coco Chanel convirtió en su emblema, que enamoró a Marcel Proust -miles de dandies la llevarían después en su solapa- y que plasmó en la literatura Alexandre Dumas hizo de los pazos gallegos su reino, como se puede entrever en obras del pintor Manuel Colmeiro y escritos de Emilia Pardo Bazán.

Precisamente los pazos son los lugares que marcan esta ruta que transita entre jardines, estanques, fuentes y cascadas desde Padrón hasta el Castillo de Soutomaior y que tiene como hilo conductor la gran dama de las flores.

Día 1: Padrón, entre literatura, jardines y tradición

El viaje comienza en Padrón, una villa marcada por la historia jacobea y el eco de grandes nombres de la literatura gallega -aquí nació el Nobel de literatura Camilo José Cela y vivió Rosalía de Castro-.

Jardín Botánico de Padrón. Foto: Turismo de Galicia.

El Jardín Botánico-Artístico de Padrón es nuestra primera parada, un espacio de aires románticos donde conviven más de 300 especies vegetales. Declarado Bien de Interés Cultural, pasear bajo su pasillo de plátanos o detenerse junto a su imponente secuoya roja es una forma perfecta de entrar en contacto con ese universo vegetal que caracteriza a los pazos gallegos.

La estatua del trovador medieval Macías o Namorado, el árbol del amor, cuyas ramas espinosas se enredan formando la corona de Cristo, o la palmera de Senegal son otros de sus atractivos, así como el colorido de las camelias (en invierno) y el perfume las gardenias (en verano).

A pocos minutos, cruzando el río Sar, espera el Pazo de Lestrove. Antiguo retiro de arzobispos y hoy convertido en hotel-monumento, este edificio originario del siglo XVI combina elegantes jardines con detalles arquitectónicos llenos de simbolismo, como su fuente de tres alturas coronada por un Santiago peregrino.

Las camelias florecen entre diciembre y abril. Foto: Turismo de Galicia.

La jornada se redondea, como no podía ser de otra manera en Galicia, alrededor de la mesa. En el casco histórico, los bares y tascas ofrecen el producto estrella de la zona: el pimiento de Padrón, siempre acompañado de su célebre advertencia: unos pican y otros no.

Día 2: Santiago de Compostela, jardines con historia

A apenas media hora, Santiago de Compostela ofrece un contrapunto urbano sin perder el hilo verde del viaje.

El recorrido comienza en la Alameda de Santiago, un parque histórico que durante siglos fue lugar de encuentro de la sociedad compostelana. Hoy sigue siendo un espacio vivo, donde locales y viajeros pasean entre camelios, robles centenarios y miradores privilegiados.

Alameda de Santiago. Foto: Turismo de Galicia.

Aquí se encuentra una de las imágenes más icónicas de la ciudad: la escultura de As Marías, siempre rodeada de visitantes. Desde este punto, los caminos serpentean entre zonas diferenciadas que combinan jardinería de inspiración francesa con rincones especiales como el banco bajo un enorme Eucaliptus globulus, ya centenario, desde contemplar la fachada del Obradoiro.

Cipreses de Lawson, abetos del Cáucaso, tilos, cedros, palmeras canarias y castaños de Indias conviven con árboles con nombre propio como la ‘Perona’, un espécimen de Abies nordmanniana plantado en 1947 para conmemorar la visita de Eva Perón.

El paseo continúa hasta el Pazo de San Lorenzo, escondido tras una frondosa robleda. Su jardín claustral alberga un singular seto de boj de siglos de antigüedad, trabajado con precisión casi escultórica.

Boj en el Pazo de San Lourenzo. Foto: Turismo de Galicia.

De vuelta al casco histórico, hay que regalarse una pausa gastronómica. Calles como la Rúa do Franco concentran algunos de los mejores lugares para probar clásicos como el pulpo á feira, el raxo o los mariscos gallegos.

