Amancio Ortega y el sentido común
El empresario que pudo irse a cualquier parte del mundo… y decidió quedarse en Galicia
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí? Hoy, 28 de marzo, Amancio Ortega Gaona cumple 90 años. Nació el 28 de marzo de 1936, apenas unos meses antes de que estallara la Guerra Civil española en julio de ese mismo año. Llegó al mundo en tiempos convulsos, en una España que estaba a punto de atravesar una de las etapas más difíciles de su historia.
Noventa años dan para mucho. Para ver cambiar un país entero, para atravesar varias crisis económicas, para contemplar cómo la tecnología transforma industrias completas. Pero también dan para algo más importante: para que una vida deje huella.
Y en el caso de Ortega, la huella no es solo empresarial. Es territorial. Cultural. Humana.
Y, si uno observa con calma su trayectoria, descubre algo que atraviesa toda su historia: el sentido común.
Ese bien tan escaso del que Voltaire dejó una frase memorable: el sentido común no siempre es el más común de los sentidos.
En el caso de Amancio Ortega, probablemente sea la herramienta que mejor explica todo lo que vino después.
Porque la historia de Amancio Ortega no se entiende sin Galicia. Y, más concretamente, sin A Coruña.
Podría haberse marchado.
Podría haber trasladado su centro de operaciones a Londres, Nueva York o Singapur, como hacen muchas grandes fortunas cuando su negocio se vuelve global. Podría haber elegido cualquiera de las grandes capitales financieras del planeta.
Pero no lo hizo.
Decidió quedarse.
Y esa decisión aparentemente simple —pero profundamente sensata— ha tenido consecuencias gigantescas.
Vamos a intentar aprender algo.
La riqueza que transformó una ciudad
Cuando se habla de Amancio Ortega suele aparecer inmediatamente una cifra: su patrimonio.
Durante años ha estado entre las mayores fortunas del mundo. En algunos momentos incluso ha ocupado el primer puesto del ranking global.
Pero quedarse solo con ese dato es quedarse en la superficie.
La verdadera magnitud de lo que ha construido no está en su cuenta bancaria. Está en el ecosistema económico que ha generado.
Inditex es hoy una de las mayores empresas textiles del planeta. Zara, Massimo Dutti, Pull&Bear, Bershka, Stradivarius… marcas presentes en cientos de ciudades de todo el mundo.
Sin embargo, el corazón del sistema sigue estando en Galicia.
En Arteixo.
Esto, en términos económicos, es algo extraordinario.
Porque alrededor de Inditex se ha desarrollado un entramado industrial y logístico enorme: proveedores textiles, empresas tecnológicas, transporte, arquitectura comercial, logística avanzada, ingeniería, diseño, servicios.
Miles de empleos directos.
Decenas de miles indirectos.
Y un efecto menos visible pero igual de importante: la confianza.
Cuando una gran empresa decide permanecer en su territorio, envía un mensaje poderoso al resto del tejido empresarial. Demuestra que es posible competir globalmente desde aquí.
Durante décadas Galicia arrastró un cierto complejo periférico. Demasiado lejos de Madrid. Demasiado lejos de Europa.
Inditex cambió ese relato.
Desde Arteixo se diseñan, producen y distribuyen prendas que se venden en Tokio, Nueva York, Dubái o Ciudad de México.
Eso tiene algo de revolución silenciosa.
Y si uno camina hoy por A Coruña, lo percibe enseguida.
En cualquier conversación cotidiana aparece siempre el mismo hilo conductor:
Alguien trabaja en Inditex.
Alguien trabaja para Inditex.
O alguien vive gracias a quien trabaja en Inditex.
La economía de la ciudad gira, en gran medida, alrededor de ese motor.
Y hay algo curioso que ocurre en Galicia con Amancio Ortega.
Existe una vieja frase que dice que nadie es profeta en su tierra. Aquí ocurrió justo lo contrario. Ortega rompió completamente ese cliché. La inmensa mayoría de los gallegos — podríamos decir sin exagerar que el 99,99999% — reconocen lo que ha hecho, valoran su trayectoria y sienten un respeto profundo por su forma de trabajar y por lo que ha aportado a esta tierra.
Seguramente porque reconocen algo muy propio de esta cultura: el valor del trabajo bien hecho… y del sentido común aplicado sin aspavientos.
Pero hay otro elemento que a veces se menciona menos y que explica parte del éxito de este modelo: la tecnología.
Inditex siempre ha sido una empresa obsesionada con mejorar procesos, probar soluciones nuevas y aplicar tecnología al negocio real. Desde los primeros sistemas logísticos avanzados hasta los modelos actuales de gestión de inventarios en tiempo casi real, la compañía ha invertido durante décadas en tecnología para entender mejor el mercado y responder con rapidez.
