Ruiz Mateos y la expropiación de Rumasa: el primer manoseo al Tribunal Constitucional

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LA POLÉMICA SOBRE UN IMPERIO

Josep María Cortés

Imagen de archivo del empresario Ruiz Mateos, acompañado por una de sus hijas, tras abandonar los juzgados de Mallorca / EFE
Imagen de archivo del empresario Ruiz Mateos, acompañado por una de sus hijas, tras abandonar los juzgados de Mallorca / EFE

Barcelona, 07 de septiembre de 2015 (21:33 CET)

Fue en diciembre del 82. Miguel Boyer clavó tres medidas sobre el recién inaugurado interface socialista: plan de estabilización con devaluación de la peseta; caso Banca Catalana y expropiación de Rumasa.

Fueron los tiempos del justiprecio, un concepto de tradición teocrática, basado en la Escuela de Salamanca. A Ruiz Mateos se le vino el mundo abajo. Jordi Pujol rozó el juicio oral después de la pulsión delatora de Eusebi Díaz-Morera (entonces presidente ejecutivo de Banca Catalana), que puso ante las narices de González y Boyer una auditoría externa de nuevo cuño: un agujero patrimonial insalvable, debido al cruce de contabilidades entre los activos fallidos y los activos ficticios.

España recuperó competitividad en apenas una tarde. Fue uno de estos momentos de levitación colectiva en los que, antes de cerrar los ojos, tu economía se ahoga por debajo de la línea de flotación y al segundo siguiente, cuando los abres, el precio de la renta nacional se ha cuadriplicado gracias al contravalor de las divisas del comercio exterior.

Un milagro de la economía nominal. Éramos más ricos a pesar de ganar el mismo sueldo y los bancos de Ruiz Mateos rebosaban liquidez aunque sus ratios Basilea (capital sobre activos totales medios) perdían todo el fuelle por el denominador. No sirvió de nada.


La sentencia del Constitucional

La suerte estaba echada cuando, al filo de la medianoche de una vigilia navideña, los periodistas atravesaban la cancela de Villa Rota, en Somosaguas, la mansión que el empresario tuvo que abandonar mucho después acosado por las deudas: ¿Está don José María? Tenemos concertada una entrevista. "Primero te avisa el Banco de España y después te visita el Boletín Oficial", expandiría en las cafeterías del barrio de Salamanca el gran civilista Rodrigo Uría, desaparecido en 2007 y pionero del bufete Uría-Menéndez.

Un año después del decreto de expropiación de Rumasa, un recurso contra el mismo presentado por el Grupo Popular fue desestimado por el alto tribunal.

La sentencia fue votada favorablemente por seis de los 12 miembros del tribunal: el presidente, Manuel García Pelayo; el vicepresidente, Jerómino Arozamena, y los magistrados Luis Díez-Picazo, Francisco Tomás Valiente, Ángel Latorre y Manuel Díaz de Velasco.

Votaron en contra otros seis magistrados: Gloria Begué, Ángel Escudero, Rafael Gómez Ferrer, Antonio Truyol, Francisco Pera Verdaguer y Francisco Rubio Llorente. El empate en la votación de la sentencia sobre el recurso fue decidido, en favor de su desestimación, por el voto de calidad del presidente.


El gran hacedor, Felipe González

En Madrid reinaba el estupor; en Barcelona aquello producía urticaria. Lo único cierto es que la sentencia de Rumasa sentó un precedente: nadie podría creer nunca más en la neutralidad. Las cuotas de los partidos se impone y quien gana las elecciones se hace con la mayoría y el voto de calidad en el TC. Aquel Tribunal Constitucional comenzó a sufrir. El último ataque, el del Gobierno del PP, con su ley para parar a Mas

El gran hacedor de aquellos días, Felipe González Márquez, inventó entonces el liquidacionismo (al enemigo, ni agua), un concepto que ha tratado de remedar tras su reciente carta A los catalanes.

Boyer le sopló al oído la necesidad de devaluar, de parte del profesor Luis Ángel Rojo. Y a su izquierda, Alfonso Guerra le sugirió destruir las ciudadelas norte y sur, respectivamente. Así medró la segunda caída de Pujol (después del consejo de guerra franquista y mucho antes de las cuentas andorranas de Florenci) y así empezó a desmoronarse el Holding de la Abeja, la Rumasa de Ruíz Mateos.

Acorralado por la familia

Ruiz Mateos ha fallecido a los 84 años. El empresario ingresó en el hospital del Puerto de Santa María el pasado 12 de agosto tras romperse la cadera al caerse en el baño. Casi un mes después, ha fallecido, en silencio, acorralado por la justicia y enfrentado a su familia. Hace ya mucho que rompió su matrimonio con Teresa Ribero (expresidenta hooligan del Rayo Vallecano) y una hija secreta ha removido su entorno hasta el último día.

La ciudadana americana Adela Montesdeoca reivindica ser la 14 hija de una familia prolija en todo: dinero, fango, ladrillo, alquitrán, mentira, verdad, hijos, amantes; y siempre bajo el mando de la recia Teresa, madre coraje, histriónica, ultracatólica y devota peregrina de Torreciudad.

La abogada de Montesdeoca ha enviado al Juzgado de Pozuelo de Alarcón una petición para que le haga la prueba de ADN al cuerpo yacente del polémico empresario. Quiere su parte y peleará hasta el fin.

Maestro del fraude

Ruiz Mateos fue un maestro del fraude; arruinó a muchos hogares de pocos recursos con su invento de Nueva Rumasa, al que sus hijos Javier y Álvaro deben su actual estancia en prisión. El estallido lejano del Holding significó la muerte de Galerías, la reversión de las bodegas Domecq y la indefensión del Banco Atlántico, hoy en manos del Sabadell.

Aquel Atlántico que quiso señorear Rumasa era una entidad señera de la banca industrial de los años setenta. Gestionado por Ferrer Bonsoms y presidido por Casimiro Molins, tuvo que poner el cartel de no va más cuando la contabilidad falsaria de Ruiz Mateos quedó expuesta a los ojos de un juez. Se había cumplido el primer desarrollismo y el país entraba en la comba de un crecimiento rápido e inflacionario, el sueño dorado de la banca.

Antes de bordear el precipicio de Rumasa, el Atlántico fue uno de los llamados Cinco Magníficos y quiso colocarse en el club de los Siete Grandes. Llegó a tener una cartera más saneada que la de Garriga i Nogués del mercado catalán.

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