Brufau-Fainé, juntos, pero no revueltos, hasta la eternidad

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FUTURO

08 de julio de 2013 (02:00 CET)

Presidente de Repsol y presidente de Caixabank, Antonio Brufau e Isidro Fainé, respectivamente, fueron pareja de hecho hace años. Reinaba Josep Vilarasau en La Caixa de los prodigios, aquella que con los dividendos de sus participadas y los manguitos del bancario en la libreta de las tietas repetía el milagro bíblico, pero en vez de multiplicar panes y peces, hacia crecer la cuenta de resultados a ritmo de dos dígitos anuales.

Fainé había salido de Manresa, humilde pero afrancesado, con vocación de ilustrado. Se propuso introducirse en la banca y a fe, con toda su fe, lo hizo. Aquí y en Latinoamérica, durante los lejanos 70, el actual presidente de La Caixa forjó una meteórica carrera profesional. Hablando despacio, bajito, pero lo sabía todo del negocio. Llegó a La Caixa con 40 años justos como subdirector general. Hasta que llegó a la cúpula se impregnó de la entidad a fondo, recorría la red, conocía los productos al detalle…

Un auditor y un buen olfato comercial

Seis años más joven, Brufau llegó a La Caixa, cosas del destino, también al cumplir los 40 años. Venía de Mollerussa por cuna; de Arthur Andersen por oficio. Allí se convirtió en un auditor arrojado y poco complaciente. Vilarasau lo fichó para organizar el grupo industrial que iba construyendo. Para el negocio bancario ya tenía a Fainé, con más “olfato comercial” como señala en sus memorias.

En 1988, ambos, eran directores generales adjuntos. Mismo cargo en el escalafón, mismo interés por medrar en el futuro en una casa poco dada a grandes artificios en las carreras profesionales. Una entidad en la que el inmovilismo de su equipo directivo es casi santo y seña. Vilarasau dejó la dirección para convertirse en presidente en una arriesgada operación lampedusiana, que acabó poniendo a Brufau y a Fainé en el origen de caminos diferentes.

¿Quién manda en La Caixa?

Fainé, por antigüedad, fue nombrado director general de La Caixa. Tenía voz y voto en el consejo. Brufau fue designado director general del grupo industrial. No contaba con influencia alguna en el consejo, aunque se jugaba con el sobreentendido de que ese voto de los directores generales no debía utilizarse.

El actual presidente de Repsol, mientras, aprendía de energía desde la presidencia de Gas Natural y ya inmerso en algunas de las operaciones corporativas más difíciles que conoció el sector. Operaciones en las que nunca cosechó un éxito contundente, como la fracasada OPA hostil de Gas Natural sobre Iberdrola de marzo de 2003.

Puente de plata a Brufau

Cuando Fainé tomó el poder definitivo de La Caixa como director general con Ricard Fornesa de presidente, en 2003, Brufau empezó su huida de la entonces caja de ahorros. En 2004, recién llegado José Luis Rodríguez Zapatero a la Moncloa, el de Mollerusa sustituía a Alfonso Cortina en la presidencia de Repsol por indicación de La Caixa al nuevo gobierno. La gran petrolera hispano-argentina suponía una culminación indiscutible a su carrera profesional y mucho más que un premio de consolación a la competencia con Fainé.

Repsol tenía vida propia, pero un accionista de referencia y el primero en muchas etapas: La Caixa. Hasta el punto de que Isidro Fainé es vicepresidente de la petrolera. Sacyr, con Luis del Rivero al frente, causó no pocos terremotos en el gigante energético. Pero Brufau, a veces apoyado por Fainé, otras en solitario, resistió los diferente envites que se han sucedido hasta su presidencia.

¿Valentía o inconsciencia?

Es hombre de consejo de administración. De puñetazo sobre la mesa. De medir las fuerzas. De un cierto arrojo o valentía que algunos consideran rayana en la inconsciencia arrogante, adjetivo que ni a él ni a su equipo les gusta escuchar. Pero así ha vencido situaciones difíciles y consejos complejos. Incluso algunas tentativas de mover su poder en Repsol cuando Del Rivero y Fainé todavía podían compartir una mesa, antes de su batalla personal recíproca.

Esa valentía empresarial, la misma que le llevó a emprender difíciles OPA o a negociar en Argentina sobre YPF con la familia Eskenazi —“cuando Fornesa y yo le habíamos dicho que vendiera”, en palabras de Fainé—, le ha cerrado las puertas de la Casa Rosada. Una presidenta argentina singular, por usar el calificativo más suave de cuantos se le adjudican en el ámbito empresarial, ha llegado a trasladar al Gobierno español que mientras Brufau siga en Repsol el conflicto se mantendrá vivo.

Garantía frente al ultraje

Brufau defiende lo contrario: él es la garantía de que los accionistas de Repsol no serán víctimas impunes de un latrocinio como el perpetrado. Abandera una guerra jurídica sin tregua e internacionalizada en los medios de comunicación. Él se constituye en aval de los intereses de los socios, del Gobierno, del nacionalismo empresarial español herido por la inseguridad jurídica de un país políticamente inestable.

Fainé, con el mismo objetivo final, es más partidario de la diplomacia. Aún recuerda cuando le fue expropiada una concesión de agua a Agbar en el mismo país. Jamás cobraron y todo el apoyo de la poderosa multinacional francesa Suez no sirvió para recuperar ni el negocio ni el prestigio. Negociación a muerte, sería el esquema simplificado. Y allí, a diferencia de Brufau, caben todos los agentes implicados (Gobiernos, Carlos Slim, Sebastián Eskenazi, Telefónica, Repsol, YPF…) en la misma mesa. Por eso siguen juntos, en el mismo barco de intereses, pero como siempre en su larga historia común, sin querer estar revueltos.
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