Jordi Dagà, de la praxis a la diáspora Mas Sardà y a la Sepi

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Había estudiado Historia y, como es bien conocido, practicaba el arte de la buena mesa y de la crítica gastronómica

Jordi Dagà, en una imagen de archivo.

Barcelona, 28 de diciembre de 2016 (06:00 CET)

Uno nunca olvida 24 días en comisaría tras su detención en un estado de excepción del tardofranquismo. Fue el de la caída de medio PSUC a la que el filósofo Manuel Sacristán quiso responder con una manifestación bolchevique con la secretaria política (entonces se llamaba comité ejecutivo) en pleno, al frente de la marcha. A Sacristán se lo impidió el Guti (Antoni Gutiérrez), el hombre circunspecto que movía el aparato con soltura en los años del hierro.

Uno no olvida pero no habla, porque la vida está hecha de optimismo, como bien sabía Jordi Dagà, que pasó por la tortura y que es capaz de envolver sabiamente el hoy con el ayer en una conversación de estrategia industrial, aparentemente prosaica. A menudo con mantel de por medio, Daga era un sabio de mirada sagaz al que muchos teníamos en la retina y que de repente no está. El último aliento de su memoria lo depositó no hace mucho Antoni Bastista en su libro retrospectiva en el que retrataba al joven Dagà (camarada Dani), responsable del Comité Universitario del partido único en tiempos erráticos, con la juventud enjaezada por las flores del mayo francés.

Muchos años después Dagà era un intermitente punzante en las reuniones anuales del Círculo de Economía en la Costa Brava; mirada escudriñante y sonrisa semirecatada para camuflar el peso de responsabilidades que siempre aceptó de buen grado. Fue el impulsor de Iniciatives, aquella sociedad de capital riesgo, más fruto de la inventiva que de la paciencia, creada por el municipalismo barcelonés y participada por la Generalitat.

Aventura iniciática

Su traslación al mundo ejecutivo había empezado antes en la banca Mas Sardà de los Salvador Alemany, Pedro Fontana y compañía, una aventura iniciática, rota en diáspora de gente bien formada, que acabaron desparramándose por el tejido industrial y financiero. Dagà pasó por la subdirección de aquella entidad inolvidable para tantos y probó después la medicina del mercado abierto, que habría de hacerle conocedor del mundo empresarial y convertirle en consultor de primera línea.

Uno de sus momentos de mayor visibilidad se produjo en el entrismo en el PP de Aznar por parte de sus amigos, Josep Piqué y Ana Birulés, a partir de 1996. Con Piqué en el Ministerio de Industria, Dagà desempeño la vicepresidencia de la Sepi (la Sociedad Estatal de Participaciones) con el abogado barcelonés, Pedro Farreras en calidad de presidente. Atravesó el dintel de las grandes privatizaciones, como la Indra de Javier Monzó o a Iberia, transitando ya de la Marca Renombrada a cotizada con enorme pérdidas.

Vivió las OPV de sociedades de servicios y de energía que, una vez remaquetadas, podían volver al mercado. A la hora de retornar a la viabilidad a aquellas empresas del antiguo INI, Dagà destacó en su negociación con los sindicatos (¿no habría perdido de vista su consciencia de clase?). Lo vio todo y lo entendió sin exageraciones ni altisonancias; solo se acercó al discurso contra la denostada "oligarquía extractiva" cuando lo practicaron sus amigos más analíticos (César Molinas, por ejemplo), algunos años más tarde.

Crecimos con él

Había estudiado Historia y, como es bien conocido, practicaba el arte de la buena mesa y de la crítica gastronómica. En los últimos años destacó como consultor a mar abierto, sin raseros ni ayudas, afrontando los peores años de la crisis. Era presidente de Prointec, consultor de Indra y de Ercros y llevaba el estigma de salvador compañías sumidas en crisis feroces como las Miniwat, Levis's, Eaton o Haulotte.

Empezó uniéndose a la noble causa de lacerar el peso inane de una Dictadura ineficiente y bárbara. Después conoció el mercado y la imaginación aplicada. Transaccionó el humanismo con la vida, luciendo en cada momento el valor de la amistad y el buen consejo. Casi nunca perdió el humor, ni aun en su disparatado golpe ampurdanés propio de los que alzan la voz para disuadir y la bajan para mandar. Crecimos con él y ahora sentimos su ausencia: Jordi Dagà falleció el día de Sant Esteve.

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