Con la guerra de Irán, ¿quién gana y quién pierde?
Estrangular el estrecho de Ormuz tiene derivadas mundiales enormes
Imagen: Amnistía Internacional
Siempre se ha dicho que en una guerra todos pierden y comparto esa afirmación desde el punto de vista humano y social. Pero, a nivel económico, las cosas son diferentes, ya que muchos conflictos modernos están atravesados por intereses con trasfondo económico sean bélicos (Irán/Irak/Ucrania), políticos (Sahara-Marruecos-Argelia-España) o comerciales (aranceles). Que un país gane o pierda con una guerra no quiere decir que participe en ella ni que tenga vinculación alguna: a veces ganan o pierden terceros de forma colateral. Analizar qué gana o pierde cada uno puede ayudarnos a entender las posturas que toma respecto al conflicto o las que puede adoptar en un futuro inmediato.
Este análisis me recuerda a cuando, en septiembre de 2022, me preguntaban por el sabotaje de los gasoductos Nord Stream en el mar Báltico. No quedó establecida públicamente una autoría concluyente, pero sí era posible analizar quién ganaba o perdía con aquel sabotaje. Y eso, sin probar
responsabilidades, ayuda a entender los intereses en juego.
Ahora tenemos un conflicto mundial con una derivada energética extraordinaria. Los conflictos de las últimas décadas han tenido consecuencias energéticas pero deben analizarse especialmente desde esta perspectiva. Las cuestiones militares, nucleares, políticas o relativas al régimen iraní siguen siendo esenciales para comprender la guerra; pero, si observamos dónde se concentran muchas de sus consecuencias y ataques, la energía y sus infraestructuras ocupa un lugar absolutamente principal.
Estrangular el estrecho de Ormuz tiene derivadas mundiales enormes. Además, los ataques y amenazas sobre infraestructuras energéticas y sobre el tráfico marítimo han convertido petróleo, gas y rutas de suministro en parte central del conflicto.
Dicho esto, veamos a quién perjudica y a quién beneficia esta derivada energética, aunque sólo sea para hacernos una imagen de las posturas que puede tomar cada país en función de sus intereses económicos, más allá de su afinidad política con uno u otro actor.
La guerra de Irán tiene ganadores que no están directamente vinculados a la guerra
Una crisis energética no afecta igual a quien produce, a quien importa o a quien tiene su energía atrapada detrás de una ruta marítima crítica. Y la guerra de Irán está dejando ejemplos muy claros.
Es importante dejar claro que, en mercados internacionales como los del gas o el petróleo, nos equivocamos si pensamos que el precio lo determina únicamente nuestro proveedor. El precio se forma en mercados regionales y globales interconectados. Si un conflicto limita la oferta y la escasez eleva las cotizaciones, el efecto se transmite rápidamente. Un cargamento flexible de GNL puede cambiar de destino si otro mercado ofrece una prima suficiente; esa posibilidad forma parte del funcionamiento comercial del sector.
Por tanto, el problema puede ser de suministro, de precio, o de disponer de materia prima y no poder exportarla, como les ocurre a productores atrapados por el estrecho de Ormuz. Del mismo modo, los exportadores de GNL cuyas rutas no atraviesan zonas conflictivas pueden verse claramente beneficiados por precios superiores y, geopolíticamente, por la capacidad de decidir dónde colocar un producto capaz de condicionar una economía completa.
Un último apunte antes del análisis: el gas se utiliza directamente en industrias térmicas como la cerámica, el cemento o la metalurgia —por citar sectores importantes en España—, pero también para generar electricidad mediante ciclos combinados. Por eso la crisis afecta tanto al coste industrial directo como, en determinadas horas, al precio de la electricidad.
Antes del conflicto, por Ormuz circulaban unos 20,9 millones de barriles diarios de petróleo y derivados; además, más del 20% del comercio mundial de GNL atravesaba el estrecho. El 89% del crudo y condensados que lo cruzaban se dirigía a Asia, y China, India, Japón y Corea del Sur concentraban el 74%.
QATAR: tener gas no significa poder venderlo
Qatar era uno de los gigantes mundiales del GNL, pero depende de Ormuz para sacar gran parte de su producción al mercado. Durante los seis primeros meses de guerra, sus exportaciones de GNL llegaron a caer alrededor de un 96% respecto al mismo periodo anterior, con unos 24.000 millones de dólares de ingresos perdidos estimados por Reuters. Tener el recurso no basta si la ruta para comercializarlo deja de ser segura. Es sin duda uno de los grandes perjudicados de este conflicto.
AUSTRALIA: el espejo contrario
Australia también exporta GNL, pero está fuera de Ormuz. El Gobierno australiano prevé que sus ingresos por exportaciones de GNL pasen de 59.000 millones de dólares australianos en 2025-26 a 65.000 millones en 2026-27, impulsados por el aumento de precios derivado de las disrupciones de Oriente Medio.
Esto otorga a Australia una ventaja geopolítica extraordinaria más allá de los beneficios caídos del cielo por la subida del precio. Ahora puede decidir a quién le suministra gas y ese suministro puede ser llave negociadora que les reporte esta ventaja geoestratégica tan potente. Mismo producto. Distinta geografía. Resultado completamente diferente.
EE. UU.: probablemente el gran ganador estratégico relativo
Estados Unidos produce petróleo y gas, es una potencia exportadora de GNL y depende muy poco de Ormuz para su propio abastecimiento. Eso no significa que el petróleo caro sea bueno para su economía: aumenta la inflación y los costes de consumidores y empresas. Pero, frente a China, Japón, Corea o Europa, su posición energética relativa mejora. Y también su capacidad estratégica para suministrar GNL por rutas que no dependen de Ormuz.
