El espejo de Jerusalén
España pierde capacidad de interlocución en una región donde históricamente había mantenido una cierta equidistancia útil
Dos líderes, Pedro Sánchez y Benjamin Netanyahu, han decidido elevar el tono hasta convertir la relación bilateral en una suerte de duelo a distancia. Uno desde la Moncloa, el otro desde Jerusalén. Dos escenarios, dos relatos, y una misma tentación: la de convertir el conflicto exterior en refugio doméstico. Porque cuando la casa propia empieza a llenarse de grietas, algunos prefieren salir al balcón a gritar contra el vecino.
Pedro Sánchez ha optado por situarse a la cabeza de la protesta europea contra Israel con una determinación que sorprende más por su intensidad que por su coherencia. Mientras otros países del continente mantienen una prudencia quirúrgica -ni respaldo incondicional ni condena teatral-, el presidente del Gobierno español ha decidido ocupar el espacio del reproche moral, como si Bruselas fuese una plaza pública y él su orador principal. Hay en esa elección una evidente voluntad de liderazgo internacional, pero también algo más prosaico: la necesidad de construir un relato que desplace el foco de los sobres con dinero que han circulado por Ferraz.
Porque mientras el Ejecutivo levanta la voz hacia fuera, en casa el ruido es otro. Más cercano. Más incómodo. El llamado “caso mascarillas”, con la sombra de José Luis Ábalos proyectándose sobre los juzgados, no es un asunto menor que pueda diluirse con declaraciones solemnes sobre Gaza o Tel Aviv. Es, en realidad, una grieta estructural en el edificio político que Sánchez ha levantado durante estos años. Y ante una grieta así, el recurso de mirar hacia fuera no es nuevo. Es casi una tradición, un clásico.
Y en ese catálogo de salidas hacia el exterior cabe ya incluir el próximo viaje a China junto a su esposa, Begoña Gómez, que sigue sin entregar su pasaporte al juez. La imagen del presidente en Pekín, entre acuerdos, fotografías y declaraciones institucionales, compite inevitablemente con la del ruido judicial en Madrid. Dos planos que no se solapan, pero que se anulan entre sí en términos de atención pública. Que los telediarios no habrán con Ábalos y sus “enchufadas”.
La historia reciente está llena de ejemplos de gobiernos que, ante la dificultad de gestionar sus propios escándalos, han optado por sobreactuar en el escenario internacional. No siempre en democracias modélicas, conviene subrayarlo. Pero la técnica es universal: amplificar el conflicto exterior para amortiguar el desgaste interior. Convertir la política exterior en un decorado donde el líder aparece firme, decidido, incluso épico, mientras la trastienda nacional permanece en penumbra.
En el caso español, la estrategia tiene además un componente emocional cuidadosamente calibrado. La causa palestina sigue siendo, en amplios sectores de la izquierda, un símbolo casi automático de justicia moral. Un “no a la guerra” que no exige matices, ni contexto, ni preguntas incómodas. Sánchez lo sabe. Conoce los resortes de su electorado y los activa con precisión quirúrgica. No es improvisación, es cálculo.
Ahí radica la paradoja más llamativa: el mismo presidente que se presenta como adalid del pacifismo en el conflicto de Oriente Próximo es quien, sin pestañear, impulsa la idea de un ejército europeo. La contradicción no parece preocuparle. Probablemente porque no es tal desde su punto de vista: una cosa es el discurso que moviliza y otra la política que se negocia en los despachos. El votante, al fin y al cabo, responde más a las emociones que a las hemerotecas.
La relación con Israel se deteriora hasta niveles que hace no tanto habrían parecido improbables
Mientras tanto, la relación con Israel se deteriora hasta niveles que hace no tanto habrían parecido improbables. Netanyahu, por su parte, tampoco muestra interés alguno en rebajar la tensión. Su propio contexto político interno -complejo, polarizado, sometido a presión constante- le empuja igualmente a la confrontación. En ese juego de espejos, ambos líderes encuentran un beneficio inmediato: refuerzan su posición ante los suyos.
Pero hay un coste. Siempre lo hay. Y en este caso no es menor. España pierde capacidad de interlocución en una región donde históricamente había mantenido una cierta equidistancia útil. Israel, por su parte, añade otro frente diplomático en un momento en el que necesita aliados más que adversarios. Y Europa, en su conjunto, observa con una mezcla de incomodidad y resignación cómo uno de sus miembros decide salirse del tono común.
La pregunta de fondo es cuánto hay de convicción y cuánto de escapismo en esta política exterior. Y, sobre todo, cuánto tiempo puede sostenerse una estrategia basada en mirar hacia fuera mientras lo de dentro sigue acumulándose. Porque las grietas no desaparecen por ignorarlas. Solo se agrandan.
Al final, el espejo de Jerusalén devuelve una imagen que quizá no estaba en el guion. No la del líder internacional que aspira a marcar el paso en Europa, sino la de un presidente que necesita ese escenario exterior -sea en Oriente Próximo o en Pekín- para no enfrentarse del todo al interior. Y los espejos, como es sabido, no mienten: simplemente reflejan lo que tienen delante.