La barra del Coure

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C/ Passatje Marimon, 20 www.restaurantcoure.es 93—200-75-32

01 de febrero de 2013 (11:27 CET)

Aunque no eran las fechas más adecuadas porque estábamos cerca de las navidades, el 19 de diciembre quise hacer una prueba para ver cómo le iban las cosas a esos restaurantes de renombre de la ciudad que a pesar de eso no son demasiado caros. Así que sin hacer reserva me fui hasta el pasaje Marimón para ver si podía comer de nuevo en el Hisop –una estrella Michelin- o en el Coure –que no la tiene y figura en la guía como un nuevo talento-.

En el primero no pudieron atenderme, y rechazaron la posibilidad de que volviera más tarde porque no doblan mesas. Los manteles ya los tienen planchados, como las servilletas, para un único servicio. Así que crucé la calle y me planté en el Coure, donde solo había un hueco en la barra, no en la sala del semisótano, siempre que terminara en 45 minutos, según me advirtió el amable camarero; un reto que acepté.


Y, efectivamente, la crisis parece que no afecta a este segmento de locales de jóvenes cocineros tan consagrados. Los dos estaban llenos, aunque ya digo que era diciembre.

El espacio de la barra del Coure es bastante reducido: una decena de taburetes muy próximos entre si y no demasiado cómodos. La decoración oscura con luces cenitales dirigidas a la barra consigue disimular las estrecheces. A tu espalda queda una cortinilla de tiras metálicas que tapa los percheros de la pared, y enfrente más cortinillas ocultando la cristalería y las botellas. Al fondo, una pequeña cocina con salamandra, plancha y freidora. Funciona desde hace un par de años como complemento del restaurante, que podríamos etiquetar como bistronómico con toques locales.

El ambiente

Ambiente animado, con algunos turistas y clientes conocedores de la casa. A mi izquierda, dos mujeres y un hombre que se presentan al camarero como los propietarios del Rafael, “el mejor restaurante de pescado de Roses”. Y, sí, ese local es al que se ha referido en varias ocasiones Ferrán Adriá como su sitio preferido para comer pescado. Los tres examinan minuciosamente cada uno de los platos, que celebran, mientras dan cuenta de un rioja Abel Mendoza.

A mi derecha, cuatro pijos en la cincuentena que hablan de sus inminentes vacaciones de invierno. Uno se irá primero a Chamonix y después al Empordà. Otro presume de que en cuanto acabe una pesada junta de socios pendiente se marcha hasta el 7 de enero. Hablan en voz alta y me entero de todo sin necesidad de pegar la oreja, pero al final me agobian y dejo de prestarles atención. Es lo que tienen las barras.

Caña de Damm servida limpiamente en vaso tipo Moritz con la medida justa de espuma y a temperatura adecuada.
La carta de la barra es específica, de gastrobar, para esa parte del local. De lo que probé el día de mi visita me quedo con el bacalao, que estaba en su punto de cocción y de sal, con una sanfaina suave y no demasiado especiada (12 euros). Ya tenían chaquete, así que tomé una tortilla individual hecha en el momento y con el huevo no totalmente cuajado; muy buena (15). Acabé con una terrina de liebre correcta (12). No eran tres platos completos, ya se ve por los precios; se podría decir que eran tapas muy generosas.

Las croquetas


Uno de los productos de la cocina de Albert Ventura más alabados son las croquetas de pollo, de carn d’olla o de espinacas, con las que ahora todo el mundo se atreve, pero que no en todos los casos salen tan logradas como aquí. Otra aventura exitosa es la ensaladilla con ibéricos, que sustituyen al atún habitual. También prepara un steak tartar cortado a mano con una crema a base de mascarpone que merece la pena.

Cuatro o cinco ofertas de vino a copas, tanto blanco como tinto, y un champagne. Cargan mucho menos de la media: observé que la botella entera de Ekam estaba a 25 euros, siete más que en bodega; la copa, a 5.

Café sensacional: un Illy en cápsulas, el iperespresso, servido en formato ristreto sin tener que pedirlo. De los que crean adicción y apenas bebido te apetece repetir. Una comida media ronda los 40 euros.
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