Arteixo no es solo un centro empresarial.
Es también un gran laboratorio industrial donde constantemente se prueban nuevas herramientas, nuevos sistemas, nuevas formas de organizar una cadena global.
Sin ruido.
Sin titulares grandilocuentes.
Simplemente trabajando.
Con método.
Y con sentido común.
El hombre detrás del imperio
Pero hay otra parte de esta historia que quizá resulta aún más interesante.
La persona.
Porque mientras su empresa crecía hasta convertirse en un gigante mundial, Amancio Ortega eligió algo que hoy parece casi contracultural: la discreción.
No concede entrevistas.
No aparece en grandes eventos empresariales.
No cultiva la imagen pública.
Durante años siguió comiendo en la cafetería de la empresa. Vestido con sencillez, hablando con empleados, interesándose por lo que ocurría en las tiendas.
Quienes lo conocen suelen repetir la misma idea: Ortega nunca dejó de ser comerciante.
Observa.
Pregunta.
Escucha.
Y decide.
Hay empresarios que se enamoran de su propia fama. Ortega parece haber desconfiado siempre de ella.
Quizá por eso su figura ha mantenido algo que resulta muy difícil de conservar cuando el éxito alcanza ese tamaño: la normalidad.
A menudo se habla del talento empresarial como si fuera una mezcla de intuición y estrategia.
En su caso hay otro ingrediente evidente: disciplina.
Décadas de trabajo constante.
De mejorar procesos.
De aprender del mercado.
Sin aspavientos.
Sin discursos grandilocuentes.
Y con una decisión que define bastante bien su carácter: permanecer en casa.
Galicia nunca ha sido una tierra de exhibición. Es más bien una tierra de persistencia. De gente que trabaja mucho y habla poco.
Ortega encaja perfectamente en ese molde cultural.
Quizá por eso nunca necesitó convertirse en un símbolo.
Pero con el tiempo terminó siéndolo.
Hoy, cuando cumple 90 años, su historia representa algo que a menudo olvidamos en medio del ruido económico actual.
Que las grandes transformaciones no siempre nacen en Silicon Valley ni en los distritos financieros de las grandes capitales.
A veces empiezan en un pequeño taller.
En una ciudad atlántica.
En la cabeza de alguien que simplemente observa cómo compra la gente.
Y decide hacerlo mejor.
A Coruña cambió mucho en estas últimas décadas.
Se volvió más abierta al mundo, más dinámica, más conectada con los grandes circuitos económicos internacionales.
Parte de esa transformación tiene un origen muy claro.
La decisión de un empresario de construir un imperio global… sin abandonar su ciudad.
Una decisión sencilla.
Una decisión lógica.
Una decisión de sentido común.
Pero hay otra dimensión de Amancio Ortega que tampoco conviene olvidar: su filantropía.
Y, otra vez, su manera de ejercerla.
Sin estridencias.
Sin ruedas de prensa.
Sin campañas de imagen.
Su fundación ha financiado en España algunos de los programas de equipamiento sanitario más avanzados en la lucha contra el cáncer, dotando a hospitales públicos de tecnología de última generación. Entre ellas, equipos de protonterapia, una de las técnicas más sofisticadas que existen hoy para tratar determinados tumores con enorme precisión.
Miles de pacientes se han beneficiado ya de esas inversiones.
También está su apoyo decidido a la juventud. Las becas de la Fundación Amancio Ortega permiten cada año que cientos de estudiantes españoles estudien durante un curso en Estados Unidos o Canadá. Para muchos de ellos es una experiencia que cambia completamente su horizonte vital.
Hay gestos más pequeños, pero igual de significativos.
En Arteixo, el municipio donde se encuentra la sede de Inditex, la fundación financió la compra de ordenadores para estudiantes, facilitando el acceso a la tecnología a muchos jóvenes de la zona.
Y hay proyectos profundamente humanos.
Uno de ellos es la residencia Padre Rubinos en A Coruña. Un proyecto social que se desarrolló con enorme ilusión y compromiso, destinado a atender a personas en situación vulnerable. Un ejemplo de cómo utilizar recursos privados para mejorar directamente la vida de quienes más lo necesitan.
Durante la pandemia, además, Inditex puso toda su capacidad logística a disposición de las autoridades para traer material sanitario desde distintos lugares del mundo. En aquellos momentos de enorme incertidumbre, esa red logística global resultó fundamental para hacer llegar mascarillas y equipos médicos cuando más falta hacían.
Todo eso ocurrió.
Sin ruido.
Con eficacia.
Y, otra vez, con una lógica muy simple: hacer lo que tiene sentido hacer.
Y, sinceramente, cuesta entender que todavía haya mentecatos capaces de criticar algo así.
