El lado correcto de la Gran Muralla China
La memoria es el único músculo que el Gobierno lleva años intentando atrofiar
Pedro Sánchez lleva cuatro visitas a China en cuatro años. Nadie le va a discutir su afición al gigante asiático. Quizá sea por los cerezos en flor. Quizá por los acuerdos comerciales. Quizá, quién sabe, porque en China no hay jueces españoles en los tribunales, y eso da mucha tranquilidad. No a los chinos, claro, qué más quisieran, sino a Sánchez y a su señora.
En esta ocasión, por primera vez como visita oficial, el presidente ha viajado acompañado de su esposa, Begoña Gómez. Un detalle de lo más significativo, porque mientras el presidente paseaba por la Universidad de Tsinghua escuchando discursos y estrechando manos, en Madrid el juez Peinado cerraba la instrucción y procesaba a Begoña Gómez por cuatro delitos: tráfico de influencias, corrupción en los negocios, malversación y apropiación indebida. Coinsidensias de la vida.
Uno entiende, en estas circunstancias, el atractivo de la Gran Muralla. No la metafórica, esa que el presidente lleva años prometiendo levantar entre él, la extrema derecha y cualquier sombra de corruptela; sino la de verdad, la de piedra y varios miles de kilómetros de longitud, que separa de una manera muy conveniente el bullicio judicial de Madrid del sosiego protocolario de Pekín. Aquí, en España, los jueces preguntan. Allí, en China, los jueces obedecen. Se comprende la preferencia.
Porque hay que recordar, ya que la memoria es el único músculo que el Gobierno lleva años intentando atrofiar, que fue el propio Pedro Sánchez quien se autoproclamó guardián de la decencia institucional. El que prometió que a la primera señal de irregularidad, a la más mínima sombra de corrupción, daría un paso atrás. Lo dijo. Lo repitió. Lo subrayó. Y ahora que los juicios del caso Koldo avanzan con peticiones de hasta 24 años de cárcel para sus exministros, y la esposa del presidente se encamina hacia el banquillo, resulta que los jueces son el problema. No lo que investigan. Los que investigan.

Es la técnica de siempre, pero ejecutada con una desfachatez que ya supera cualquier precedente. Desde la Moncloa se habla de «indignación» y se desdeñan las «alusiones absolutistas» del magistrado, como si el juez Peinado fuera un elemento subversivo en lugar de un señor con toga que hace su trabajo. ¿Que la Fiscalía pidió el archivo? Sí. La misma Fiscalía General que debía haber dimitido. Pero aquí no dimite nadie. Aquí se aguanta, se retuerce el argumento y se acusa a los tribunales de no representar a la justicia verdadera. ¿Y quién la representa? Ellos, naturalmente.
¿Qué hará Sánchez cuando Begoña Gómez se siente en el banquillo? La misma pregunta que ya nos hicimos cuando pactó con Bildu después de jurar que no lo haría, cuando indultó a los condenados por el procés después de asegurar que era imposible, cuando se desdijo de sus propias palabras tantas veces que ya nadie lleva la cuenta. Lo de menos es la respuesta concreta. Lo de más es el mecanismo: primero la negación, luego el ataque al que pregunta, finalmente la normalización. ¿Cuántas veces quiere que lo repita?, que diría él mismo, con esa sonrisa de quien ha convertido la contradicción en método de gobierno.
El caso Koldo, con Ábalos y su asesor ya en prisión preventiva, el hermano del presidente con sus propios expedientes, el fiscal general con los suyos, y ahora Begoña Gómez con cuatro cargos encima y el juicio oral a la vista. Cualquiera que se hubiera atrevido a describir este escenario hace diez años en un artículo de opinión habría sido tachado de conspirador. Hoy es la hemeroteca, que no hace distingos ideológicos.
Cualquiera que se hubiera atrevido a describir este escenario hace diez años en un artículo de opinión habría sido tachado de conspirador
Sánchez volverá de China con acuerdos sobre cerezas y carne de cerdo, con fotos con Xi Jinping y con el relato de que España se proyecta al mundo. Y aquí seguiremos nosotros, con nuestros jueces incómodos, nuestros tribunales que no entienden de conveniencias políticas y nuestros políticos que sí entienden de conveniencias penales, como cuando sueltan a etarras sin cumplir sus condenas ni arrepentirse. Ya saben, presos por Presupuestos.
A Sánchez le gusta demasiado estar al otro lado de la Gran Muralla, con Xi Jinping, donde está muy claro quién imparte justicia y de qué manera lo hace. Los españoles, sin embargo, seguimos creyendo que este, en el que estamos nosotros, es el lado correcto para intentar vivir en democracia.