Además, la nueva relación petrolera entre Washington y Venezuela añade una importante opción estratégica futura. El acuerdo anunciado a finales de agosto abarca el desarrollo de 17 campos con alrededor de 64-65.000 millones de barriles de reservas, aunque esos recursos no deben confundirse con producción disponible inmediatamente: requieren inversiones, infraestructura y un marco jurídico y comercial estable.
La secuencia Venezuela-Irán merece atención desde el punto de vista geopolítico, pero por sí sola no demuestra una relación causal entre ambos acontecimientos. Lo que sí puede afirmarse es que el mapa de opciones petroleras de Estados Unidos es hoy diferente al de hace doce meses.
Estados Unidos será el gran ganador del conflicto desde el punto de vista geopolítico-estratégico ya que puede negociar el suministro con quien considere oportuno a cambio de cualquier otra negociación. Por llevarlo al extremo me planteo qué pasaría si siendo el proveedor del 35% del GNL de Europa y pudiendo enviar todo ese combustible rápidamente a otros clientes tan necesitados de GNL (a cambio de otros negocios) si se sentaría Europa a negocia asuntos como Groenlandia, la inversión en armamento, el uso de sus base militares… Simplemente, Estados Unidos se sentaría a negociar con la llave de hundir la economía europea o pararla con una decisión que está en su mano.
ASIA: probablemente el gran perdedor
China, India, Japón y Corea combinan tres problemas: dependencia de importaciones, exposición a Oriente Medio y competencia mundial por el GNL disponible.
La consecuencia se observa en los precios y en las decisiones de consumo. La IEA prevé que la demanda de gas asiática caiga alrededor de un 0,5% en 2026 por los mayores precios del GNL, que están provocando sustitución de gas por carbón en generación y menores tasas de utilización en
industrias intensivas en energía.
EUROPA: energía más cara y pérdida de competitividad
Europa también pierde porque importa una parte sustancial de su petróleo y gas. El encarecimiento energético vuelve a presionar la competitividad industrial y aumenta la importancia estratégica de proveedores externos de GNL y gas por tubería. A ello se suma que Europa continúa reduciendo su dependencia energética de Rusia mientras la guerra en Ucrania sigue abierta.
Pero no todos los países europeos están igual de expuestos. España —y ésta es una buena noticia— parte de una posición relativamente favorable dentro del caos mundial gracias a su recurso renovable, su experiencia tecnológica, su ubicación geográfica y una infraestructura gasista especialmente desarrollada.
ESPAÑA: una posición relativamente resistente
- Una alta penetración renovable implica menor exposición al gas en la generación eléctrica. En 2025 las renovables produjeron el 55,5% de la electricidad española —56,6% incluyendo el autoconsumo estimado—. La energía renovable reduce la necesidad física de quemar gas para producir electricidad y aporta mayor estabilidad frente a shocks geopolíticos del combustible.
- El gas sigue marcando precios en determinadas horas, pero su influencia no es constante. En un mercado marginalista, el precio de casación del mercado diario se fija para cada periodo por la oferta marginal aceptada. En 2022, con la crisis derivada de la invasión rusa de Ucrania, los ciclos combinados marcaron precio con mucha mayor frecuencia que en 2024. La expansión renovable reduce estructuralmente las horas de dependencia del gas, aunque 2025-26 han mostrado que esa dependencia puede volver a crecer cuando baja la producción renovable o aumentan las necesidades del sistema.
- La regasificación y el almacenamiento dan seguridad de suministro y flexibilidad. Las plantas españolas representan aproximadamente el 30% de la capacidad de regasificación de la UE y más del 35% de su capacidad de almacenamiento en tanques de GNL. Esto no nos garantiza gas barato: España está expuesta a las referencias europeas e internacionales, incluido el TTF. Pero sí reduce el riesgo físico de no disponer de suministro. Puede parecer poco pero es una gran ventaja a la hora de negociar.
- La diversificación es otra fortaleza. En 2025, el 67% del aprovisionamiento gasista español llegó en forma de GNL y se recibió GNL de 16 orígenes diferentes. Esa diversidad aumenta la capacidad de reacción si un proveedor cambia de destino o una ruta queda bloqueada —hoy Ormuz; mañana podrían tensionarse Suez, Bab el-Mandeb, Malaca o el entorno de Taiwán—.
- Nota sobre la transición renovable. Una mayor penetración renovable exige redes más robustas, nuevos códigos de red, almacenamiento, demanda flexible, mercados de capacidad y otras herramientas de operación. Llegar tarde a algunas de esas reformas —y haber sufrido el apagón de 2025— no invalida la dirección estratégica: reducir la dependencia exterior puede hacer a España más resistente y competitiva y favorecer inversiones intensivas en electricidad.
No obstante:
España sigue siendo importadora neta de gas y petróleo y, por tanto, paga el shock mundial de precios.
Industrias como la cerámica, la química y otros consumidores directos de gas sufren igualmente el encarecimiento internacional, aunque la diversificación y la infraestructura reduzcan el riesgo de abastecimiento.
La capacidad de regasificación ayuda a tener gas; las renovables ayudan a no necesitar usarlo.
Y quizá ésa sea una de las grandes lecciones de esta crisis.
La IEA estima que la oferta anual conjunta de GNL de Qatar y Emiratos Árabes Unidos podría caer unos 54 bcm en 2026 respecto a 2025, mientras nuevos proyectos de Norteamérica, África y Australia añadirían cerca de 50 bcm de suministro al balance mundial.
No estamos viendo simplemente una subida del petróleo y del gas. Estamos viendo una posible redistribución geográfica del poder energético mundial.
Los recursos importan. Pero también importa dónde están, por qué ruta salen y cuánto depende cada
economía de comprarlos fuera.
La geografía vuelve a ser política energética.