Hay algo más que hoy, quizá por primera vez en un artículo, me permito contar.
He tenido la suerte de conocer a Amancio Ortega y tratarlo durante años. Y siempre me ocurrió lo mismo: cada encuentro terminaba con alguna sorpresa. Una idea, una observación, una pregunta inesperada.
Tenía — y tiene — una capacidad extraordinaria para escuchar. Escuchar de verdad, sin prisa. Y después, casi siempre, anticipar por dónde iban a ir las cosas.
Si tuviera que resumir lo que más me ha impresionado de él en una sola expresión sería una que hoy escasea bastante en el mundo empresarial y en la vida en general: sentido común.
Recuerdo una mañana muy concreta.
Fue en 2008, cuando José Luis Rodríguez Zapatero acababa de ganar su segunda legislatura. Aquella mañana llegué al Club Financiero Atlántico a desayunar, como hacía muchos días. Y allí estaba Amancio, como tantas otras veces, después de haber hecho ejercicio temprano.
Me vio entrar.
Debió notar algo raro en mí, porque yo no soy precisamente una persona silenciosa. Aquella mañana lo estaba.
Me preguntó qué pasaba.
Le comenté que estaba preocupado por la situación política y económica que se intuía venir.
Me escuchó con calma. Y después, con esa serenidad suya, me dijo una frase que nunca olvidé: “Ferri, tú eres empresario. Déjate de política y dedícate a tu empresa”.
Una lección sencilla.
Pero una lección enorme.
Y actué en consecuencia.
Hay otra historia que explica bastante bien cómo entiende Amancio las personas y el trabajo.
Me la contó Vicente, un hombre que empezó con él prácticamente desde el principio y que trabajó a su lado durante casi cuarenta años. No era uno de esos grandes directivos que salen en los organigramas brillantes de las multinacionales. Era algo mucho más importante: una persona fiel.
Amancio supo sacar lo mejor de él durante décadas.
Vicente falleció recientemente, y aprovecho estas líneas para rendirle un pequeño homenaje y enviar todo mi cariño a su familia, que en mi casa sentimos también como nuestra familia.
Un día me contaba una escena que se repetía muchas veces en aquellos primeros años.
Iban cinco en el coche.
Paraban a desayunar en cualquier sitio de carretera y empezaban a hablar del negocio, de Zara, de las tiendas, de lo que funcionaba y lo que no.
Todos opinaban.
Amancio escuchaba.
No decía nada durante un buen rato.
Y al final, casi siempre, llegaba su intervención.
No daba órdenes. No imponía decisiones.
Simplemente decía:
“¿No sería mejor… hacerlo de esta manera?”
O de otra.
Así.
Con reflexión.
Con calma.
Y, otra vez, con sentido común.
Y lo curioso es que, con el paso del tiempo y mirando las cosas con perspectiva, uno terminaba dándose cuenta de algo casi inevitable: no se equivocaba. Casi siempre tenía razón.
Hace unos días un periodista, felicitándome por mi podcast Tecnologizarse o morir, me hizo una pregunta curiosa. Me dijo: “Si pudieras entrevistar a cualquier persona del mundo, ¿a quién elegirías?”
Hay muchos nombres posibles. Gente brillante. Incluso figuras como Elon Musk.
Pero mi respuesta fue otra.
Amancio Ortega.
Y añadí algo más. Me encantaría que algún día viniera a mi podcast. Sé perfectamente que jamás vendría, ni al mío ni a ninguno. No está hecho para eso. Nunca lo ha estado.
Pero aun así lo dije.
Porque estoy convencido de que su forma de ver las cosas, su cercanía y su manera de entender la empresa podrían aportar mucho a esta ciudad y a esta tierra de la que ambos estamos profundamente enamorados.
Nunca había contado públicamente que había tenido la oportunidad de conocerlo.
Quizá hoy, en su 90 cumpleaños, es el momento adecuado.
Y lo hago —ejercitando un poco de melasudismo, con todo el respeto y la admiración del mundo— porque hay momentos en los que el silencio deja de tener sentido.
A Coruña no suele presumir demasiado de sus hijos ilustres.
Pero hay una evidencia difícil de discutir: gran parte de la prosperidad moderna de esta ciudad lleva cosida una etiqueta invisible.
La que empezó a bordarse hace décadas en un pequeño taller gallego.
Hoy, en su 90 cumpleaños, quiero rendir mi pequeño homenaje —aunque sé que a él probablemente no le mole demasiado— a alguien que, sin buscar protagonismo, ha cambiado la vida de muchos.
De los coruñeses.
De los gallegos.
Y, en general, de muchas personas de bien.
Ojalá la vida le regale otros noventa años más.
¡Se me tecnologizan!