Continuamos la ruta saliendo de Santiago en dirección Ourense en el Pazo de Santa Cruz de Ribadulla (señalizado también como Pazo de Ortigueira), donde las camelias forman pasillos tan bucólicos como la ‘Carrera de las Novias’ o misteriosos como la Carreira das Oliveiras.

La última parada de la jornada conduce al imprescindible Pazo de Oca, apodado el ‘Versalles gallego’, con jardines geométricos, un gran estanque atravesado por un puente de arcos de piedra, un laberinto de boj del que dicen está inspirado en un dibujo del pavimento de la catedral de Canterbury y, por supuesto, muchos ejemplares de camelios.

Pazo de Oca. Foto: Turismo de Galicia.
Los Jardines del Pazo de Oca
Los jardines del Pazo de Oca.

Día 3: Rías Baixas, entre viñedos y jardines atlánticos

Siguiendo la pista de los jardines palaciegos, ponemos rumbo a la comarca de O Salnés, en las Rías Baixas. En Vilagarcía de Arousa se encuentra el Pazo de Rubiáns, una finca donde la camelia reina entre más de cien especies desde que el duque de Caminha las introdujese a principios del siglo XIX. Hoy se recogen sus semillas para destilar el aceite esencial con el que las monjas del monasterio de Armenteira elaboran jabones artesanos, que también encontraréis en el pazo

Pazo de Rubians. Foto: Turismo de Galicia.

Sus jardines conviven, además, con viñedos de albariño y un bosque de alcornoques en un total de 65 hectáreas de extensión.

Muy cerca, en Cambados, el Pazo de Fefiñáns se alza en una de las plazas más monumentales de Galicia. Aquí, la visita combina arquitectura, jardines y tradición vinícola, ya que alberga una de las bodegas más antiguas de la zona, en activo desde 1904.

Pazo de Fefiñans. Foto: Turismo de Rias Baixas

Después de comer, preferiblemente con marisco fresco y un albariño que para algo estamos en la ‘capital’ de este vino, la ruta continúa hacia espacios más íntimos como el Pazo de A Saleta, donde la jardinería de estilo inglés introduce especies exóticas en perfecta armonía con el paisaje gallego y donde las camelias -blancas, rosas, rojas y violáceas- conviven con rododendros y azaleas, entre otras especies perfectamente etiquetadas e identificadas.

La jornada culmina en Pontevedra, con la visita al Pazo de Lourizán. Su aire modernista y su impresionante jardín botánico, con especies centenarias y camelias históricas, lo convierten en uno de los enclaves más sorprendentes del recorrido.

Pazo de Lourizán. Foto: Turismo de Galicia.

Día 4: Soutomaior, el jardín perfecto

El broche final llega en el Castillo de Soutomaior, donde historia y botánica alcanzan su máxima expresión.

Este castillo medieval, rodeado por un parque de 35 hectáreas, alberga uno de los jardines de camelias más importantes de Europa. No en vano, ha sido reconocido con el título de Jardín de Excelencia Internacional otorgado por la Sociedad Internacional de la Camelia en 2012.

Castillo de Soutomaior. Foto: Turismo de Galicia.

Entre sus senderos que cobijan 400 plantas de camelia de hasta 25 especies diferentes se esconden ejemplares únicos, como una camelia de 18 troncos que se abre en una copa de 17 metros, lo que la convierte en la más ancha de Galicia. Todo ello enmarcado por un paisaje que combina especies autóctonas y exóticas, desde robles hasta magnolios en una colina en la que se alza el castillo medieval. Su construcción primitiva data del siglo XII y en él hizo su feudo Pedro Madruga, figura clave de la Galicia del siglo XV, tanto en la lucha contra las revueltas campesinas como contra los Reyes Católicos.

Recorrer los jardines del Castillo de Soutomaior es, en cierto modo, resumir todo el viaje: la elegancia de los pazos, el placer de admirar la belleza sin prisa, la riqueza botánica y esa atmósfera mágica que convierte Galicia en un destino al que volver una y otra vez.

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