'Ocho apellidos vascos', la ‘españolada’ más vista en la historia

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PELÍCULA CON POLÉMICA

Cartel promocional de Ocho apellidos vascos

21 de abril de 2014 (18:17 CET)

Los más viejos todavía se acuerdan de las ‘españoladas’, aquellas películas del tardofranquismo que tenían un gran éxito de público, pero que presentaban una calidad dudosa. El cine español cambió de la noche a la mañana, con directores que se ganaron un enorme prestigio. Pero el apelativo ‘españolada’ acabó en el subsconciente colectivo, con la idea de que las producciones españolas se centraban, más de lo necesario, en historias ambientadas en la Guerra Civil o en la postguerra.

El hecho es que ahora los españoles son capaces de esperar largas colas para ver Ocho apellidos vascos, la película de Emilio Martínez Lázaro, que se ha convertido ya, desde su estreno el pasado 14 de marzo, en la cinta española con más espectadores de la historia. Han pasado por las salas de toda España 6,5 millones de personas, un récord desde que se tienen registros de audiencia (1996).

Por ahora, aunque es muy posible que la supere en breve, la película más taquillera es otra, Lo imposible, de Juan Antonio Bayona, de 2012, que alcanzó los 42 millones de euros. Ocho apellidos vascos lleva ya 38 millones, con las últimas recaudaciones de Semana Santa. Teniendo en cuenta que el presupuesto de la película fue de 3 millones de euros, se trata de un éxito de enormes proporciones.

Rato agradable, pese a las exageraciones

Es un auténtico fenómeno. La película de Martínez Lázaro cuenta una historia sencilla, y cargada de tópicos, exagerando algunas reacciones. Es la historia de un joven andaluz, de Sevilla, (Dani Rovira), que se enamora de una joven vasca abertzale (Clara Lago), con un padre nacionalista (Karra Elejalde), y una madre ficticia, del andaluz, (Carmen Machi). Las situaciones cómicas se suceden, y el espectador disfruta ante equívocos, y situaciones embarazosas, rodadas en pueblos vascos (Getaria o Leitza –una localidad en Navarra, aunque abertzale).

Lo curioso es que no todo el mundo ha acogido la película con el mismo entusiasmo. Las risas se escuchan en todos los cines, sean en Madrid, Barcelona, o en las salas de las localidades vascas. Los espectadores quieren pasar un rato agradable, y lo consiguen, aunque sean conscientes de algunas exageraciones. Pero en el film surge una cuestión importante: los abertzales aparecen, en muchos momentos de la película, como gente inocente, bobalicona, que acaban haciendo caso a un andaluz que se hace pasar por líder abertzale con ridículos eslóganes.

Humor regionalista

Para el diario Gara la película no es creíble, pero se centra en otros asuntos. Mikel Insausti, en el rotativo abertzale, asegura que “nada bueno cabía esperar de una producción cinematográfica de Tele-5, con una campaña publicitaria basada en los mismos chistes sobre vascos y andaluces que se contaban durante el franquismo”.

Afirma que se asiste a un “pleno proceso despolitizador, y ya hasta el caduco humor regionalista de Chomin del Regato vuelve a tener cabida en la España involucionista gobernada por la derecha más rancia. Ocho apellidos vascos no es más que un avance de la que se nos viene encima, ahora que estamos entrando en otro periodo de paz con vencedores y vencidos”.

El autor de la crítica en Gara se refiere también a los acentos, y carga con contundencia: "Como producto coyuntural que es, Ocho apellidos vascos parece una comedia realmente mala, pero al ser revisada dentro de unos años dará una impresión todavía mucho peor. Resulta un completo despropósito que dentro de la propia película intérpretes que no son vascos jueguen hacer de vascos que imitan acentos de chiste, confundiéndose con los que en la ficción hacen de forasteros que se hacen pasar por vascos de zarzuela, imitando a su vez esos mismos acentos ridículos, que si subsisten sigue siendo en gran parte por la lacra cultural del doblaje heredada de la dictadura".

¿Abertzale y novia vestida de blanco?

Insausti admite que se trata de un intento de llevar a España la película francesa Bienvenidos al Norte, pero que el intento ha sido fallido. Y se refiere a las localizaciones. “Otro problema de producción que impide trasladar cualquier posible escenificación de Bienvenidos al Norte o Bienvenidos al Sur es el de las localizaciones, pues se han hecho un auténtico lío a la hora de diseñar una irreductible aldea vasca, ya que les ha salido una aldea global de campo y ciudad, de mar y montaña. Fruto de semejante mestizaje nunca visto la chica supuestamente abertzale pretende casarse embutida en un lujoso vestido blanco, digno de una boda gitana”.

Es decir, que las chicas vascas abertzales nunca se casarían, como en la película, con un vestido blanco, algo que no casa –precisamente—con la práctica de muchas jóvenes más o menos simpatizantes con la causa nacionalista vasca.

En el otro lado ha surgido también la crítica. Es el caso de José Antonio Zarzalejos, que no entiende que se pueda hacer broma sobre el nacionalismo vasco tan pronto, con muchos casos de asesinatos todavía sin conocer a sus autores.

Torpe banalización

Zarzalejos lo ha dejado escrito
: “Es comprensible que a los abertzales proetarras no les haya gustado; igualmente, tampoco a las víctimas del terrorismo. Pero a los que, siendo vascos y en la misma medida, españoles, y ni abertzales, ni víctimas, y hemos vivido allí y ahora lo hacemos aquí y no necesariamente por gusto (en mi caso nací en Bilbao en 1954 y me trasladé a Madrid en 1998), la película de marras podría parecernos –a mí me lo parece y a vascos que tengo muy cerca con ocho apellidos de aquella tierra también- una torpe banalización de lo que suponen ETA y su entorno, realidades sociales ambas que están muy lejos de haber desaparecido en sus aspectos más trágicos de la memoria –incluso del presente– de los ciudadanos del País Vasco”.

Zarzalejos añade que “no ha pasado tiempo suficiente” para desdramatizar la cuestión, si esa era la intención del director.

Pero, pese a todo, es ya la película española más vista de la historia, y, en breve, será también la cinta más taquillera. El ciudadano de a pie, por ahora, lo que quiere es reírse.
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